¿Qué es la predicación expositiva?


Para comprender lo qué es la predicación expositiva nos valdremos del esfuerzo que dos expertos en el tema han hecho por definir y explicar la predicación expositiva. Leeremos la definición que Stephen Nelson Rummage hace de lo que es un sermón expositivo y la definición que Haddon W. Robinson hace de la predicación expositiva.

Stephen Nelson Rummage define un sermón expositivo así:

Un sermón expositivo puede definirse como un sermón en el cual el tema y la estructura del mensaje reflejan el tema y la estructura del pasaje bíblico. En este tipo de sermón, el predicador dice la misma cosa que el texto bíblico. El compromiso con el sermón expositivo requiere que el predicador exponga el significado del pasaje bíblico en el sermón pronunciado.[7]

Haddon W. Robinson define la predicación de esta manera:

La predicación expositiva es la comunicación de un concepto bíblico, derivado de, y transmitido por medio de, un estudio histórico, gramatical y literario de cierto pasaje en su contexto, que el Espíritu Santo aplica, primero, a la personalidad y la experiencia del predicador, y luego, a través de este, a sus oyentes.[8]

Ambas definiciones, además de sencillas, son claras. De ellas obtenemos un par de conclusiones interesantes sobre la predicación expositiva.

La esencia de la predicación expositiva es la fidelidad al texto bíblico.

Stephen Nelson expresa que en la predicación expositiva (…) el tema y la estructura del mensaje reflejan el tema y la estructura del pasaje bíblico. Es decir, existe plena congruencia entre sermón y texto bíblico en cuanto a forma y contenido. El sermón debe enseñar lo que el texto enseña y de la misma manera en que lo enseña.

Esto implica que el predicador se sujetará en su sermón al texto bíblico. Cuando un predicador lee un pasaje bíblico al inicio de su sermón, se espera que inmediatamente exponga la enseñanza de ese texto, y además, que proporcione una aplicación práctica, fiel al texto y relevante para su audiencia.

Solamente hay una manera de permanecer fieles al texto bíblico, que sea el texto quien gobierne el sermón en forma y contenido. Si algo debemos exigir de la predicación, es que sea fiel al texto.

Nehemías 8.8 sirve de ejemplo para afirmar esta verdad: Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. (RVR60). Esdras y los levitas leían la Palabra y la interpretaban para que el pueblo comprendiera su significado[9]. Esto evidencia que lo que enseñaban procedía del pasaje al que daban lectura.

A esto se refiere Haddon W. Robinson cuando expresa que la predicación expositiva es la comunicación de un concepto bíblico, derivado del… pasaje en su contexto. Quien predica no puede afirmar ser bíblico, si lo que comunica no es lo que el texto verdaderamente enseña.

Desafortunadamente, algunos predicadores modernos se han alejado de este modelo de predicación. Sus predicaciones se asemejan más a charlas motivacionales, conferencias de ventas e incluso monólogos de cómicos profesionales. Reemplazan, la explicación del texto por un mensaje que entretiene a la audiencia, la verdad de Dios por sus propias ideas. Otros, durante su exposición saltan de texto en texto sin sentido alguno u orden lógico. Citan muchos pasajes, pero no exponen el contenido de ninguno.

¿Cómo podemos evitar caer en el error de predicar nuestras propias ideas y no lo que el texto bíblico enseña? Permitiendo que sea el texto quien hable y no nosotros quienes hablemos del texto. De allí la necesidad de ser predicadores expositivos. La predicación expositiva mantiene la vista y la mente anclados en el pasaje. Minimiza el riesgo de dar rienda suelta a la imaginación y decir que el texto enseña lo que nunca ha enseñado.

Solamente el estudio del texto bíblico permitirá al predicador descubrir su enseñanza. Bien afirma Haddon, que es necesario un estudio histórico, gramatical y literario del pasaje en su contexto. Además, afirma que la riqueza del texto solo se extrae mediante un arduo trabajo intelectual y espiritual preliminar[10]. Por esta razón, el apóstol Pablo instruyó a Timoteo sobre la necesidad de esforzarse por presentarse delante de Dios como un obrero aprobado que interpreta rectamente la palabra de verdad (ver 2 Tim. 2.15 NVI).

Contrario a lo que algunos suponen, este esfuerzo intelectual no excluye la dependencia del Espíritu Santo. Al contrario, el Espíritu Santo nos capacita para comprender el texto. William Barclay afirmó que…

Cuando más permita un hombre que su mente se vuelva negligente, perezosa y débil, menos tendrá que decirle el Espíritu Santo. La verdadera predicación ocurre cuando un corazón amoroso y una mente disciplinada se ponen a disposición del Espíritu Santo.[11]

El predicador debe depender del Espíritu Santo en el estudio de la Palabra. Un estudio basado en la capacidad humana es un simple ejercicio académico carente de todo poder transformador para la vida del predicador y su congregación. La predicación expositiva no es un un método académico que busca el conocimiento. Al contrario, procura la transformación a través del conocimiento y aplicación del mensaje divino comunicado por las Escrituras.

La predicación expositiva busca convertir al predicador y su congregación en cristianos maduros.

La predicación expositiva tiene como propósito producir cristianos maduros. Note el énfasis añadido en la definición de Haddon:

La predicación expositiva es la comunicación de un concepto bíblico, derivado de, y transmitido por medio de, un estudio histórico, gramatical y literario de cierto pasaje en su contexto, que el Espíritu Santo aplica, primero, a la personalidad y la experiencia del predicador, y luego, a través de este, a sus oyentes.

El primero en ser transformado por la Palabra de Dios debe ser el predicador. El predicador debe aprender a escuchar a Dios antes de hablar en nombre de Él.[12] En caso contrario, sería un fariseo más que expresa aquello de haz lo que digo, no lo hago.

Cuando el predicador entra en contacto con la Palabra de Dios, a través del estudio bíblico, se expone al obrar del Espíritu, quien lo moldea para ser ejemplo vivo de la veracidad del mensaje que proclama. El predicador debe ser confrontado, animado, exhortado y quebrantado antes que su congregación. Debe encarnar en su propia vida las verdades de proclama. El predicador se nutre espiritualmente mientras estudia.

En la predicación expositiva…

El predicador debe, primero que nada, permitir que el mensaje que se está desarrollando se filtre a través de su manera de pensar, así como a través de su vida, antes de poder predicarlo. Esdras proveyó el modelo perfecto: “Porque Esdras había preparado su corazón “Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos”.[13]

La predicación expositiva tiene como meta la transformación de la congregación. En Nehemías 8.12 el pueblo hebreo, tras la exposición de la Palabra, se marchó feliz de haber comprendido lo que se les había enseñado. Y es que la exposición de la Palabra deber ser fiel al texto bíblico pero también relevante para la audiencia contemporánea.

La predicación expositiva mantiene en perfecto equilibrio los dos principios de la predicación bíblica: fiel al texto y relevante para la audiencia moderna. Cuando se predica bíblicamente las vidas son transformadas por la Palabra, empezando por el predicador y luego con su audiencia.

Conclusión y reflexión personal

Richard Mayhue[14] resume en cinco los elementos mínimos que un mensaje o predicación debe tener para considerarse expositiva:

  1. El mensaje halla su única fuente en la Escritura.
  2. El mensaje es sacado de la Escritura mediante una exégesis cuidadosa.
  3. La preparación del mensaje interpreta correctamente las Escrituras en su sentido normal y en su contexto.
  4. El mensaje explica claramente el significado original que Dios procuraba para la Escritura.
  5. El mensaje aplica el significado actual de la Biblia.

Para pensar en nuestros sermones:

¿El método de estudio que aplicas extrae la enseñanza principal del pasaje?

Debe ser primordial descubrir el tema que trata el texto que predicamos, y además, debemos ser capaces de discernir lo que el pasaje dice sobre el tema.

¿Te ves en la necesidad de citar otros textos bíblicos para explicar el pasaje?

Cada pasaje puede ser entendido en su propio contexto. Si nos vemos en la necesidad de explicar el texto con otro, seguramente no hemos comprendido lo que pasaje quiere enseñar. Los textos paralelos son útiles si se usan adecuadamente. Antes de saltar a otro texto, debemos asegurarnos de agotar todo lo que podamos la enseñanza del pasaje en su propio contexto. Aunque otro pasaje aborde el mismo tema, seguramente lo hará desde otro contexto y con otra perspectiva.

¿El tiempo que dedicas a preparar tus sermones es suficiente como para que el Espíritu Santo afirme en tu vida la enseñanza del texto?

El método de estudio que aplicamos debe permitirnos permanecer en contacto con el texto bíblico, lo suficiente para que el Espíritu Santo pueda hacernos comprender el mensaje y a la vez tocar nuestra propia vida. Prepara el sermón o estudio un día antes, seguramente no es suficiente.

¿Tus predicaciones son relevantes para tu audiencia?

Además de ser fiel al texto, un sermón debe proporcionar a la audiencia, el significado o relevancia del texto para hoy. Todo sermón debe estimular al oyente a hacer un cambio, ya sea en su manera de pensar, creer o actuar.

Después de leer este artículo ¿Te consideras un predicador expositivo?

Si pretendes ser un predicador bíblico, debes ser un predicador expositivo.

[7] Stephen Nelson Rummage. Planifique su predicación (Grand Rapids, Michigan: Portavoz, 2002), p. 71.

[8] Haddon W. Robinson. La predicación bíblica (Miami, Florida: LOGOI Inc, 1993), p. 18.

[9] La Nueva Versión Internacional traduce así este texto: Ellos leían con claridad el libro de la ley de Dios y lo interpretaban de modo que se comprendiera su lectura..

[10] Haddon. La predicación. p. 19.

[11] Ibid. 25.

[12] Ibid.

[13] John MacArthur. La Predicación: Cómo predicar bíblicamente. (Grupo Nelson: Nashville, TN, 2009), p. 32.

[14] Ibid. 29.

Predicándonos a nosotros mismos: La práctica de la meditación bíblica


Hay una preocupación muy extendida en relación a la transmisión de la fe a las siguientes generaciones. Una evidencia reciente de ello es la publicación en España del libro de Daniel Pujol La Fuga: por qué los jóvenes abandonan la iglesia. Otra evidencia en el Reino Unido es un estudio realizado por la Alianza Evangélica de personas que hace veinte años asistían a las escuelas dominicales de niño. Este estudio mostró que un 70 % de estas personas veinte años más tarde no tenían vinculación alguna con una iglesia evangélica. Es sabio y bíblico preocuparnos por la transmisión de la fe a la siguiente generación. Encontramos un fuerte énfasis en este sentido en Deuteronomio capítulo 6. Pero en el corazón de este pasaje hay una clave para esa eficaz transmisión muy descuidada en nuestros días: la meditación bíblica.

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas

Deuteronomio 6:4-7

El proceso empieza con este llamado: Escucha, O Israel. Es evidente que nunca vamos a estar en condiciones de transmitir a otros lo que no estamos recibiendo. Este llamado a escuchar lo pasamos por alto o lo leemos corriendo. Pero deberíamos darnos cuenta de que es un llamado a escuchar en concreto la palabra de Dios predicada. En el propósito de Dios, la proclamación de la Escritura debe motivar todos los otros ministerios de la palabra de Dios: sean la lectura personal, la vida devocional de la familia, el testificarles a otros o el dirigir estudios bíblicos, por nombrar solo algunos. No es que la predicación sea mejor que dirigir una célula, pero su relación es la que mantiene la batería del coche con los pistones – es la que hace arrancar todo el resto del motor.

Ahora, entre el escuchar atentamente la palabra de Dios predicada y el transmitirla a otros todavía quedan dos pasos intermedios. Moisés les dijo a los Israelitas que para influir en otros la palabra de Dios debe afectar todas las áreas de nuestra vida. Debemos tenerla presente en el camino y en la casa: o sea en el centro de la vida familiar. Debemos escucharla cuando nos acostemos y nos levantemos: debe marcar nuestro ritmo diario. Debe dirigir nuestras manos y nuestros ojos: afectando lo que hacemos y lo que miramos. Debe estar presente en los postes de la casa y las puertas de la ciudad – presente no solo en la vida privada sino también en la plaza pública.

Pero aún podemos indagar más. Podemos preguntarnos, ¿qué hace que haya muchas personas que asistan fielmente a los cultos dominicales pero cuyas vidas muestran muchas lagunas donde hay escaso impacto de la escritura? Deuteronomio 6 nos sugiere que para que la Palabra de Dios llegue a permear todas las facetas de nuestras vidas la clave está en el corazón. El pueblo de Dios es llamado a cultivar el amor de su Dios en su corazón. Esta escucha activa aplicada al corazón es el gran terreno descuidado en la espiritualidad evangélica contemporánea: la meditación bíblica.

Pululan en la cultura contemporánea muchas ideas sobre lo que significa la meditación, predominando conceptos orientales de vaciar la mente de todas las preocupaciones para así encontrar la paz. Es verdad que en nuestro mundo ajetreado necesitamos pararnos y buscar la quietud para poder reflexionar y meditar. Pero la meditación Bíblica no es meramente pasiva. Tampoco consiste en vaciar la mente, sino en re-enfocar nuestra atención, llenando nuestra mente con un contenido distinto.

La iglesia de cada época de la historia ha tenido sus virtudes y sus defectos. En cuanto a la meditación bíblica, uno de los momentos álgidos lo encontramos en los escritos de los Puritanos. Ellos también tuvieron sus puntos débiles (aunque no fueron los que la mayoría piensan), pero fueron unos gigantes en cuanto a la enseñanza de la espiritualidad cristiana. Uno de ellos, Richard Baxter, escribió un libro específicamente sobre la meditación. He aquí unos extractos de escritos suyos y de otro pastor contemporáneo suyo.

Mientras la verdad sea solo una especulación que nada por el cerebro, el alma no lo ha recibido ni se ha asido de ella. La tarea necesaria es pues, hacer pasar estas verdades de tu cabeza a tu corazón.

La meditación se sitúa entre la lectura y la oración y es el medio por excelencia para aprovechar la primera y estimular la segunda

Nicolas Renfrew

Todavía no hemos definido lo que queremos decir con la meditación. Los puritanos aclararon que consistía no solo en la reflexión sino en predicarnos a nosotros mismos. Dirían que si la reflexión abre la puerta entre la cabeza y el corazón, el predicarnos a nosotros mismos es lo que nos hace pasar por esa puerta. En esto se basaban en diversos textos de la Escritura donde un individuo habla consigo mismo, se interroga y se exhorta. Textos muy conocidos incluyen el Salmo 42:5 (¿Por qué te abates, alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarlo, ¡salvación mía y Dios mío!), y el Salmo 103:1 (Bendice alma mía a Jehová).

Richard Baxter

En una de sus predicaciones sobre la humildad, C.J. Mahaney nos recuerda lo que sucede cuando nos levantamos por las mañanas. Nuestra naturaleza caída y nuestro pecado no duermen. Desde el primer instante de la mañana nos hablan – y normalmente en tono de queja – ¡Qué mal me siento! ¡Qué cansado estoy! Es una disciplina Bíblica necesaria el contestarnos a nosotros mismos. Pero ¿qué nos diremos? Y, ¿cómo lo diremos? Este es el consejo de Richard Baxter:

Imita a tu predicador favorito. Piensa qué habría dicho él y predica eso mismo a tu propia alma. En primer lugar explícate a ti mismo el tema y estudia las dificultades. Usa la escritura para confirmar la verdad en cuestión. Luego aplícatelo según la enseñanza y según tu necesidad. Pregúntate a ti mismo ¿en qué medida amas esta verdad? Háblate acerca de la frialdad de tu corazón, o bien anímate si ves que has sido fiel en esta área. Pregunta a tu corazón, ¿qué razones tienes por no actuar?, y contesta estas objeciones. Tú sabes qué argumentos son los más persuasivos para tu propio corazón.

Demasiadas veces al escuchar una predicación pensamos esto le viene muy bien al que tengo sentado a mi lado, o incluso con cierto alivio reconocemos menos mal que el predicador no ha aplicado este texto a esta otra área porque entonces sí que me habría visto obligado a reaccionar yo. Delante del Señor debemos aplicarnos a nosotros mismos toda enseñanza Bíblica, tanto la escuchada un domingo por la mañana como la que descubrimos nosotros mismos en nuestra lectura diaria. Esta práctica es la que hace que la palabra de Dios llegue a afectar todas las áreas de nuestras vidas. Es por medio de esa transformación que se hace posible una eficaz transmisión de la palabra de Dios a las siguientes generaciones.

Este artículo también aparece en http://thegospelcoalition.org/blogs/espanol/2013/08/28/predicandonos-a-nosotros-mismos/

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Las cinco lecciones que aprendí del Cohélet


Lo que menos me imaginaba yo era que iba a aprender del Eclesiastés una serie de principios que me iban a ayudar en mi tarea de estudio del texto bíblico. Cuando cursaba estudios universitarios, tuve que aprender lo que era la metodología de investigación, de los fundamentos de la experimentación… y algo que falta en muchos seminarios bíblicos es esto: enseñar a investigar para hablar con rigor.

El Cohélet acaso no sea paradigma de profundidades teológicas—asunto discutible—porque afirmaciones teológicas y profundas sí que las hay; pero de lo que no cabe la menor duda es de su capacidad investigadora.

Se define como empirismo el conocimiento originado por la experiencia. Por tanto, leyendo críticamente su libro, uno se da cuenta de que el Cohélet escribe de lo que ha experimentado en primera persona. Pero dicha experiencia no le fue sobrevenida, sino devenida, intencionada, racionalizada. Su expresión favorita es apliqué mi corazón (1.13; 8.16);[6] mi corazón ha experimentado (1.16); he dedicado mi corazón (1.17; 8.9; 9.1); mi corazón me guiaba con sabiduría (2.3); ni privé a mi corazón (2.10); entregué mi corazón (2.20); dirigí mi corazón (7.25)… queriendo decir así que lo experimentado lo fue a propósito, controlado e implicando todas sus emociones, sentimientos, pensamientos y acciones.

El libro tiene la estructura de una tesis doctoral, subdividida en tres tesis bien diferenciadas y una conclusión (12.13s), y lo es porque cumple el patrón de una investigación rigurosa. De lo cual deberíamos aprender un tanto aquellos que estudiamos el texto bíblico y lo exponemos a las congregaciones.

Lo primero que aprendí del Cohélet fue que tengo que inquirir con sabiduría (1.13), es decir, investigar asuntos desde todos los ángulos posibles. Llevar a cabo el estudio y hacer un enfoque pluridimensional. Sus experiencias en los ámbitos que menciona en el libro le permitieron encontrar las posibilidades que daba de sí un asunto. Como el experimento que hizo el psicólogo Edward De Bono con los seis sombreros para pensar (hechos, emociones, juicios negativos, juicios positivos, alternativas y creatividad, proceso de control), el Cohélet se puso todos los sombreros posibles para entender todo lo que estaba investigando.

Lo que seguidamente aprendí del Cohélet fue que tengo que investigar con sabiduría (1.13), es decir, buscar las raíces de un asunto. Contextualizar lo que se está diciendo; enmarcar los conceptos adecuadamente; indagar en el proceso de causa-efecto; buscar las relaciones de ideas y de unidades de pensamiento dentro de un libro bíblico concreto, buscar el vestigio (in-vestigar), la huella de lo que alguien ha dejado… todo esto ayudará no sólo para ver el árbol, sino todo el bosque.

Lo tercero que aprendí del Cohélet fue que tengo que sopesar (12.9), es decir, recoger material para mi investigación. Para él no fue suficiente una sola experimentación, sino que echó mano de unas conclusiones primarias contrastadas (su borrador), quizá consultando con otros y contrastando su pensamiento, intentando ver la convergencia o divergencia en las conclusiones, hallar las razones de los ámbitos de estudio, falsar ideas que no corresponden, relacionar unas ideas con otras… al más puro estilo investigador.

Lo siguiente que aprendí del Cohélet fue que tengo que escudriñar (12.9), o lo que es lo mismo, examinar rigurosamente. El rigor científico se exige en toda investigación. La falsedad o inexactitud de los datos no tiene lugar en una tesis, ¿cuánto más en el estudio de un texto bíblico? Rigor y tiempo, rigor y seriedad, rigor y conciencia, son pares que no podemos divorciar. Así, al menos, lo entendió Lucas cuando escribió su evangelio y el libro de Hechos (Lc. 1.1-4; Hech. 1.1). Como médico, Lucas sabía qué era una investigación científica: cosas certificadas (v. 1); trasmitido por testigos oculares y servidores del Logos (v. 2); investigar exactamente todas las cosas desde sus fuentes (v. 3a); escribirlas en orden (3b); para hacer que otro se percatarse de la verdad precisa (v. 4). ¿Hay mayor rigor? Unos desecharon ideas que hubo que rescatar; otros asumieron ideas que hubo que descartar por ser inverosímiles. Lucas lo examina todo y cataliza lo provechoso para elaborar su evangelio.

Y, finalmente, entre otras muchas cosas que aprendí, el Cohélet me enseñó que, después de todo esto, tengo que componer, así como él compuso muchos proverbios, es decir publicó sus conclusiones, y que no eran opiniones trasnochadas de un illuminati. Nada de pseudo-opiniones; ni conclusiones semielaboradas; ni ideas con alto contenido de incertidumbre. Al contrario, exactitud, control de sus ideas, rigurosidad, aproximación a la certidumbre.

Como predicadores debemos mucho al Cohélet por toda su enseñanza, la expresada y la que queda sin expresar. “Cohélet procuró hallar palabras aceptables y escritura recta, palabras de verdad” (12.10). “No sacrificó el tema a la forma” (Barton, International Critical Commentary, p. 197: 1908). Palabras que animaban a la acción y que delimitaban, como hitos, el camino por donde había que ir. Un maestro de la palabra y de la escritura; un hombre rigurosamente serio en lo que decía; un ejemplo de Predicador para los predicadores.

José Mª de Rus

Pascua de 2014


[6] Todas las citas están tomadas de la Biblia Textual.

Lo largo o corto de los sermones: Cuatro claves para mantener la atención de tus oyentes


“¿Hasta cuándo, Señor?”.

Ese es un lamento que hace eco a través de los Salmos, y que vemos en Habacuc, es recurrente en Apocalipsis… y también impregna las mentes de los siervos agotados que obligatoriamente sufren por las predicaciones pastorales que van más allá de la efectividad y perseverancia. Una expresión de sufrimiento extremo y desconcierto no es la respuesta que un pastor espera recibir cuando predica después de una semana entera de preparación.

¿Qué tan largo debe ser un sermón?

Como profesor de predicación y pastor, me han hecho esa pregunta cientos de veces. Hoy, después de 35 años en el ministerio, tengo una respuesta definitiva: Puedes predicar tanto tiempo como mantengas la atención de la gente.

Obviamente (aunque hay excepciones), eso significa que algunos predicadores podrán predicar más tiempo que otros, no por mera habilidad natural, sino por su fidelidad a técnicas y prácticas bíblicas, las cuáles no se contradicen. Es más, van de la mano. Muchos predicadores se consuelan diciendo que sus iglesias están llenas de personas con comezón de oír, mientras otros se sienten orgullosos de que no juegan con la verdad, cuando en realidad todo lo que han hecho es predicar muy mal la Palabra de Dios.

Aunque esas situaciones en realidad existen —y mi corazón se duele con cualquier predicador fiel que con amor y habilidad predica la Palabra a personas con corazones fríos e indiferentes—, no debemos asumir rápidamente que el problema yace exclusivamente en quienes se sientan en las sillas, y quitar la responsabilidad a quien está detrás del púlpito.

Para que no haya malos entendidos, no estoy en contra de las predicaciones cortas. Pero sí creo que muchas iglesias necesitan dedicar más tiempo a la predicación, no menos. La predicación de la Palabra de Dios es el acto central de la adoración al reunirnos en la iglesia. La expansión del analfabetismo bíblico entre personas que profesan ser cristianas no va a disminuir porque los pastores acorten sus exposiciones, ni cambiará porque los pastores prediquen contenido largo y aburrido.

Cuatro claves para mantener la atención de tus oyentes

¿Cómo se puede predicar mejor y a la vez hacerlo por un buen largo de tiempo? Los predicadores fieles que también son interesantes aprenden cuatro movimientos claves para dar el tipo de sermones que ayudan a mantener la atención de quienes los escuchan.

  1. Llena tu prédica con sustancia bíblica. Pareciera ilógico, pero la manera de mantener la atención de aquellos miembros que no se involucran no es alimentarlos con una dieta espiritual de golosinas. Pueden ser dulces al probarlas, pero no son nutritivas; ¡comer solo eso los va a enfermar! La Palabra de Dios es la que despertará en ellos interés. No lo suavices, ¡dale la verdad! Cristo prometió que si Él es exaltado, Él los atraerá a sí mismo. Así que apunta hacia Cristo con palabras y estilo, en redención y relación.

  2. Secuestra su atención. Una vez conozcas el contenido de tu texto, piensa en el nivel de percepción al desarrollar tu predicación. Encuentra una manera de captar el intereés de la audiencia al inicio. Pedro lo hizo en el día del Pentecostés. Pablo lo hizo en Areópago. Ezequiel lo hizo al construir el modelo de la ciudad poniéndola en sitio. Jesús lo hizo en Galilea con siete promesas de bendición. Spurgeon lo hizo, Jonathan Edwards lo hizo. Escucha a los predicadores que admiras y presta atención a cómo ellos adornan el evangelio con ideas que provocan y la forma en que lo hacen.

  3. Introduce constantemente aplicaciones personales en la explicación bíblica. La predicación de Pedro en Hechos 2 llevó a su audiencia a preguntar: “¿Y ahora qué hacemos?”. Una explicación sin aplicación resulta en frustración. Contenido sin convicción engendra aburrimiento. El poder inherente de la Palabra y el Espíritu demandan una respuesta, arrepentimiento, renovación. Sin eso, las predicaciones serán vistas como un juego de preguntas bíblicas.

  4. Los mejores predicadores desarrollan una percepción clara de su audiencia, siempre discerniendo qué tan bien están siendo escuchados. Responde a su cansancio con energía, enfoque y emoción en cuanto al texto. ¿Tu voz los pone a dormir? Cambia tu tono, ritmo y volumen. Deja que la Palabra que te ha saturado durante tu tiempo de estudio fluya en el púlpito hacia ellos. Puedes predicar como alguien que conoce la Palabra pero, ¿predicas como alguien que ama la Palabra? Si lo haces, ellos escucharán mejor y durante más tiempo.

Publicado originalmente en SBTS y Coalición por el Evangelio. Traducido por Fanny Stewart-Castro

La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia

McDill, Wayne. La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia. Traducido por Esteban Rodemann. LifeWay/Pastors (sitio web). Artículo posteado el 20 de abril de 2015 (consultado el 31 de agosto de 2017) http://www.lifeway.com/pastors/2015/04/20/expository-preaching-from-theology-to-experience/


La predicación expositiva suele partir de un texto bíblico. Procura hacer que el texto elegido moldee al sermón. El predicador busca convertir la esencia teológica del pasaje en el mensaje del discurso. La predicación expositiva, por definición, trata de exponer el significado planteado por el autor original del texto en términos adecuados para un público moderno. Esto suele ocurrir a través de la predicación sistemática, es decir, una serie de mensajes sobre un libro bíblico determinado. Esta manera de predicar –siguiendo libros de la Biblia– ha sido criticada por algunos, por ser un modelo excesivamente académico y alejado de las preocupaciones reales de la gente.

Enfocar la experiencia humana puede parecer contraproducente. Podría diluir la fuerza de la predicación expositiva, al minar el compromiso con la fidelidad al texto bíblico. Sin embargo, no tiene que ser así. Es cierto que un tipo de predicación que responde únicamente a las necesidades sentidas de la congregación muchas veces se ha reducido a insípidas apelaciones a los sentimientos, en perjuicio de respuestas sólidas de las Escrituras. Este tipo de predicación corre el riesgo de confundir el análisis empático del problema con la solución divina para la situación humana. Mostrar empatía siempre es positivo, pero las personas necesitan la sabiduría eterna de lo alto.

Lo que hace falta es establecer un punto de contacto entre los conceptos teológicos del pasaje y los aspectos correspondientes de la experiencia humana. La clave es esto: «establecer un punto de contacto». Partimos de los conceptos teológicos subyacentes en el texto bíblico. Estudiamos las palabras del autor original para descubrir las ideas teológicas que quería transmitir, y que formarán el núcleo de nuestro sermón. Destilamos una idea central, aclarando el sujeto (¿de qué está hablando el autor?). Luego identificamos lo que el autor dice respecto a ese sujeto; su ampliación de la información constituye el predicado.

Pasar de la teología a la experiencia condiciona todo el proceso de interpretación. Desde el primer momento meditamos en la pertinencia de las ideas bíblicas. Creemos que la verdad bíblica siempre se relaciona de algún modo con la vida real. Al mismo tiempo somos conscientes de que las verdades bíblicas pueden ser predicadas de una manera estéril y académica, que oculta su pertinencia natural. Lo que Dios ha revelado conecta con la experiencia humana, pero un predicador puede perder de vista esa conexión y fallar totalmente el blanco, que es el corazón de los oyentes.

He aquí cinco consejos para pasar de la teología a la experiencia:

  1. Aclarar las ideas teológicas que el autor bíblico quiso comunicar. Si no tienes esto claro en tu propia mente, como para poder expresarlo con tus propias palabras, no podrás comunicar el mensaje del texto. Tampoco podrás mostrar su pertinencia a la congregación.

  2. Meditar en la enseñanza bíblica más amplia, relevante a la idea del texto. Ningún texto agota toda la enseñanza sobre un tema. Habrá pasajes paralelos que rellenan el alcance de la teología bíblica y que también ayudan a discernir las aplicaciones prácticas.

  3. Pregúntate a ti mismo por qué una persona, cualquier persona, necesita escuchar este mensaje, y apunta todo lo que te viene a la mente. La prueba de la pertinencia es cuando las enseñanzas de tu sermón «rascan donde a la gente se le pica». Si tu inquietud se limita al comportamiento de los hermanos en el culto, no tocarás las preocupaciones reales de su vida. Medita en las presuposiciones, los síntomas y las consecuencias que podrían darse en la vida de las personas que no conocen o no practican las ideas bíblicas que expones.

  4. Redacta una descripción de la persona que más necesita este mensaje. Échale imaginación. Describe la situación de un hermano que descubre la respuesta a las cuestiones que más le angustian. Reflexiona sobre sus luchas. Trata de entender su forma (errónea) de pensar. Identifica cómo su forma de conducirse influye en todos los aspectos de su vida y la de los que le rodean.

  5. Apunta algunas directrices específicas para la persona que necesita aplicar este mensaje a su vida. Imagina una persona que sale del culto, con un bloc de notas en la mano, y te dice «Gracias, hermano, por el sermón de hoy. Ahora me marcho a casa. Mañana vuelvo al trabajo. Explícame cómo aplicar los principios bíblicos a mi vida, cómo debo ponerlos en práctica. Tomaré nota de todo lo que me digas.»

Las Bases Científicas de los Talleres y Círculos de Predicadores


Es curioso el fenómeno que se produce en muchos ámbitos, donde las ocurrencias ocupan el lugar de las evidencias. Hablo, especialmente, de educación. Las ocurrencias de ciertas personalidades influyentes han provocado el caos educativo del que no terminamos de salir. Las ocurrencias de ciertos asesores de ministros de educación, que no entendían de educación porque no consultaron con los expertos, han producido una hecatombe educativa de dimensiones peligrosas. Además, nos solemos comparar con Finlandia; y con cierto escepticismo nos preguntamos por qué a ellos les va mejor que a nosotros. A nadie en su sano juicio se le ocurriría operar quirúrgicamente como se hacía en el siglo XIX; de la misma manera, a nadie se le debería ocurrir enseñar de la misma manera que se hacía en ese mismo siglo o en el siguiente. Por eso Finlandia es superior a nosotros en el ámbito educativo: entre otras cosas, ellos han adoptado estrategias y actuaciones educativas de éxito, avaladas por la comunidad científica internacional como aquellas que dan los mejores resultados comprobados. Una de estas actuaciones se denomina Tertulias Dialógicas. En el colegio-comunidad de aprendizaje que dirijo las practicamos, junto a otras más, y hemos constatado que así es. Se produce un intercambio de opiniones y argumentaciones tal que se valora el diálogo como una herramienta de construcción del pensamiento. Es en el diálogo donde se construye el conocimiento.

Claro, esto a uno no le pilla de nuevas, puesto que el método educativo hebreo era así: un grupo de personas que se instruyen preguntando, respondiendo, aportando sabiduría, opinión, guiados por un rabí. Y esto frente a la escuela helénica, donde generalmente el saber era propiedad de los filósofos y, a lo sumo, de sus discípulos.

Esta introducción no tendría sentido si no es para avalar el método de los círculos de predicadores. Frente a la pedagogía unilateral del maestro en predicación, la visión de los círculos se basa en la validez de las aportaciones de todos y cada uno de los componentes a la hora de construir el mensaje. En los estadios iniciales de los círculos, una vez que se han realizado las aportaciones, el consenso pasa a ser una prioridad, no sin volver a validar lo consensuado, es decir, si es de acuerdo a las Escrituras (Hech. 17.11). Una vez validada la decisión final del bosquejo, se comparte para que otros lo puedan usar. Y, como decíamos al principio, este tipo de actuación está avalada como de éxito educativo. Pueden consultarlo en Internet, tecleando “Comunidades de aprendizaje. Tertulias Literarias Dialógicas” y buscando artículos académicos al respecto.

Por otro lado, tiene un carácter evaluador altamente significativo. No sólo se evalúa y valida el bosquejo final. El expositor también es evaluado en grupo dialógico sobre las bases de la retórica, adecuación al tiempo, ajuste al tema, porte, ademanes… Lo justo como para no caer en la crítica agria y orgullosa, pero lo suficiente como para aportarle a quien expone una serie de consejos a modo de propuestas de mejora.

En la gracia de Dios, he podido asistir a las dos sesiones de formación en los talleres de predicadores y aplaudo con energía este método. He sido edificado firmemente con las opiniones de los demás hermanos del grupo; he revisado mi metodología en la predicación; he adoptado propuestas de mejora. He estado en un taller: el lugar donde artesanalmente se le da forma a las cosas (aquí personas) o donde uno lleva el coche o una pieza (aquí personas) para reparar, rectificar… Para mí han sido lo más parecido a tertulias dialógicas, y a las que en mi argot llamaría Tertulias Hermenéuticas Dialógicas. Y no son ocurrencias, sino evidencias de que es un método que da mejores resultados. Esto no quiere decir que otros métodos no sirvan o no funcionen, sino simplemente eso: que da mejores resultados. Y si lo que uno pretende es crear sentido y dotar de validez las propuestas de otros, para llegar por medio del diálogo a un consenso exegético, este método es el mejor.

La Predicación: Veinte errores comunes


  1. La falta de exposición de la Biblia

  2. Muchas anécdotas y poca exposición

  3. Sacar textos bíblicos fuera de su contexto

  4. Colar mosquitos y tragar camellos

  5. La falta de una estructura clara

  6. Una falta de aplicación

  7. Dejar toda la aplicación para el final

  8. No conectar con la gente

  9. Dar por sentado que todos son creyentes

  10. No predicar el evangelio

  11. Olvidarnos del Señor Jesucristo

  12. Una falta de pasión en el predicador

  13. Intentar abarcar demasiado

  14. Hacer predicaciones largas, complicadas y pesadas

  15. Una excesiva repetición

  16. Una excesiva improvisación

  17. Dejarnos llevar por nuestros caballos de batalla

  18. La falta de ilustraciones

  19. Estropear un buen mensaje con una conclusión pobre

  20. No dejar claro cómo queremos que respondan

La predicación expositiva fiel ha de ser cristocéntrica

David Prince, «Faithful expository preaching is Christ-centered preaching», Trad. Esteban Rodemann, Blog Prince on Preaching (sitio web), posteado el 16 de enero de 2015, consultado el 4 de septiembre de 2017, http://www.davidprince.com/2015/01/16/faithful-expository-preaching-christ-centered-preaching/


La predicación cristocéntrica supone mucho más que un «corta y pega» de Juan 3.16 como sufijo al sermón. También es más que la enunciación de un tratado teológico que ensalza las glorias de Jesucristo pero carece del apoyo exegético de un pasaje concreto de las Escrituras. Los dos modos de apuntar a Cristo quedan cortos.

Los sermones que sólo mencionan a Cristo como apéndice a la exposición tienden a adormecer a los oyentes. Los sermones de esta manera repetitivos difuminan la centralidad de Jesucristo en la mente de la congregación. Los hermanos sacan la conclusión de que el predicador ha metido a Cristo con calzador, porque no había otra manera de incluirlo en el mensaje. De la misma manera los sermones que ensalzan las glorias de Cristo, pero sin arraigarse en un pasaje concreto, suenan rimbombantes pero adolecen de credibilidad. Aunque sea verdad todo lo que expone el predicador, carece de autoridad divina si no fluye de un texto concreto.

Después de servir muchos años como profesor de teología práctica en el Seminario Teológico de Westminster, Jay Adams ha notado que muchos estudiantes aprenden a preparar charlas elocuentes pero no sermones expositivos. Lo recuerda así:

Cuando fui a enseñar teología práctica, con especialidad en la predicación, creía que los alumnos dedicarían la mayor parte de sus esfuerzos a la exégesis del texto bíblico, para aprender a predicar. Cuál fue mi sorpresa y mi vergüenza al descubrir que no era el caso. Los estudiantes se dedicaban a exponer el gran panorama bíblico, en vez de abrir uno o dos pasajes de las Escrituras para su exposición y aplicación. Observé que la teología inherente a sus sermones era básicamente precisa y correcta, pero que sus sermones carecían de apoyo escritural. Faltaba la exposición. A diferencia de Cristo en el camino a Emaús, estaban dejando de abrir las Escrituras para los oyentes.

«La teología y homilética de Westminster» en The Pattern of Sound Doctrine: Systematic Theology at Westminster Theological Seminary, Essays in Honor of Robert B. Strimple, ed. David VanDrunen [Phillipsburg, NJ: P & R, 2004], 262-263.

Un sobreénfasis sermonario en la teología bíblica, es decir, analizando todo el gran cuadro de la Escritura de manera que se pierde de vista el texto bíblico que se quiere explicar, es un problema. También lo es la predicación atomista y moralista, que obvia el mensaje coherente del evangelio en todo el canon bíblico, al predicar sobre un texto concreto. El texto bíblico no se debe ignorar ni manipular. Predicamos a Cristo desde la Biblia entera porque la exégesis correcta así lo exige.

La Escritura no es un libro de moralismos inspirados, ni un discurso acerca de virtudes recomendables, sino que es –de cabo a rabo– un libro acerca de la gloria de Dios en Jesucristo, manifestada a través de la redención de un pueblo que habitará en su reino para siempre. Escribe Bryan Chapell,

Jesús es el Alfa y Omega, el Principio y Fin, el Autor y Consumador de nuestra fe. El constituye el objetivo final de las Escrituras, pero la palabra acerca de esta Palabra eterna está tejida en toda la extensión del texto bíblico. O bien a través de la predicción, la preparación, el reflejo o el resultado, el mensaje redentor acerca de la provisión de Dios brilla en toda la Biblia. No es posible exponer ninguna porción de ella sin aclarar su relación con la naturaleza redentora de Cristo y su obra. Descubrir esta relación no requiere una conexión imaginada –cual fantasía alegórica– con algún detalle de la vida de Cristo, sino exige plasmar una explicación exegética y contextualizada de cómo este texto en particular amplía la comprensión del pueblo de Dios acerca de la persona y obra de Cristo.

«El porvenir de la predicación expositiva», Preaching, septiembre-octubre de 2004, 42

D. A. Carson lo resume de esta manera: «En sus mejores momentos, la predicación expositiva –a pesar de depender por su contenido del texto a mano– señala las conexiones entre los distintos libros que componen toda la Biblia, que inexorablemente conducen hacia Jesucristo» («La primacía de la predicación expositiva», audiocaset sin fecha. Citado en Fabarez, La predicación que cambia vidas, 116). Predicar a Jesús en las Escrituras no es como hacer rebotar una piedra sobre el agua, como si sólo fuera cuestión de ir pasando las páginas de la Biblia para encontrar otra referencia más a Cristo. No es patinar por encima de cuatro textos hilvanados que hablan de Cristo, sino tener en cuenta toda la Escritura, que da testimonio sobre su reino glorioso.

Charles Haddon Spurgeon lo expresa así:

El Espíritu Santo sólo bendice conforme a su propia intención anunciada. Nuestro Señor explica ese propósito: «El me glorificará». El Espíritu ha salido para este gran fin y no soportará nada menos. Si no predicamos a Cristo, ¿qué pinta el Espíritu Santo en nuestra predicación? Si no ensalzamos al Señor Jesús, si no lo elevamos ante los ojos de los hombres, si no trabajamos para presentarlo como Rey de reyes y Señor de señores, el Espíritu no nos acompañará. Baldías serán la retórica, la música, la arquitectónica, la energía y la posición social. Si nuestro designio no es ensalzar al Señor Jesús, trabajaremos solos y en vano.

La mayor pelea del mundo, Greenville, SC: Publicaciones Ambassador, 1999, 77-78

La predicación expositiva y la predicación redentora/histórica (cristocéntrica) no son alternativas reñidas entre sí. Los sermones no pueden ser tan detallistas que acaben obviando el conjunto del canon bíblico, pero tampoco deben ser tan holistas que pasen por encima la aportación única y especial de cada autor. Hemos de evitar los dos tópicos sermonarios más comunes: nombrar a Jesús de cualquier manera y lanzar exhortaciones moralistas (leer más, orar más, obedecer más, etc.). El primer estereotipo es cristocéntrico pero no expositivo, y el segundo es expositivo pero no cristocéntrico. Predicar a Cristo de toda la Escritura no es un bonito añadido a la predicación expositiva. Tampoco se refiere a un método a elegir entre varios, según el gusto del predicador, sino se trata de la esencia misma de la predicación expositiva fiel.

Pasar por alto la naturaleza cristocéntrica del contexto bíblico (es decir, todo el canon) es reduccionista y problemático, pero también lo es ignorar el contexto inmediato del autor humano. Si olvidamos que las Escrituras son la palabra sobrenatural de un Dios soberano, caeremos en el mismo error que los alegoristas de la Iglesia medieval: los dos planteamientos excluyen algún aspecto indispensable del contexto. Uno excluye el contexto del autor humano; el otro margina al autor divino. La predicación cristocéntrica no significa abandonar la exégesis para colar a Cristo en el sermón; más bien se trata de descubrir la intención del autor, tanto el humano como el divino. La debilidad de muchos modelos contemporáneos de predicación expositiva es que no son tan expositivos como deben ser. El predicador sólo podrá abrir el significado del texto a la luz del argumento bíblico entero, que se centra en la persona y obra de Cristo con el cumplimiento escatológico en su reino.

La Predicación Expositiva en un Entierro


Cuando nos despedimos de un ser querido, se presenta una oportunidad única para un mensaje de la Palabra de Dios. Es un momento doloroso pero el Señor hace llegar su consuelo a través de las Escrituras. El predicador disfruta de una libertad mucho mayor que en otras ocasiones, si sabe exponer un mensaje corto pero apropiado.

A un entierro suelen asistir muchos inconversos. Son personas que jamás asistirían a un culto de iglesia o un acto evangelístico. El predicador hace bien en recordar los tres objetivos del mensaje expositivo en esta coyuntura: transmitir el consuelo de Dios a los vivos, honrar la memoria del difunto y comunicar el mensaje del evangelio a los amigos que acompañan a la familia.

Hay varios detalles importantes a tener en cuenta, si el predicador quiere ser el instrumento del Señor en tan solemne ocasión.

Aspectos prácticos

Suele haber dos ocasiones para un pensamiento bíblico: en el velatorio con la familia y allegados, y luego en el cementerio cuando se practica la sepultura. Si toca la incineración, la oportunidad de predicar a veces se reduce a una sola ocasión. Si hay un responso según el rito católico, a veces el cura permite que hablen terceros a petición de la familia. Si el velatorio dispone de capilla y la ceden a la familia, hay tiempo para un mensaje bíblico más completo.

En el cementerio se suele esperar hasta que los funcionarios hayan introducido el ataúd dentro del nicho o en la tierra. Después de que terminan su trabajo, hay un espacio donde se puede exponer la Palabra con libertad.

En cualquier caso se trata de un mensaje corto, tanto en el velatorio como en el cementerio. Conviene equilibrar el mensaje de la Escritura con algunos apuntes sobre la vida de la persona difunta, lo cual requiere una conversación previa con la familia sobre los detalles que ellos quisieran resaltar, o para coordinar las distintas intervenciones que ellos quisieran proponer: lecturas bíblicas, poesías, himnos, canciones, reflexiones personales. A veces la persona fallecida ha indicado de antemano sus deseos para su propio entierro: lo que quiere que se lea o se cante.

Enfoques necesarios

El enfoque de la predicación en un entierro depende en cierta medida de la clase de persona que ha fallecido. Si la persona ha sido un gran siervo del Señor, se puede hablar de las recompensas que Dios promete por una vida de servicio. Si la persona ha sido un creyente humilde pero fiel, toca hablar de las glorias de la resurrección y la esperanza del cielo. Si la persona fue un creyente de vida contradictoria o se ha suicidado, procede enfatizar la fidelidad del Señor a sus promesas. Si la persona ha sufrido mucho, convendría destacar el descanso que traerá la vida eterna.

El entierro de una persona inconversa requiere una delicadeza especial. Desarrollar el tema del consuelo que el Señor ofrece a los vivos es mejor que cargar las tintas hablando de la condenación eterna de los que mueren sin Cristo. En vez de afirmar la certeza de la resurrección, el predicador anunciará la oferta de resurrección –con el perdón y la vida eterna– que el Señor extiende a todos los que vienen a Cristo con fe. Tenemos un Dios que enjugará todas las lágrimas, que también nos invita: «Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados».

En general, lo fundamental es dirigir las miradas a la persona y obra de Jesucristo, más que entonar lamentos sobre la inevitabilidad de la muerte. Compartimos la tristeza de la familia, pero nos alegramos por la certeza que dan las promesas de Jesucristo en el evangelio.

Pasajes bíblicos

Hay muchos pasajes bíblicos que pueden ser la base de una reflexión bíblica en un entierro. Algunos ejemplos:

  • Ir con Cristo es muchísimo mejor (Fil. 1.23, 2 Co. 5.8)

  • El Señor es mi pastor (Sal. 23)

  • Hay delicias a su diestra (Sal. 16.11)

  • Él nos guiará más allá de la muerte (Sal. 48.14)

  • Mi Redentor vive, veré a Dios (Job 19.25-27)

  • Cristo prepara un lugar (Jn. 14.1-3)

  • Cristo es la resurrección y la vida (Jn. 11.25-26)

  • Cristo venció a la muerte (1 Co. 15.51-58, Jn. 16.33)

  • Descansarán de sus trabajos (Ap. 14.13)

  • Estimada es la muerte del creyente (Sal. 116.15)

  • Cielo nuevo y tierra nueva (Ap. 21.1-4)

  • Cristo libera del temor de la muerte (He. 2.14-15)

  • Cristo libera de la ira venidera (1 Tes. 1.10, 5.9-10)

  • El creyente no vendrá a condenación (Jn. 5.24, Ro. 8.1)

  • Habrá una corona de justicia (2 Ti. 4.8)

  • Tristeza ahora, gozo después (Jn. 16.20)

  • Dios da consuelo (Is. 66.13)

  • Dios es fortaleza en el día de la angustia (Nah. 1.7)

  • Dios es nuestro auxilio en la tribulación (Sal. 46.1-3)

  • Estaremos alegres (Sal. 126.3)

  • Cambiará el lamento en baile (Sal. 30.11)

  • En su mano están nuestros tiempos (Sal. 31.15)

  • Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5.2)

  • Nada nos separará del amor de Dios (Ro. 8.38-39)

  • Despertaremos a su semejanza (Sal. 17.15)

  • Dios llevará en brazos a sus corderos (Is. 40.11)

  • Dios enjugará toda lágrima (Ap. 7.17)

  • Le veremos cara a cara (1 Co. 13.12, Ap. 22.4)

La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia

McDill, Wayne. “La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia.” Traducido por Esteban Rodemann. LifeWay/Pastors (sitio web). Artículo posteado el 20 de abril de 2015 (consultado el 31 de agosto de 2017) http://www.lifeway.com/pastors/2015/04/20/expository-preaching-from-theology-to-experience/


Child climbing stairs image

La predicación expositiva suele partir de un texto bíblico. Procura hacer que el texto elegido moldee al sermón. El predicador busca convertir la esencia teológica del pasaje en el mensaje del discurso. La predicación expositiva, por definición, trata de exponer el significado planteado por el autor original del texto en términos adecuados para un público moderno. Esto suele ocurrir a través de la predicación sistemática, es decir, una serie de mensajes sobre un libro bíblico determinado. Esta manera de predicar –siguiendo libros de la Biblia– ha sido criticada por algunos, por ser un modelo excesivamente académico y alejado de las preocupaciones reales de la gente.

Enfocar la experiencia humana puede parecer contraproducente. Podría diluir la fuerza de la predicación expositiva, al minar el compromiso con la fidelidad al texto bíblico. Sin embargo, no tiene que ser así. Es cierto que un tipo de predicación que responde únicamente a las necesidades sentidas de la congregación muchas veces se ha reducido a insípidas apelaciones a los sentimientos, en perjuicio de respuestas sólidas de las Escrituras. Este tipo de predicación corre el riesgo de confundir el análisis empático del problema con la solución divina para la situación humana. Mostrar empatía siempre es positivo, pero las personas necesitan la sabiduría eterna de lo alto.

Lo que hace falta es establecer un punto de contacto entre los conceptos teológicos del pasaje y los aspectos correspondientes de la experiencia humana. La clave es esto: «establecer un punto de contacto». Partimos de los conceptos teológicos subyacentes en el texto bíblico. Estudiamos las palabras del autor original para descubrir las ideas teológicas que quería transmitir, y que formarán el núcleo de nuestro sermón. Destilamos una idea central, aclarando el sujeto (¿de qué está hablando el autor?). Luego identificamos lo que el autor dice respecto a ese sujeto; su ampliación de la información constituye el predicado.

Pasar de la teología a la experiencia condiciona todo el proceso de interpretación. Desde el primer momento meditamos en la pertinencia de las ideas bíblicas. Creemos que la verdad bíblica siempre se relaciona de algún modo con la vida real. Al mismo tiempo somos conscientes de que las verdades bíblicas pueden ser predicadas de una manera estéril y académica, que oculta su pertinencia natural. Lo que Dios ha revelado conecta con la experiencia humana, pero un predicador puede perder de vista esa conexión y fallar totalmente el blanco, que es el corazón de los oyentes.

He aquí cinco consejos para pasar de la teología a la experiencia:

  1. Aclarar las ideas teológicas que el autor bíblico quiso comunicar. Si no tienes esto claro en tu propia mente, como para poder expresarlo con tus propias palabras, no podrás comunicar el mensaje del texto. Tampoco podrás mostrar su pertinencia a la congregación.

  2. Meditar en la enseñanza bíblica más amplia, relevante a la idea del texto. Ningún texto agota toda la enseñanza sobre un tema. Habrá pasajes paralelos que rellenan el alcance de la teología bíblica y que también ayudan a discernir las aplicaciones prácticas.

  3. Pregúntate a ti mismo por qué una persona, cualquier persona, necesita escuchar este mensaje, y apunta todo lo que te viene a la mente. La prueba de la pertinencia es cuando las enseñanzas de tu sermón «rascan donde a la gente se le pica». Si tu inquietud se limita al comportamiento de los hermanos en el culto, no tocarás las preocupaciones reales de su vida. Medita en las presuposiciones, los síntomas y las consecuencias que podrían darse en la vida de las personas que no conocen o no practican las ideas bíblicas que expones.

  4. Redacta una descripción de la persona que más necesita este mensaje. Échale imaginación. Describe la situación de un hermano que descubre la respuesta a las cuestiones que más le angustian. Reflexiona sobre sus luchas. Trata de entender su forma (errónea) de pensar. Identifica cómo su forma de conducirse influye en todos los aspectos de su vida y la de los que le rodean.

  5. Apunta algunas directrices específicas para la persona que necesita aplicar este mensaje a su vida. Imagina una persona que sale del culto, con un bloc de notas en la mano, y te dice «Gracias, hermano, por el sermón de hoy. Ahora me marcho a casa. Mañana vuelvo al trabajo. Explícame cómo aplicar los principios bíblicos a mi vida, cómo debo ponerlos en práctica. Tomaré nota de todo lo que me digas.»