Lo largo o corto de los sermones: Cuatro claves para mantener la atención de tus oyentes


“¿Hasta cuándo, Señor?”.

Ese es un lamento que hace eco a través de los Salmos, y que vemos en Habacuc, es recurrente en Apocalipsis… y también impregna las mentes de los siervos agotados que obligatoriamente sufren por las predicaciones pastorales que van más allá de la efectividad y perseverancia. Una expresión de sufrimiento extremo y desconcierto no es la respuesta que un pastor espera recibir cuando predica después de una semana entera de preparación.

¿Qué tan largo debe ser un sermón?

Como profesor de predicación y pastor, me han hecho esa pregunta cientos de veces. Hoy, después de 35 años en el ministerio, tengo una respuesta definitiva: Puedes predicar tanto tiempo como mantengas la atención de la gente.

Obviamente (aunque hay excepciones), eso significa que algunos predicadores podrán predicar más tiempo que otros, no por mera habilidad natural, sino por su fidelidad a técnicas y prácticas bíblicas, las cuáles no se contradicen. Es más, van de la mano. Muchos predicadores se consuelan diciendo que sus iglesias están llenas de personas con comezón de oír, mientras otros se sienten orgullosos de que no juegan con la verdad, cuando en realidad todo lo que han hecho es predicar muy mal la Palabra de Dios.

Aunque esas situaciones en realidad existen —y mi corazón se duele con cualquier predicador fiel que con amor y habilidad predica la Palabra a personas con corazones fríos e indiferentes—, no debemos asumir rápidamente que el problema yace exclusivamente en quienes se sientan en las sillas, y quitar la responsabilidad a quien está detrás del púlpito.

Para que no haya malos entendidos, no estoy en contra de las predicaciones cortas. Pero sí creo que muchas iglesias necesitan dedicar más tiempo a la predicación, no menos. La predicación de la Palabra de Dios es el acto central de la adoración al reunirnos en la iglesia. La expansión del analfabetismo bíblico entre personas que profesan ser cristianas no va a disminuir porque los pastores acorten sus exposiciones, ni cambiará porque los pastores prediquen contenido largo y aburrido.

Cuatro claves para mantener la atención de tus oyentes

¿Cómo se puede predicar mejor y a la vez hacerlo por un buen largo de tiempo? Los predicadores fieles que también son interesantes aprenden cuatro movimientos claves para dar el tipo de sermones que ayudan a mantener la atención de quienes los escuchan.

  1. Llena tu prédica con sustancia bíblica. Pareciera ilógico, pero la manera de mantener la atención de aquellos miembros que no se involucran no es alimentarlos con una dieta espiritual de golosinas. Pueden ser dulces al probarlas, pero no son nutritivas; ¡comer solo eso los va a enfermar! La Palabra de Dios es la que despertará en ellos interés. No lo suavices, ¡dale la verdad! Cristo prometió que si Él es exaltado, Él los atraerá a sí mismo. Así que apunta hacia Cristo con palabras y estilo, en redención y relación.

  2. Secuestra su atención. Una vez conozcas el contenido de tu texto, piensa en el nivel de percepción al desarrollar tu predicación. Encuentra una manera de captar el intereés de la audiencia al inicio. Pedro lo hizo en el día del Pentecostés. Pablo lo hizo en Areópago. Ezequiel lo hizo al construir el modelo de la ciudad poniéndola en sitio. Jesús lo hizo en Galilea con siete promesas de bendición. Spurgeon lo hizo, Jonathan Edwards lo hizo. Escucha a los predicadores que admiras y presta atención a cómo ellos adornan el evangelio con ideas que provocan y la forma en que lo hacen.

  3. Introduce constantemente aplicaciones personales en la explicación bíblica. La predicación de Pedro en Hechos 2 llevó a su audiencia a preguntar: “¿Y ahora qué hacemos?”. Una explicación sin aplicación resulta en frustración. Contenido sin convicción engendra aburrimiento. El poder inherente de la Palabra y el Espíritu demandan una respuesta, arrepentimiento, renovación. Sin eso, las predicaciones serán vistas como un juego de preguntas bíblicas.

  4. Los mejores predicadores desarrollan una percepción clara de su audiencia, siempre discerniendo qué tan bien están siendo escuchados. Responde a su cansancio con energía, enfoque y emoción en cuanto al texto. ¿Tu voz los pone a dormir? Cambia tu tono, ritmo y volumen. Deja que la Palabra que te ha saturado durante tu tiempo de estudio fluya en el púlpito hacia ellos. Puedes predicar como alguien que conoce la Palabra pero, ¿predicas como alguien que ama la Palabra? Si lo haces, ellos escucharán mejor y durante más tiempo.

Publicado originalmente en SBTS y Coalición por el Evangelio. Traducido por Fanny Stewart-Castro

La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia

McDill, Wayne. La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia. Traducido por Esteban Rodemann. LifeWay/Pastors (sitio web). Artículo posteado el 20 de abril de 2015 (consultado el 31 de agosto de 2017) http://www.lifeway.com/pastors/2015/04/20/expository-preaching-from-theology-to-experience/


La predicación expositiva suele partir de un texto bíblico. Procura hacer que el texto elegido moldee al sermón. El predicador busca convertir la esencia teológica del pasaje en el mensaje del discurso. La predicación expositiva, por definición, trata de exponer el significado planteado por el autor original del texto en términos adecuados para un público moderno. Esto suele ocurrir a través de la predicación sistemática, es decir, una serie de mensajes sobre un libro bíblico determinado. Esta manera de predicar –siguiendo libros de la Biblia– ha sido criticada por algunos, por ser un modelo excesivamente académico y alejado de las preocupaciones reales de la gente.

Enfocar la experiencia humana puede parecer contraproducente. Podría diluir la fuerza de la predicación expositiva, al minar el compromiso con la fidelidad al texto bíblico. Sin embargo, no tiene que ser así. Es cierto que un tipo de predicación que responde únicamente a las necesidades sentidas de la congregación muchas veces se ha reducido a insípidas apelaciones a los sentimientos, en perjuicio de respuestas sólidas de las Escrituras. Este tipo de predicación corre el riesgo de confundir el análisis empático del problema con la solución divina para la situación humana. Mostrar empatía siempre es positivo, pero las personas necesitan la sabiduría eterna de lo alto.

Lo que hace falta es establecer un punto de contacto entre los conceptos teológicos del pasaje y los aspectos correspondientes de la experiencia humana. La clave es esto: «establecer un punto de contacto». Partimos de los conceptos teológicos subyacentes en el texto bíblico. Estudiamos las palabras del autor original para descubrir las ideas teológicas que quería transmitir, y que formarán el núcleo de nuestro sermón. Destilamos una idea central, aclarando el sujeto (¿de qué está hablando el autor?). Luego identificamos lo que el autor dice respecto a ese sujeto; su ampliación de la información constituye el predicado.

Pasar de la teología a la experiencia condiciona todo el proceso de interpretación. Desde el primer momento meditamos en la pertinencia de las ideas bíblicas. Creemos que la verdad bíblica siempre se relaciona de algún modo con la vida real. Al mismo tiempo somos conscientes de que las verdades bíblicas pueden ser predicadas de una manera estéril y académica, que oculta su pertinencia natural. Lo que Dios ha revelado conecta con la experiencia humana, pero un predicador puede perder de vista esa conexión y fallar totalmente el blanco, que es el corazón de los oyentes.

He aquí cinco consejos para pasar de la teología a la experiencia:

  1. Aclarar las ideas teológicas que el autor bíblico quiso comunicar. Si no tienes esto claro en tu propia mente, como para poder expresarlo con tus propias palabras, no podrás comunicar el mensaje del texto. Tampoco podrás mostrar su pertinencia a la congregación.

  2. Meditar en la enseñanza bíblica más amplia, relevante a la idea del texto. Ningún texto agota toda la enseñanza sobre un tema. Habrá pasajes paralelos que rellenan el alcance de la teología bíblica y que también ayudan a discernir las aplicaciones prácticas.

  3. Pregúntate a ti mismo por qué una persona, cualquier persona, necesita escuchar este mensaje, y apunta todo lo que te viene a la mente. La prueba de la pertinencia es cuando las enseñanzas de tu sermón «rascan donde a la gente se le pica». Si tu inquietud se limita al comportamiento de los hermanos en el culto, no tocarás las preocupaciones reales de su vida. Medita en las presuposiciones, los síntomas y las consecuencias que podrían darse en la vida de las personas que no conocen o no practican las ideas bíblicas que expones.

  4. Redacta una descripción de la persona que más necesita este mensaje. Échale imaginación. Describe la situación de un hermano que descubre la respuesta a las cuestiones que más le angustian. Reflexiona sobre sus luchas. Trata de entender su forma (errónea) de pensar. Identifica cómo su forma de conducirse influye en todos los aspectos de su vida y la de los que le rodean.

  5. Apunta algunas directrices específicas para la persona que necesita aplicar este mensaje a su vida. Imagina una persona que sale del culto, con un bloc de notas en la mano, y te dice «Gracias, hermano, por el sermón de hoy. Ahora me marcho a casa. Mañana vuelvo al trabajo. Explícame cómo aplicar los principios bíblicos a mi vida, cómo debo ponerlos en práctica. Tomaré nota de todo lo que me digas.»

Las Bases Científicas de los Talleres y Círculos de Predicadores


Es curioso el fenómeno que se produce en muchos ámbitos, donde las ocurrencias ocupan el lugar de las evidencias. Hablo, especialmente, de educación. Las ocurrencias de ciertas personalidades influyentes han provocado el caos educativo del que no terminamos de salir. Las ocurrencias de ciertos asesores de ministros de educación, que no entendían de educación porque no consultaron con los expertos, han producido una hecatombe educativa de dimensiones peligrosas. Además, nos solemos comparar con Finlandia; y con cierto escepticismo nos preguntamos por qué a ellos les va mejor que a nosotros. A nadie en su sano juicio se le ocurriría operar quirúrgicamente como se hacía en el siglo XIX; de la misma manera, a nadie se le debería ocurrir enseñar de la misma manera que se hacía en ese mismo siglo o en el siguiente. Por eso Finlandia es superior a nosotros en el ámbito educativo: entre otras cosas, ellos han adoptado estrategias y actuaciones educativas de éxito, avaladas por la comunidad científica internacional como aquellas que dan los mejores resultados comprobados. Una de estas actuaciones se denomina Tertulias Dialógicas. En el colegio-comunidad de aprendizaje que dirijo las practicamos, junto a otras más, y hemos constatado que así es. Se produce un intercambio de opiniones y argumentaciones tal que se valora el diálogo como una herramienta de construcción del pensamiento. Es en el diálogo donde se construye el conocimiento.

Claro, esto a uno no le pilla de nuevas, puesto que el método educativo hebreo era así: un grupo de personas que se instruyen preguntando, respondiendo, aportando sabiduría, opinión, guiados por un rabí. Y esto frente a la escuela helénica, donde generalmente el saber era propiedad de los filósofos y, a lo sumo, de sus discípulos.

Esta introducción no tendría sentido si no es para avalar el método de los círculos de predicadores. Frente a la pedagogía unilateral del maestro en predicación, la visión de los círculos se basa en la validez de las aportaciones de todos y cada uno de los componentes a la hora de construir el mensaje. En los estadios iniciales de los círculos, una vez que se han realizado las aportaciones, el consenso pasa a ser una prioridad, no sin volver a validar lo consensuado, es decir, si es de acuerdo a las Escrituras (Hech. 17.11). Una vez validada la decisión final del bosquejo, se comparte para que otros lo puedan usar. Y, como decíamos al principio, este tipo de actuación está avalada como de éxito educativo. Pueden consultarlo en Internet, tecleando “Comunidades de aprendizaje. Tertulias Literarias Dialógicas” y buscando artículos académicos al respecto.

Por otro lado, tiene un carácter evaluador altamente significativo. No sólo se evalúa y valida el bosquejo final. El expositor también es evaluado en grupo dialógico sobre las bases de la retórica, adecuación al tiempo, ajuste al tema, porte, ademanes… Lo justo como para no caer en la crítica agria y orgullosa, pero lo suficiente como para aportarle a quien expone una serie de consejos a modo de propuestas de mejora.

En la gracia de Dios, he podido asistir a las dos sesiones de formación en los talleres de predicadores y aplaudo con energía este método. He sido edificado firmemente con las opiniones de los demás hermanos del grupo; he revisado mi metodología en la predicación; he adoptado propuestas de mejora. He estado en un taller: el lugar donde artesanalmente se le da forma a las cosas (aquí personas) o donde uno lleva el coche o una pieza (aquí personas) para reparar, rectificar… Para mí han sido lo más parecido a tertulias dialógicas, y a las que en mi argot llamaría Tertulias Hermenéuticas Dialógicas. Y no son ocurrencias, sino evidencias de que es un método que da mejores resultados. Esto no quiere decir que otros métodos no sirvan o no funcionen, sino simplemente eso: que da mejores resultados. Y si lo que uno pretende es crear sentido y dotar de validez las propuestas de otros, para llegar por medio del diálogo a un consenso exegético, este método es el mejor.

La Predicación: Veinte errores comunes


  1. La falta de exposición de la Biblia

  2. Muchas anécdotas y poca exposición

  3. Sacar textos bíblicos fuera de su contexto

  4. Colar mosquitos y tragar camellos

  5. La falta de una estructura clara

  6. Una falta de aplicación

  7. Dejar toda la aplicación para el final

  8. No conectar con la gente

  9. Dar por sentado que todos son creyentes

  10. No predicar el evangelio

  11. Olvidarnos del Señor Jesucristo

  12. Una falta de pasión en el predicador

  13. Intentar abarcar demasiado

  14. Hacer predicaciones largas, complicadas y pesadas

  15. Una excesiva repetición

  16. Una excesiva improvisación

  17. Dejarnos llevar por nuestros caballos de batalla

  18. La falta de ilustraciones

  19. Estropear un buen mensaje con una conclusión pobre

  20. No dejar claro cómo queremos que respondan

La predicación expositiva fiel ha de ser cristocéntrica

David Prince, «Faithful expository preaching is Christ-centered preaching», Trad. Esteban Rodemann, Blog Prince on Preaching (sitio web), posteado el 16 de enero de 2015, consultado el 4 de septiembre de 2017, http://www.davidprince.com/2015/01/16/faithful-expository-preaching-christ-centered-preaching/


La predicación cristocéntrica supone mucho más que un «corta y pega» de Juan 3.16 como sufijo al sermón. También es más que la enunciación de un tratado teológico que ensalza las glorias de Jesucristo pero carece del apoyo exegético de un pasaje concreto de las Escrituras. Los dos modos de apuntar a Cristo quedan cortos.

Los sermones que sólo mencionan a Cristo como apéndice a la exposición tienden a adormecer a los oyentes. Los sermones de esta manera repetitivos difuminan la centralidad de Jesucristo en la mente de la congregación. Los hermanos sacan la conclusión de que el predicador ha metido a Cristo con calzador, porque no había otra manera de incluirlo en el mensaje. De la misma manera los sermones que ensalzan las glorias de Cristo, pero sin arraigarse en un pasaje concreto, suenan rimbombantes pero adolecen de credibilidad. Aunque sea verdad todo lo que expone el predicador, carece de autoridad divina si no fluye de un texto concreto.

Después de servir muchos años como profesor de teología práctica en el Seminario Teológico de Westminster, Jay Adams ha notado que muchos estudiantes aprenden a preparar charlas elocuentes pero no sermones expositivos. Lo recuerda así:

Cuando fui a enseñar teología práctica, con especialidad en la predicación, creía que los alumnos dedicarían la mayor parte de sus esfuerzos a la exégesis del texto bíblico, para aprender a predicar. Cuál fue mi sorpresa y mi vergüenza al descubrir que no era el caso. Los estudiantes se dedicaban a exponer el gran panorama bíblico, en vez de abrir uno o dos pasajes de las Escrituras para su exposición y aplicación. Observé que la teología inherente a sus sermones era básicamente precisa y correcta, pero que sus sermones carecían de apoyo escritural. Faltaba la exposición. A diferencia de Cristo en el camino a Emaús, estaban dejando de abrir las Escrituras para los oyentes.

«La teología y homilética de Westminster» en The Pattern of Sound Doctrine: Systematic Theology at Westminster Theological Seminary, Essays in Honor of Robert B. Strimple, ed. David VanDrunen [Phillipsburg, NJ: P & R, 2004], 262-263.

Un sobreénfasis sermonario en la teología bíblica, es decir, analizando todo el gran cuadro de la Escritura de manera que se pierde de vista el texto bíblico que se quiere explicar, es un problema. También lo es la predicación atomista y moralista, que obvia el mensaje coherente del evangelio en todo el canon bíblico, al predicar sobre un texto concreto. El texto bíblico no se debe ignorar ni manipular. Predicamos a Cristo desde la Biblia entera porque la exégesis correcta así lo exige.

La Escritura no es un libro de moralismos inspirados, ni un discurso acerca de virtudes recomendables, sino que es –de cabo a rabo– un libro acerca de la gloria de Dios en Jesucristo, manifestada a través de la redención de un pueblo que habitará en su reino para siempre. Escribe Bryan Chapell,

Jesús es el Alfa y Omega, el Principio y Fin, el Autor y Consumador de nuestra fe. El constituye el objetivo final de las Escrituras, pero la palabra acerca de esta Palabra eterna está tejida en toda la extensión del texto bíblico. O bien a través de la predicción, la preparación, el reflejo o el resultado, el mensaje redentor acerca de la provisión de Dios brilla en toda la Biblia. No es posible exponer ninguna porción de ella sin aclarar su relación con la naturaleza redentora de Cristo y su obra. Descubrir esta relación no requiere una conexión imaginada –cual fantasía alegórica– con algún detalle de la vida de Cristo, sino exige plasmar una explicación exegética y contextualizada de cómo este texto en particular amplía la comprensión del pueblo de Dios acerca de la persona y obra de Cristo.

«El porvenir de la predicación expositiva», Preaching, septiembre-octubre de 2004, 42

D. A. Carson lo resume de esta manera: «En sus mejores momentos, la predicación expositiva –a pesar de depender por su contenido del texto a mano– señala las conexiones entre los distintos libros que componen toda la Biblia, que inexorablemente conducen hacia Jesucristo» («La primacía de la predicación expositiva», audiocaset sin fecha. Citado en Fabarez, La predicación que cambia vidas, 116). Predicar a Jesús en las Escrituras no es como hacer rebotar una piedra sobre el agua, como si sólo fuera cuestión de ir pasando las páginas de la Biblia para encontrar otra referencia más a Cristo. No es patinar por encima de cuatro textos hilvanados que hablan de Cristo, sino tener en cuenta toda la Escritura, que da testimonio sobre su reino glorioso.

Charles Haddon Spurgeon lo expresa así:

El Espíritu Santo sólo bendice conforme a su propia intención anunciada. Nuestro Señor explica ese propósito: «El me glorificará». El Espíritu ha salido para este gran fin y no soportará nada menos. Si no predicamos a Cristo, ¿qué pinta el Espíritu Santo en nuestra predicación? Si no ensalzamos al Señor Jesús, si no lo elevamos ante los ojos de los hombres, si no trabajamos para presentarlo como Rey de reyes y Señor de señores, el Espíritu no nos acompañará. Baldías serán la retórica, la música, la arquitectónica, la energía y la posición social. Si nuestro designio no es ensalzar al Señor Jesús, trabajaremos solos y en vano.

La mayor pelea del mundo, Greenville, SC: Publicaciones Ambassador, 1999, 77-78

La predicación expositiva y la predicación redentora/histórica (cristocéntrica) no son alternativas reñidas entre sí. Los sermones no pueden ser tan detallistas que acaben obviando el conjunto del canon bíblico, pero tampoco deben ser tan holistas que pasen por encima la aportación única y especial de cada autor. Hemos de evitar los dos tópicos sermonarios más comunes: nombrar a Jesús de cualquier manera y lanzar exhortaciones moralistas (leer más, orar más, obedecer más, etc.). El primer estereotipo es cristocéntrico pero no expositivo, y el segundo es expositivo pero no cristocéntrico. Predicar a Cristo de toda la Escritura no es un bonito añadido a la predicación expositiva. Tampoco se refiere a un método a elegir entre varios, según el gusto del predicador, sino se trata de la esencia misma de la predicación expositiva fiel.

Pasar por alto la naturaleza cristocéntrica del contexto bíblico (es decir, todo el canon) es reduccionista y problemático, pero también lo es ignorar el contexto inmediato del autor humano. Si olvidamos que las Escrituras son la palabra sobrenatural de un Dios soberano, caeremos en el mismo error que los alegoristas de la Iglesia medieval: los dos planteamientos excluyen algún aspecto indispensable del contexto. Uno excluye el contexto del autor humano; el otro margina al autor divino. La predicación cristocéntrica no significa abandonar la exégesis para colar a Cristo en el sermón; más bien se trata de descubrir la intención del autor, tanto el humano como el divino. La debilidad de muchos modelos contemporáneos de predicación expositiva es que no son tan expositivos como deben ser. El predicador sólo podrá abrir el significado del texto a la luz del argumento bíblico entero, que se centra en la persona y obra de Cristo con el cumplimiento escatológico en su reino.

La Predicación Expositiva en un Entierro


Cuando nos despedimos de un ser querido, se presenta una oportunidad única para un mensaje de la Palabra de Dios. Es un momento doloroso pero el Señor hace llegar su consuelo a través de las Escrituras. El predicador disfruta de una libertad mucho mayor que en otras ocasiones, si sabe exponer un mensaje corto pero apropiado.

A un entierro suelen asistir muchos inconversos. Son personas que jamás asistirían a un culto de iglesia o un acto evangelístico. El predicador hace bien en recordar los tres objetivos del mensaje expositivo en esta coyuntura: transmitir el consuelo de Dios a los vivos, honrar la memoria del difunto y comunicar el mensaje del evangelio a los amigos que acompañan a la familia.

Hay varios detalles importantes a tener en cuenta, si el predicador quiere ser el instrumento del Señor en tan solemne ocasión.

Aspectos prácticos

Suele haber dos ocasiones para un pensamiento bíblico: en el velatorio con la familia y allegados, y luego en el cementerio cuando se practica la sepultura. Si toca la incineración, la oportunidad de predicar a veces se reduce a una sola ocasión. Si hay un responso según el rito católico, a veces el cura permite que hablen terceros a petición de la familia. Si el velatorio dispone de capilla y la ceden a la familia, hay tiempo para un mensaje bíblico más completo.

En el cementerio se suele esperar hasta que los funcionarios hayan introducido el ataúd dentro del nicho o en la tierra. Después de que terminan su trabajo, hay un espacio donde se puede exponer la Palabra con libertad.

En cualquier caso se trata de un mensaje corto, tanto en el velatorio como en el cementerio. Conviene equilibrar el mensaje de la Escritura con algunos apuntes sobre la vida de la persona difunta, lo cual requiere una conversación previa con la familia sobre los detalles que ellos quisieran resaltar, o para coordinar las distintas intervenciones que ellos quisieran proponer: lecturas bíblicas, poesías, himnos, canciones, reflexiones personales. A veces la persona fallecida ha indicado de antemano sus deseos para su propio entierro: lo que quiere que se lea o se cante.

Enfoques necesarios

El enfoque de la predicación en un entierro depende en cierta medida de la clase de persona que ha fallecido. Si la persona ha sido un gran siervo del Señor, se puede hablar de las recompensas que Dios promete por una vida de servicio. Si la persona ha sido un creyente humilde pero fiel, toca hablar de las glorias de la resurrección y la esperanza del cielo. Si la persona fue un creyente de vida contradictoria o se ha suicidado, procede enfatizar la fidelidad del Señor a sus promesas. Si la persona ha sufrido mucho, convendría destacar el descanso que traerá la vida eterna.

El entierro de una persona inconversa requiere una delicadeza especial. Desarrollar el tema del consuelo que el Señor ofrece a los vivos es mejor que cargar las tintas hablando de la condenación eterna de los que mueren sin Cristo. En vez de afirmar la certeza de la resurrección, el predicador anunciará la oferta de resurrección –con el perdón y la vida eterna– que el Señor extiende a todos los que vienen a Cristo con fe. Tenemos un Dios que enjugará todas las lágrimas, que también nos invita: «Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados».

En general, lo fundamental es dirigir las miradas a la persona y obra de Jesucristo, más que entonar lamentos sobre la inevitabilidad de la muerte. Compartimos la tristeza de la familia, pero nos alegramos por la certeza que dan las promesas de Jesucristo en el evangelio.

Pasajes bíblicos

Hay muchos pasajes bíblicos que pueden ser la base de una reflexión bíblica en un entierro. Algunos ejemplos:

  • Ir con Cristo es muchísimo mejor (Fil. 1.23, 2 Co. 5.8)

  • El Señor es mi pastor (Sal. 23)

  • Hay delicias a su diestra (Sal. 16.11)

  • Él nos guiará más allá de la muerte (Sal. 48.14)

  • Mi Redentor vive, veré a Dios (Job 19.25-27)

  • Cristo prepara un lugar (Jn. 14.1-3)

  • Cristo es la resurrección y la vida (Jn. 11.25-26)

  • Cristo venció a la muerte (1 Co. 15.51-58, Jn. 16.33)

  • Descansarán de sus trabajos (Ap. 14.13)

  • Estimada es la muerte del creyente (Sal. 116.15)

  • Cielo nuevo y tierra nueva (Ap. 21.1-4)

  • Cristo libera del temor de la muerte (He. 2.14-15)

  • Cristo libera de la ira venidera (1 Tes. 1.10, 5.9-10)

  • El creyente no vendrá a condenación (Jn. 5.24, Ro. 8.1)

  • Habrá una corona de justicia (2 Ti. 4.8)

  • Tristeza ahora, gozo después (Jn. 16.20)

  • Dios da consuelo (Is. 66.13)

  • Dios es fortaleza en el día de la angustia (Nah. 1.7)

  • Dios es nuestro auxilio en la tribulación (Sal. 46.1-3)

  • Estaremos alegres (Sal. 126.3)

  • Cambiará el lamento en baile (Sal. 30.11)

  • En su mano están nuestros tiempos (Sal. 31.15)

  • Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5.2)

  • Nada nos separará del amor de Dios (Ro. 8.38-39)

  • Despertaremos a su semejanza (Sal. 17.15)

  • Dios llevará en brazos a sus corderos (Is. 40.11)

  • Dios enjugará toda lágrima (Ap. 7.17)

  • Le veremos cara a cara (1 Co. 13.12, Ap. 22.4)

La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia

McDill, Wayne. “La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia.” Traducido por Esteban Rodemann. LifeWay/Pastors (sitio web). Artículo posteado el 20 de abril de 2015 (consultado el 31 de agosto de 2017) http://www.lifeway.com/pastors/2015/04/20/expository-preaching-from-theology-to-experience/


Child climbing stairs image

La predicación expositiva suele partir de un texto bíblico. Procura hacer que el texto elegido moldee al sermón. El predicador busca convertir la esencia teológica del pasaje en el mensaje del discurso. La predicación expositiva, por definición, trata de exponer el significado planteado por el autor original del texto en términos adecuados para un público moderno. Esto suele ocurrir a través de la predicación sistemática, es decir, una serie de mensajes sobre un libro bíblico determinado. Esta manera de predicar –siguiendo libros de la Biblia– ha sido criticada por algunos, por ser un modelo excesivamente académico y alejado de las preocupaciones reales de la gente.

Enfocar la experiencia humana puede parecer contraproducente. Podría diluir la fuerza de la predicación expositiva, al minar el compromiso con la fidelidad al texto bíblico. Sin embargo, no tiene que ser así. Es cierto que un tipo de predicación que responde únicamente a las necesidades sentidas de la congregación muchas veces se ha reducido a insípidas apelaciones a los sentimientos, en perjuicio de respuestas sólidas de las Escrituras. Este tipo de predicación corre el riesgo de confundir el análisis empático del problema con la solución divina para la situación humana. Mostrar empatía siempre es positivo, pero las personas necesitan la sabiduría eterna de lo alto.

Lo que hace falta es establecer un punto de contacto entre los conceptos teológicos del pasaje y los aspectos correspondientes de la experiencia humana. La clave es esto: «establecer un punto de contacto». Partimos de los conceptos teológicos subyacentes en el texto bíblico. Estudiamos las palabras del autor original para descubrir las ideas teológicas que quería transmitir, y que formarán el núcleo de nuestro sermón. Destilamos una idea central, aclarando el sujeto (¿de qué está hablando el autor?). Luego identificamos lo que el autor dice respecto a ese sujeto; su ampliación de la información constituye el predicado.

Pasar de la teología a la experiencia condiciona todo el proceso de interpretación. Desde el primer momento meditamos en la pertinencia de las ideas bíblicas. Creemos que la verdad bíblica siempre se relaciona de algún modo con la vida real. Al mismo tiempo somos conscientes de que las verdades bíblicas pueden ser predicadas de una manera estéril y académica, que oculta su pertinencia natural. Lo que Dios ha revelado conecta con la experiencia humana, pero un predicador puede perder de vista esa conexión y fallar totalmente el blanco, que es el corazón de los oyentes.

He aquí cinco consejos para pasar de la teología a la experiencia:

  1. Aclarar las ideas teológicas que el autor bíblico quiso comunicar. Si no tienes esto claro en tu propia mente, como para poder expresarlo con tus propias palabras, no podrás comunicar el mensaje del texto. Tampoco podrás mostrar su pertinencia a la congregación.

  2. Meditar en la enseñanza bíblica más amplia, relevante a la idea del texto. Ningún texto agota toda la enseñanza sobre un tema. Habrá pasajes paralelos que rellenan el alcance de la teología bíblica y que también ayudan a discernir las aplicaciones prácticas.

  3. Pregúntate a ti mismo por qué una persona, cualquier persona, necesita escuchar este mensaje, y apunta todo lo que te viene a la mente. La prueba de la pertinencia es cuando las enseñanzas de tu sermón «rascan donde a la gente se le pica». Si tu inquietud se limita al comportamiento de los hermanos en el culto, no tocarás las preocupaciones reales de su vida. Medita en las presuposiciones, los síntomas y las consecuencias que podrían darse en la vida de las personas que no conocen o no practican las ideas bíblicas que expones.

  4. Redacta una descripción de la persona que más necesita este mensaje. Échale imaginación. Describe la situación de un hermano que descubre la respuesta a las cuestiones que más le angustian. Reflexiona sobre sus luchas. Trata de entender su forma (errónea) de pensar. Identifica cómo su forma de conducirse influye en todos los aspectos de su vida y la de los que le rodean.

  5. Apunta algunas directrices específicas para la persona que necesita aplicar este mensaje a su vida. Imagina una persona que sale del culto, con un bloc de notas en la mano, y te dice «Gracias, hermano, por el sermón de hoy. Ahora me marcho a casa. Mañana vuelvo al trabajo. Explícame cómo aplicar los principios bíblicos a mi vida, cómo debo ponerlos en práctica. Tomaré nota de todo lo que me digas.»

La Predicación como Prioridad – Christopher Ash


Celebro de corazón la publicación en español del pequeño libro de Christopher Ash La Predicación como Prioridad por parte de Editorial Peregrino. Hay pocos libros tan breves (ocupa solo 156 páginas en la traducción española) que hayan tenido un impacto tan profundo en mi propio ministerio.

La mayoría de libros disponibles en español sobre la predicación pretender dar ayudas prácticas al predicador, objetivo loable y necesario. Ejemplos incluyen la obra clásica de Haddon Robinson La Predicación bíblica o el libro más breve de Denis Lane Predica la Palabra. Pero no hay tantos que se fijan como tarea “persuadir – o por lo menos invitar a la reflexión- a quienes experimentan dudas con respecto a la predicación, e intensificar la convicción de aquellos que ya están abonados a la predicación como algo prioritario” (p13). Creo que cualquiera que lea este libro estará de acuerdo que el autor en gran medida consigue cumplir con estos objetivos. No obstante este enfoque, Ash también incluye algunas sugerencias prácticas porque de paso aborda cuestiones tales como ¿Cuál es la diferencia entre la predicación y la enseñanza? O ¿qué es lo que hizo que la predicación de Moisés fuera tan impactante?

El contenido del libro consta principalmente de tres exposiciones de pasajes de Deuteronomio dadas por el autor en la conferencia anual de predicadores en Londres llamada la Evangelical Ministry Assembly. Los tres capítulos tienen por título:

  • La autoridad de la Palabra predicada (Deut 18:9-22);

  • Una predicación transformadora de la Iglesia (Deut 30:11-20);

  • Una predicación que repara un mundo en ruinas (Deut 4:5-14);

Estos mensajes son ejemplo magistral de cómo se deben destilar verdades doctrinales, encajándolas en el desarrollo completo de la revelación progresiva y dándoles aplicaciones contemporáneas.

En estas breves páginas Ash logra abordar un abanico de cuestiones muy actuales (y a veces polémicas). Por ejemplo escribe: “La autoridad de Dios no se ejerce a través de la Palabra escrita sino por medio de la Palabra escrita predicada” una frase llamativa que requiere (y recibe) un estudio meticuloso. Otro ejemplo sería como señala que como entre los siglos VII y XII la iglesia pensó que la predicación no podía llegar a gente común y corriente. Por ello se optó por métodos como el ritual, las estatuas, las vidrieras y pinturas. Ash cita a otro escritor Peter Adam para describir el resultado: “Generó un tipo de personas que conocían las historias del evangelio, pero no el evangelio en sí; personas que sabían lo que había sucedido pero desconocían su significado”. Las abundantes citas de otras fuentes que logra introducir en poca extensión es otro aliciente más a su lectura.

Una y otra vez encontré que el autor me hacía reflexionar. Por ejemplo, en cuanto a la relación de la predicación con otros ministerios de la palabra encontramos párrafos como la siguiente: “En algunas iglesias hemos llegado al punto de presuponer que la lectura personal de la Biblia … [es] la modalidad normativa para que los cristianos escuchen la Palabra de Dios. Así es – decimos – como se manifiesta la vida cristiana saludable. Sin embargo al definir la vida cristiana de esta forma, puede que hayamos repudiado inadvertidamente a los analfabetos, a los analfabetos funcionales y a los que sienten menos confianza a la hora de estudiar un texto” (p32). Ash argumenta que el ministerio de la predicación tiene una capacidad especial para trascender todas las culturas, tanto aquellas que conceden importancia a la lectura como aquellas que no. Si tiene razón, esta conclusión tiene importantes (y esperanzadoras) implicaciones para una generación postmoderna al que no le entusiasma demasiado la lectura.

No puedo recalcar lo suficiente lo estimulante que resultó para mí este pequeño libro. No a todos en el mundo evangélico les convencerán todos los argumentos de Ash pero he aquí siete bondades de este libro:

  1. Viene a llenar un vacío en nuestra literatura en español sobre la teología de la predicación;

  2. Su contenido consiste principalmente de exposiciones Bíblicas que a su vez son excelentes modelos de predicación;

  3. Demuestra una teología bíblica cuidadosa, evitando posturas radicales o desequilibradas;

  4. El autor escribe con humildad, identificándose con lo que él llama pastores corrientes que predican con regularidad a oyentes corrientes en lugares corrientes;

  5. Es estimulante y alentador;

  6. La traducción, como es de esperar de Editorial Peregrino, es buena;

  7. Es un libro breve y ya sabemos lo que se dice: “lo bueno, si breve…”

Andrés Reid

Coordinador, Taller de Predicación

La importancia crítica de la aplicación en la predicación


Observar e interpretar el texto sin aplicarlo es como abortar el propósito de la Escritura. Estas palabras de Howard Hendricks (que dedicó su vida a la enseñanza) nos presentan una primera razón del por qué es tan importante la aplicación en la predicación: la función de la palabra de Dios. Toda escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia (2 Tim 3:16). Por lo tanto todo texto de todos los géneros en la Biblia está diseñado para tener (por lo menos) una aplicación. Y las Escrituras no son como las famosas lentejas del dicho español que si te gustan las tomas y si no las dejas. No solamente son útiles sino esenciales. Es cuestión de vida o muerte espiritual el que prestemos atención a lo que nos dice la palabra de Dios y que lo pongamos por práctica, como nos advierte Santiago 1:22.

Es verdad que no toda frase en la Biblia es un imperativo pero si no vemos la aplicación de determinado texto probablemente tengamos que abrir el enfoque de nuestra lente – quizás la aplicación viene en el versículo anterior o posterior, o al comienzo del capítulo, o al final del libro, y seguro que en el contexto del panorama de la Escritura como un todo. Si levantamos la vista cada texto fue dado para producir alguna transformación en el ser humano.

Dentro del texto Bíblico también podemos fijarnos en los modelos de predicación que encontramos. Si lo hacemos veremos que siempre tenían una aplicación (a no ser que el predicador fuera interrumpido, lo que normalmente ocurría ¡porque los oyentes ya intuían la aplicación!). Pensemos en Hechos 2:36,38 donde Pedro les dice a sus oyentes lo que deben hacer como respuesta a lo ya que han oído. En Nehemías 8:9-10 tenemos el interesante caso que los oyentes sacaron la conclusión equivocada. Se les tiene que explicar que la aplicación correcta de lo expuesto no era llorar sino regocijarse en el Señor. A veces puede parecernos que no hay una aplicación explícita, como en las palabras del Señor mismo en la sinagoga de Nazaret recogidas en Lucas 4:16-27. Pero es evidente que para los presentes en aquella ocasión la aplicación era tan clara ¡que lo intentaron matar en el acto! Solo requiere unos momentos de reflexión para ver a dónde les llevaba el Señor y que reacción pedía de ellos – y ¡no parece que se esperaron a que se lo explicara en detalle!

Entonces si todo mensaje predicado en la Biblia tenía aplicación esto nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza misma de la predicación. C.H. Spurgeon dijo ¡Cuando empieza la aplicación, empieza la predicación!. La diferencia esencial entre una mera enseñanza y una predicación reside principalmente en la presencia o no del elemento de aplicación y de exhortación. Sería un ejercicio interesante el hacer una estimación de ¿qué proporción del tiempo de la predicación dedicamos a la explicación del pasaje y cuanto a la aplicación? Otra cuestión es ¿hasta qué punto permitimos que la aplicación contribuya a la forma de nuestro mensaje? Desequilibrios en estas cuestiones básicas determinarán en buen grado la efectividad de nuestra predicación.

Es verdad que hay una dimensión de la aplicación personal que es justamente eso, personal, una cuestión a tratar entre el individuo y el Espíritu Santo. Pero esto no agota el abanico de aplicaciones Bíblicas – pensemos en las implicaciones eclesiales y sociales de cualquier texto. Y aún en el terreno de la aplicación personal el dar con las consecuencias naturales de determinado texto no es tarea fácil. No podemos ni debemos escudarnos en el argumento es una cuestión personal para evitar hacer la parte que nos toca como predicadores. T. H. L. Parker dijo: La predicación expositiva consiste en la explicación y aplicación de un pasaje de la escritura. Si no contiene explicación no es expositiva; si no contiene aplicación ¡ni es predicación!.

Si todavía nos faltaran argumentos para defender la importancia de la aplicación en la predicación podríamos acudir a un famoso artículo escrito por Haddon Robinson. El sugirió que hay más herejías que surgen de una mala aplicación de pasajes Bíblicos que de una mala exégesis o interpretación. Da el ejemplo en Lucas 4 cuando Satanás le tienta a Jesús. La tentación no viene por medio de una mala exégesis de los textos que cita del Antiguo Testamento sino de una mala aplicación de esos textos. Dicho en otras palabras Haddon Robinson nos advierte que una mala aplicación puede hacer que la Biblia diga lo que queremos. Esta es una tercera razón muy importante para prestar atención a la aplicación.

Por lo tanto la naturaleza de la Escritura misma, la esencia de la predicación y el peligro de torcer las escrituras todas nos llevan de forma inexorable a aceptar la necesidad crítica de una buena aplicación en la predicación. ¡Qué el Señor nos ayude a aplicar!

Una versión anterior de este artículo apareció en http://thegospelcoalition.org/blogs/espanol/2013/10/09/la-importancia-de-la-aplicacion/

La idea central y la inspiración de las Escrituras – 2


Los creyentes llegan a la reunión con hambre en el alma. Seguir a Cristo en un mundo contrario a la fe es tarea difícil. Los hermanos necesitan repostar espiritualmente: recordando las promesas del Señor, renovando su visión de Jesucristo, avivando su esperanza en el desenlace final, echando sus cargas sobre el Señor.

Sin embargo, si el predicador no capta correctamente la idea central del pasaje que debe abrir ante la congregación, no transmitirá el mensaje que el Señor tiene para su pueblo ese día. Defrauda a los fieles. Impide que reciban lo que necesitan. Les manda a casa con un corazón vacío.

Es como dar una piedra a tu hijo que te pide pan, o darle una serpiente cuando te pide pescado. Es hurtar las palabras de Dios (Jer. 23.30). Es cambiar en mentira el mensaje divino (Jer. 8.8).

Además de defraudar al pueblo de Dios que necesita escuchar un mensaje del cielo, y que se marcha de la reunión con hambre, la predicación que se equivoca de idea central detiene los efectos para los cuales el Señor envía su mensaje. En vez de salir como lluvias que riegan la semilla y la hacen producir (Is. 55.10-11), la palabra se queda guardada en la bolsa del sembrador. En vez de dar fruto en las vidas, se reduce a un tintineo sin trascendencia.

La predicación que se equivoca de idea central también debilita la aplicación. El mensaje queda insípido. No conmueve los corazones, no mueve a la acción. El sermón resulta inútil para enseñar, inútil para reprender, inútil para corregir, inútil para instruir en justicia. En vez de servir de rugido de león, un sermón así se reduce a una charla humana, algo parecido a los consejos sobre dieta y salud de un presentador de radio.

Como muestra, sirva un botón. Si un predicador decide exponer el pasaje sobre la alimentación de los cinco mil y se fija en el detalle de que Jesús manda recoger los fragmentos de panes y peces, podría plantear un mensaje ecologista. Su idea central sería que a Dios le importa la conservación de este mundo, y que Jesucristo extiende el mandato creacional dado al hombre en Edén. Se podría estructurar el sermón de la siguiente manera:

  1. Dios crea al hombre con la misión de señorear en el mundo.

  2. «Señorear» implica una sabia administración de la tierra y sus recursos.

  3. El Hijo de Dios vino para dar ejemplo y dar poder al hombre en su misión ecologista.

Otro posible enfoque sería la generosidad del muchacho que comparte sus cinco panes y dos pececillos (Jn. 6.9). Entrega lo que tiene a Jesús, y Jesús lo multiplica para satisfacer la necesidad de miles de personas. El predicador podría centrarse en la generosidad, el deber de compartir. Su bosquejo podría redactarse así:

  1. Entre los seres humanos hay grandes necesidades, como el hambre.

  2. El Señor te invita a compartir lo que tienes, por poco que sea.

  3. Si compartes lo que tienes, el Señor lo multiplicará para suplir la necesidad de muchos.

Sin embargo, queda la pregunta: ¿Cuál era la intención del Espíritu de Dios, al guiar a los cuatro evangelistas a incluir este relato (Mt. 14, Mr. 6, Lc. 9, Jn. 6)? ¿Su intención era movernos a cuidar de la tierra o compartir la merienda? Una idea central que no sea la idea central de Dios necesariamente desemboca en un sermón que defraudaemphasis> a los oyentes, detiene el propósito divino y debilita la aplicación. Los creyentes se cansan de oír sermones, pierden las ganas de leer la Biblia por su cuenta, se olvidan de la predicación de domingo, y dedican su tiempo a asuntos más interesantes que una Biblia trastocada de esta manera.

En cambio, si el predicador descubre la idea central de Dios, se dará cuenta de que este pasaje está para mostrar que Jesucristo es el pan descendido del cielo para dar vida a su pueblo. (De la misma manera, el pasaje sobre la alimentación de los cuatro mil demuestra que Jesucristo es el pan enviado por Dios para dar vida al mundo, a las naciones.) La estructura del sermón reflejará el desarrollo de esta idea. Las aplicaciones fluirán de esta idea y serán precisas y poderosas. Los creyentes aprenderán algo nuevo sobre Jesucristo, y se marcharán de la reunión resueltos a vivir con Cristo el resto de la semana.

Desarrollar la idea central de Dios constituye la esencia de la predicación expositiva. Descubrirla es el primer paso en el estudio, y es lo que vertebra todo el discurso. Es el requisito, el meollo de la cuestión, el germen que da vida. No se trata de un algo fabricado por el predicador, sino de un concepto que fluye de la mente de Dios. Acertar en descubrirla es estar «en el secreto de Jehová» y abre la puerta a que el pueblo oiga verdaderamente la voz del Señor (Jer. 23.18, 22).