Esencia de la predicación expositiva

Un repaso visual

por Esteban   Rodemann

A veces la imagen sirve para afianzar las cosas en la mente. Si es cierto que para algunas cosas una imagen vale más que mil palabras, entonces lo que sigue podría ayudarnos a recordar en qué consiste la predicación expositiva.

Primero, es un tipo de discurso que surge de la Palabra de Dios. La predicación difiere de cualquier otro tipo de conferencia, en que representa el intento de transmitir algo que Dios ya ha dejado plasamado en el libro sagrado. El predicador «entra en el secreto de Jehová» para recibir un mensaje para el pueblo (Jer. 23.22), escucha el ruido del Señor para luego profetizar (Am. 3.8). Es recibir panes y peces de Jesucristo, para luego repartir el alimento entre el pueblo.

Esto significa que el predicador no empieza con una idea en la mente, buscando después algún texto bíblico que pudiera apoyar su idea. No se trata de forzar la Palabra, metiendo nociones preconcebidas con calzador, para que les Escrituras parezcan avalar el criterio personal del predicador. Más bien es cuestión de discernir lo que Dios quiere comunicar a través de un pasaje determinado y hacer que ese mensaje divino llegue a los corazones.

En segundo lugar, se trata de un mensaje que el predicador aplica primero a su propia vida. La enseñanza principal del pasaje bíblico tiene que pasar por la experiencia del expositor, produciendo cambios verdaderos, antes de que entregue esa enseñanza a los demás. Si la verdad no me ha tocado, no tengo mensaje para otros. El predicador es como un árbol que absorbe agua de vida por las raíces, la incorpora en la savia que cursa en el tronco y las ramas, y luego se desprende de las hojas mediante la evaporación. El apóstol dice a Timoteo: «ocúpate en estas cosas... para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos» (1 Ti. 4.15).

En tercer lugar, la exposición de un pasaje bíblico siempre debe girar en torno a una idea central. Cada párrafo de las Escrituras desarrolla una tesis, un concepto, un argumento. Así funciona tanto el discurso hablado como la literatura. Así está hecha la mente humana.

Plantear la necesidad de una idea central no es optar por un modelo posible entre muchos; es el único modelo viable, porque así funciona el pensamiento humano, que a su vez responde a la imagen de Dios en el hombre. Si un predicador hace un comentario de texto, sin abrir para los oyentes la idea detrás que aglutina todos los detalles, entonces los hermanos se marcharán sin recordar nada de lo que se ha dicho. Habrán recibido doce cestas de fragmentos, pero sin nada memorable ni aplicable a sus vidas.

No sólo resulta imprescindible una idea central (como el descansillo en lo alto de la escalera), sino también una progresión lógica para exponerla. Habrá un bosquejo, una serie de puntos relacionados entre sí (como los peldaños de la escalera), que desarrollan el concepto latente en el texto bíblico. El número de puntos variará según el texto en cuestión, en ese aspecto no hay una regla fija.

Por último, el predicador siempre se preguntará qué querrá hacer el Señor en la vida de los oyentes a través de este pasaje. ¿Qué pretende Dios? ¿Qué espera que ocurra en el corazón de los hermanos, por el hecho de haber escuchado esta exposición? Es como apuntar a una diana: cada mensaje expositivo debe tener un propósito, y el predicador hará bien en aclararlo en su propia mente antes de empezar.

Estos cuatro aspectos de la predicación expositiva son fundamentales e impepinables. No son optativos. No hay otro modelo de la predicación legítimo, si lo que buscamos es llevar el mensaje divino a los corazones para que las personas sean transformadas a la imagen de Jesucristo.

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