La predicación expositiva fiel ha de ser cristocéntrica

por Esteban   Rodemann

David Prince, «Faithful expository preaching is Christ-centered preaching», Trad. Esteban Rodemann, Blog Prince on Preaching (sitio web), posteado el 16 de enero de 2015, consultado el 4 de septiembre de 2017, http://www.davidprince.com/2015/01/16/faithful-expository-preaching-christ-centered-preaching/


La predicación cristocéntrica supone mucho más que un «corta y pega» de Juan 3.16 como sufijo al sermón. También es más que la enunciación de un tratado teológico que ensalza las glorias de Jesucristo pero carece del apoyo exegético de un pasaje concreto de las Escrituras. Los dos modos de apuntar a Cristo quedan cortos.

Los sermones que sólo mencionan a Cristo como apéndice a la exposición tienden a adormecer a los oyentes. Los sermones de esta manera repetitivos difuminan la centralidad de Jesucristo en la mente de la congregación. Los hermanos sacan la conclusión de que el predicador ha metido a Cristo con calzador, porque no había otra manera de incluirlo en el mensaje. De la misma manera los sermones que ensalzan las glorias de Cristo, pero sin arraigarse en un pasaje concreto, suenan rimbombantes pero adolecen de credibilidad. Aunque sea verdad todo lo que expone el predicador, carece de autoridad divina si no fluye de un texto concreto.

Después de servir muchos años como profesor de teología práctica en el Seminario Teológico de Westminster, Jay Adams ha notado que muchos estudiantes aprenden a preparar charlas elocuentes pero no sermones expositivos. Lo recuerda así:

 

Cuando fui a enseñar teología práctica, con especialidad en la predicación, creía que los alumnos dedicarían la mayor parte de sus esfuerzos a la exégesis del texto bíblico, para aprender a predicar. Cuál fue mi sorpresa y mi vergüenza al descubrir que no era el caso. Los estudiantes se dedicaban a exponer el gran panorama bíblico, en vez de abrir uno o dos pasajes de las Escrituras para su exposición y aplicación. Observé que la teología inherente a sus sermones era básicamente precisa y correcta, pero que sus sermones carecían de apoyo escritural. Faltaba la exposición. A diferencia de Cristo en el camino a Emaús, estaban dejando de abrir las Escrituras para los oyentes.

 
 --«La teología y homilética de Westminster» en The Pattern of Sound Doctrine: Systematic Theology at Westminster Theological Seminary, Essays in Honor of Robert B. Strimple, ed. David VanDrunen [Phillipsburg, NJ: P & R, 2004], 262-263.

Un sobreénfasis sermonario en la teología bíblica, es decir, analizando todo el gran cuadro de la Escritura de manera que se pierde de vista el texto bíblico que se quiere explicar, es un problema. También lo es la predicación atomista y moralista, que obvia el mensaje coherente del evangelio en todo el canon bíblico, al predicar sobre un texto concreto. El texto bíblico no se debe ignorar ni manipular. Predicamos a Cristo desde la Biblia entera porque la exégesis correcta así lo exige.

La Escritura no es un libro de moralismos inspirados, ni un discurso acerca de virtudes recomendables, sino que es –de cabo a rabo– un libro acerca de la gloria de Dios en Jesucristo, manifestada a través de la redención de un pueblo que habitará en su reino para siempre. Escribe Bryan Chapell,

 

Jesús es el Alfa y Omega, el Principio y Fin, el Autor y Consumador de nuestra fe. El constituye el objetivo final de las Escrituras, pero la palabra acerca de esta Palabra eterna está tejida en toda la extensión del texto bíblico. O bien a través de la predicción, la preparación, el reflejo o el resultado, el mensaje redentor acerca de la provisión de Dios brilla en toda la Biblia. No es posible exponer ninguna porción de ella sin aclarar su relación con la naturaleza redentora de Cristo y su obra. Descubrir esta relación no requiere una conexión imaginada –cual fantasía alegórica– con algún detalle de la vida de Cristo, sino exige plasmar una explicación exegética y contextualizada de cómo este texto en particular amplía la comprensión del pueblo de Dios acerca de la persona y obra de Cristo.

 
 --«El porvenir de la predicación expositiva», Preaching, septiembre-octubre de 2004, 42

D. A. Carson lo resume de esta manera: «En sus mejores momentos, la predicación expositiva –a pesar de depender por su contenido del texto a mano– señala las conexiones entre los distintos libros que componen toda la Biblia, que inexorablemente conducen hacia Jesucristo» («La primacía de la predicación expositiva», audiocaset sin fecha. Citado en Fabarez, La predicación que cambia vidas, 116). Predicar a Jesús en las Escrituras no es como hacer rebotar una piedra sobre el agua, como si sólo fuera cuestión de ir pasando las páginas de la Biblia para encontrar otra referencia más a Cristo. No es patinar por encima de cuatro textos hilvanados que hablan de Cristo, sino tener en cuenta toda la Escritura, que da testimonio sobre su reino glorioso.

Charles Haddon Spurgeon lo expresa así:

 

El Espíritu Santo sólo bendice conforme a su propia intención anunciada. Nuestro Señor explica ese propósito: «El me glorificará». El Espíritu ha salido para este gran fin y no soportará nada menos. Si no predicamos a Cristo, ¿qué pinta el Espíritu Santo en nuestra predicación? Si no ensalzamos al Señor Jesús, si no lo elevamos ante los ojos de los hombres, si no trabajamos para presentarlo como Rey de reyes y Señor de señores, el Espíritu no nos acompañará. Baldías serán la retórica, la música, la arquitectónica, la energía y la posición social. Si nuestro designio no es ensalzar al Señor Jesús, trabajaremos solos y en vano.

 
 --La mayor pelea del mundo, Greenville, SC: Publicaciones Ambassador, 1999, 77-78

La predicación expositiva y la predicación redentora/histórica (cristocéntrica) no son alternativas reñidas entre sí. Los sermones no pueden ser tan detallistas que acaben obviando el conjunto del canon bíblico, pero tampoco deben ser tan holistas que pasen por encima la aportación única y especial de cada autor. Hemos de evitar los dos tópicos sermonarios más comunes: nombrar a Jesús de cualquier manera y lanzar exhortaciones moralistas (leer más, orar más, obedecer más, etc.). El primer estereotipo es cristocéntrico pero no expositivo, y el segundo es expositivo pero no cristocéntrico. Predicar a Cristo de toda la Escritura no es un bonito añadido a la predicación expositiva. Tampoco se refiere a un método a elegir entre varios, según el gusto del predicador, sino se trata de la esencia misma de la predicación expositiva fiel.

Pasar por alto la naturaleza cristocéntrica del contexto bíblico (es decir, todo el canon) es reduccionista y problemático, pero también lo es ignorar el contexto inmediato del autor humano. Si olvidamos que las Escrituras son la palabra sobrenatural de un Dios soberano, caeremos en el mismo error que los alegoristas de la Iglesia medieval: los dos planteamientos excluyen algún aspecto indispensable del contexto. Uno excluye el contexto del autor humano; el otro margina al autor divino. La predicación cristocéntrica no significa abandonar la exégesis para colar a Cristo en el sermón; más bien se trata de descubrir la intención del autor, tanto el humano como el divino. La debilidad de muchos modelos contemporáneos de predicación expositiva es que no son tan expositivos como deben ser. El predicador sólo podrá abrir el significado del texto a la luz del argumento bíblico entero, que se centra en la persona y obra de Cristo con el cumplimiento escatológico en su reino.

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