La predicación expositiva fiel ha de ser cristocéntrica

David Prince, «Faithful expository preaching is Christ-centered preaching», Trad. Esteban Rodemann, Blog Prince on Preaching (sitio web), posteado el 16 de enero de 2015, consultado el 4 de septiembre de 2017, http://www.davidprince.com/2015/01/16/faithful-expository-preaching-christ-centered-preaching/


La predicación cristocéntrica supone mucho más que un «corta y pega» de Juan 3.16 como sufijo al sermón. También es más que la enunciación de un tratado teológico que ensalza las glorias de Jesucristo pero carece del apoyo exegético de un pasaje concreto de las Escrituras. Los dos modos de apuntar a Cristo quedan cortos.

Los sermones que sólo mencionan a Cristo como apéndice a la exposición tienden a adormecer a los oyentes. Los sermones de esta manera repetitivos difuminan la centralidad de Jesucristo en la mente de la congregación. Los hermanos sacan la conclusión de que el predicador ha metido a Cristo con calzador, porque no había otra manera de incluirlo en el mensaje. De la misma manera los sermones que ensalzan las glorias de Cristo, pero sin arraigarse en un pasaje concreto, suenan rimbombantes pero adolecen de credibilidad. Aunque sea verdad todo lo que expone el predicador, carece de autoridad divina si no fluye de un texto concreto.

Después de servir muchos años como profesor de teología práctica en el Seminario Teológico de Westminster, Jay Adams ha notado que muchos estudiantes aprenden a preparar charlas elocuentes pero no sermones expositivos. Lo recuerda así:

Cuando fui a enseñar teología práctica, con especialidad en la predicación, creía que los alumnos dedicarían la mayor parte de sus esfuerzos a la exégesis del texto bíblico, para aprender a predicar. Cuál fue mi sorpresa y mi vergüenza al descubrir que no era el caso. Los estudiantes se dedicaban a exponer el gran panorama bíblico, en vez de abrir uno o dos pasajes de las Escrituras para su exposición y aplicación. Observé que la teología inherente a sus sermones era básicamente precisa y correcta, pero que sus sermones carecían de apoyo escritural. Faltaba la exposición. A diferencia de Cristo en el camino a Emaús, estaban dejando de abrir las Escrituras para los oyentes.

«La teología y homilética de Westminster» en The Pattern of Sound Doctrine: Systematic Theology at Westminster Theological Seminary, Essays in Honor of Robert B. Strimple, ed. David VanDrunen [Phillipsburg, NJ: P & R, 2004], 262-263.

Un sobreénfasis sermonario en la teología bíblica, es decir, analizando todo el gran cuadro de la Escritura de manera que se pierde de vista el texto bíblico que se quiere explicar, es un problema. También lo es la predicación atomista y moralista, que obvia el mensaje coherente del evangelio en todo el canon bíblico, al predicar sobre un texto concreto. El texto bíblico no se debe ignorar ni manipular. Predicamos a Cristo desde la Biblia entera porque la exégesis correcta así lo exige.

La Escritura no es un libro de moralismos inspirados, ni un discurso acerca de virtudes recomendables, sino que es –de cabo a rabo– un libro acerca de la gloria de Dios en Jesucristo, manifestada a través de la redención de un pueblo que habitará en su reino para siempre. Escribe Bryan Chapell,

Jesús es el Alfa y Omega, el Principio y Fin, el Autor y Consumador de nuestra fe. El constituye el objetivo final de las Escrituras, pero la palabra acerca de esta Palabra eterna está tejida en toda la extensión del texto bíblico. O bien a través de la predicción, la preparación, el reflejo o el resultado, el mensaje redentor acerca de la provisión de Dios brilla en toda la Biblia. No es posible exponer ninguna porción de ella sin aclarar su relación con la naturaleza redentora de Cristo y su obra. Descubrir esta relación no requiere una conexión imaginada –cual fantasía alegórica– con algún detalle de la vida de Cristo, sino exige plasmar una explicación exegética y contextualizada de cómo este texto en particular amplía la comprensión del pueblo de Dios acerca de la persona y obra de Cristo.

«El porvenir de la predicación expositiva», Preaching, septiembre-octubre de 2004, 42

D. A. Carson lo resume de esta manera: «En sus mejores momentos, la predicación expositiva –a pesar de depender por su contenido del texto a mano– señala las conexiones entre los distintos libros que componen toda la Biblia, que inexorablemente conducen hacia Jesucristo» («La primacía de la predicación expositiva», audiocaset sin fecha. Citado en Fabarez, La predicación que cambia vidas, 116). Predicar a Jesús en las Escrituras no es como hacer rebotar una piedra sobre el agua, como si sólo fuera cuestión de ir pasando las páginas de la Biblia para encontrar otra referencia más a Cristo. No es patinar por encima de cuatro textos hilvanados que hablan de Cristo, sino tener en cuenta toda la Escritura, que da testimonio sobre su reino glorioso.

Charles Haddon Spurgeon lo expresa así:

El Espíritu Santo sólo bendice conforme a su propia intención anunciada. Nuestro Señor explica ese propósito: «El me glorificará». El Espíritu ha salido para este gran fin y no soportará nada menos. Si no predicamos a Cristo, ¿qué pinta el Espíritu Santo en nuestra predicación? Si no ensalzamos al Señor Jesús, si no lo elevamos ante los ojos de los hombres, si no trabajamos para presentarlo como Rey de reyes y Señor de señores, el Espíritu no nos acompañará. Baldías serán la retórica, la música, la arquitectónica, la energía y la posición social. Si nuestro designio no es ensalzar al Señor Jesús, trabajaremos solos y en vano.

La mayor pelea del mundo, Greenville, SC: Publicaciones Ambassador, 1999, 77-78

La predicación expositiva y la predicación redentora/histórica (cristocéntrica) no son alternativas reñidas entre sí. Los sermones no pueden ser tan detallistas que acaben obviando el conjunto del canon bíblico, pero tampoco deben ser tan holistas que pasen por encima la aportación única y especial de cada autor. Hemos de evitar los dos tópicos sermonarios más comunes: nombrar a Jesús de cualquier manera y lanzar exhortaciones moralistas (leer más, orar más, obedecer más, etc.). El primer estereotipo es cristocéntrico pero no expositivo, y el segundo es expositivo pero no cristocéntrico. Predicar a Cristo de toda la Escritura no es un bonito añadido a la predicación expositiva. Tampoco se refiere a un método a elegir entre varios, según el gusto del predicador, sino se trata de la esencia misma de la predicación expositiva fiel.

Pasar por alto la naturaleza cristocéntrica del contexto bíblico (es decir, todo el canon) es reduccionista y problemático, pero también lo es ignorar el contexto inmediato del autor humano. Si olvidamos que las Escrituras son la palabra sobrenatural de un Dios soberano, caeremos en el mismo error que los alegoristas de la Iglesia medieval: los dos planteamientos excluyen algún aspecto indispensable del contexto. Uno excluye el contexto del autor humano; el otro margina al autor divino. La predicación cristocéntrica no significa abandonar la exégesis para colar a Cristo en el sermón; más bien se trata de descubrir la intención del autor, tanto el humano como el divino. La debilidad de muchos modelos contemporáneos de predicación expositiva es que no son tan expositivos como deben ser. El predicador sólo podrá abrir el significado del texto a la luz del argumento bíblico entero, que se centra en la persona y obra de Cristo con el cumplimiento escatológico en su reino.

La Predicación Expositiva en un Entierro


Cuando nos despedimos de un ser querido, se presenta una oportunidad única para un mensaje de la Palabra de Dios. Es un momento doloroso pero el Señor hace llegar su consuelo a través de las Escrituras. El predicador disfruta de una libertad mucho mayor que en otras ocasiones, si sabe exponer un mensaje corto pero apropiado.

A un entierro suelen asistir muchos inconversos. Son personas que jamás asistirían a un culto de iglesia o un acto evangelístico. El predicador hace bien en recordar los tres objetivos del mensaje expositivo en esta coyuntura: transmitir el consuelo de Dios a los vivos, honrar la memoria del difunto y comunicar el mensaje del evangelio a los amigos que acompañan a la familia.

Hay varios detalles importantes a tener en cuenta, si el predicador quiere ser el instrumento del Señor en tan solemne ocasión.

Aspectos prácticos

Suele haber dos ocasiones para un pensamiento bíblico: en el velatorio con la familia y allegados, y luego en el cementerio cuando se practica la sepultura. Si toca la incineración, la oportunidad de predicar a veces se reduce a una sola ocasión. Si hay un responso según el rito católico, a veces el cura permite que hablen terceros a petición de la familia. Si el velatorio dispone de capilla y la ceden a la familia, hay tiempo para un mensaje bíblico más completo.

En el cementerio se suele esperar hasta que los funcionarios hayan introducido el ataúd dentro del nicho o en la tierra. Después de que terminan su trabajo, hay un espacio donde se puede exponer la Palabra con libertad.

En cualquier caso se trata de un mensaje corto, tanto en el velatorio como en el cementerio. Conviene equilibrar el mensaje de la Escritura con algunos apuntes sobre la vida de la persona difunta, lo cual requiere una conversación previa con la familia sobre los detalles que ellos quisieran resaltar, o para coordinar las distintas intervenciones que ellos quisieran proponer: lecturas bíblicas, poesías, himnos, canciones, reflexiones personales. A veces la persona fallecida ha indicado de antemano sus deseos para su propio entierro: lo que quiere que se lea o se cante.

Enfoques necesarios

El enfoque de la predicación en un entierro depende en cierta medida de la clase de persona que ha fallecido. Si la persona ha sido un gran siervo del Señor, se puede hablar de las recompensas que Dios promete por una vida de servicio. Si la persona ha sido un creyente humilde pero fiel, toca hablar de las glorias de la resurrección y la esperanza del cielo. Si la persona fue un creyente de vida contradictoria o se ha suicidado, procede enfatizar la fidelidad del Señor a sus promesas. Si la persona ha sufrido mucho, convendría destacar el descanso que traerá la vida eterna.

El entierro de una persona inconversa requiere una delicadeza especial. Desarrollar el tema del consuelo que el Señor ofrece a los vivos es mejor que cargar las tintas hablando de la condenación eterna de los que mueren sin Cristo. En vez de afirmar la certeza de la resurrección, el predicador anunciará la oferta de resurrección –con el perdón y la vida eterna– que el Señor extiende a todos los que vienen a Cristo con fe. Tenemos un Dios que enjugará todas las lágrimas, que también nos invita: «Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados».

En general, lo fundamental es dirigir las miradas a la persona y obra de Jesucristo, más que entonar lamentos sobre la inevitabilidad de la muerte. Compartimos la tristeza de la familia, pero nos alegramos por la certeza que dan las promesas de Jesucristo en el evangelio.

Pasajes bíblicos

Hay muchos pasajes bíblicos que pueden ser la base de una reflexión bíblica en un entierro. Algunos ejemplos:

  • Ir con Cristo es muchísimo mejor (Fil. 1.23, 2 Co. 5.8)

  • El Señor es mi pastor (Sal. 23)

  • Hay delicias a su diestra (Sal. 16.11)

  • Él nos guiará más allá de la muerte (Sal. 48.14)

  • Mi Redentor vive, veré a Dios (Job 19.25-27)

  • Cristo prepara un lugar (Jn. 14.1-3)

  • Cristo es la resurrección y la vida (Jn. 11.25-26)

  • Cristo venció a la muerte (1 Co. 15.51-58, Jn. 16.33)

  • Descansarán de sus trabajos (Ap. 14.13)

  • Estimada es la muerte del creyente (Sal. 116.15)

  • Cielo nuevo y tierra nueva (Ap. 21.1-4)

  • Cristo libera del temor de la muerte (He. 2.14-15)

  • Cristo libera de la ira venidera (1 Tes. 1.10, 5.9-10)

  • El creyente no vendrá a condenación (Jn. 5.24, Ro. 8.1)

  • Habrá una corona de justicia (2 Ti. 4.8)

  • Tristeza ahora, gozo después (Jn. 16.20)

  • Dios da consuelo (Is. 66.13)

  • Dios es fortaleza en el día de la angustia (Nah. 1.7)

  • Dios es nuestro auxilio en la tribulación (Sal. 46.1-3)

  • Estaremos alegres (Sal. 126.3)

  • Cambiará el lamento en baile (Sal. 30.11)

  • En su mano están nuestros tiempos (Sal. 31.15)

  • Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5.2)

  • Nada nos separará del amor de Dios (Ro. 8.38-39)

  • Despertaremos a su semejanza (Sal. 17.15)

  • Dios llevará en brazos a sus corderos (Is. 40.11)

  • Dios enjugará toda lágrima (Ap. 7.17)

  • Le veremos cara a cara (1 Co. 13.12, Ap. 22.4)

La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia

McDill, Wayne. “La predicación expositiva: el paso de la teología a la experiencia.” Traducido por Esteban Rodemann. LifeWay/Pastors (sitio web). Artículo posteado el 20 de abril de 2015 (consultado el 31 de agosto de 2017) http://www.lifeway.com/pastors/2015/04/20/expository-preaching-from-theology-to-experience/


Child climbing stairs image

La predicación expositiva suele partir de un texto bíblico. Procura hacer que el texto elegido moldee al sermón. El predicador busca convertir la esencia teológica del pasaje en el mensaje del discurso. La predicación expositiva, por definición, trata de exponer el significado planteado por el autor original del texto en términos adecuados para un público moderno. Esto suele ocurrir a través de la predicación sistemática, es decir, una serie de mensajes sobre un libro bíblico determinado. Esta manera de predicar –siguiendo libros de la Biblia– ha sido criticada por algunos, por ser un modelo excesivamente académico y alejado de las preocupaciones reales de la gente.

Enfocar la experiencia humana puede parecer contraproducente. Podría diluir la fuerza de la predicación expositiva, al minar el compromiso con la fidelidad al texto bíblico. Sin embargo, no tiene que ser así. Es cierto que un tipo de predicación que responde únicamente a las necesidades sentidas de la congregación muchas veces se ha reducido a insípidas apelaciones a los sentimientos, en perjuicio de respuestas sólidas de las Escrituras. Este tipo de predicación corre el riesgo de confundir el análisis empático del problema con la solución divina para la situación humana. Mostrar empatía siempre es positivo, pero las personas necesitan la sabiduría eterna de lo alto.

Lo que hace falta es establecer un punto de contacto entre los conceptos teológicos del pasaje y los aspectos correspondientes de la experiencia humana. La clave es esto: «establecer un punto de contacto». Partimos de los conceptos teológicos subyacentes en el texto bíblico. Estudiamos las palabras del autor original para descubrir las ideas teológicas que quería transmitir, y que formarán el núcleo de nuestro sermón. Destilamos una idea central, aclarando el sujeto (¿de qué está hablando el autor?). Luego identificamos lo que el autor dice respecto a ese sujeto; su ampliación de la información constituye el predicado.

Pasar de la teología a la experiencia condiciona todo el proceso de interpretación. Desde el primer momento meditamos en la pertinencia de las ideas bíblicas. Creemos que la verdad bíblica siempre se relaciona de algún modo con la vida real. Al mismo tiempo somos conscientes de que las verdades bíblicas pueden ser predicadas de una manera estéril y académica, que oculta su pertinencia natural. Lo que Dios ha revelado conecta con la experiencia humana, pero un predicador puede perder de vista esa conexión y fallar totalmente el blanco, que es el corazón de los oyentes.

He aquí cinco consejos para pasar de la teología a la experiencia:

  1. Aclarar las ideas teológicas que el autor bíblico quiso comunicar. Si no tienes esto claro en tu propia mente, como para poder expresarlo con tus propias palabras, no podrás comunicar el mensaje del texto. Tampoco podrás mostrar su pertinencia a la congregación.

  2. Meditar en la enseñanza bíblica más amplia, relevante a la idea del texto. Ningún texto agota toda la enseñanza sobre un tema. Habrá pasajes paralelos que rellenan el alcance de la teología bíblica y que también ayudan a discernir las aplicaciones prácticas.

  3. Pregúntate a ti mismo por qué una persona, cualquier persona, necesita escuchar este mensaje, y apunta todo lo que te viene a la mente. La prueba de la pertinencia es cuando las enseñanzas de tu sermón «rascan donde a la gente se le pica». Si tu inquietud se limita al comportamiento de los hermanos en el culto, no tocarás las preocupaciones reales de su vida. Medita en las presuposiciones, los síntomas y las consecuencias que podrían darse en la vida de las personas que no conocen o no practican las ideas bíblicas que expones.

  4. Redacta una descripción de la persona que más necesita este mensaje. Échale imaginación. Describe la situación de un hermano que descubre la respuesta a las cuestiones que más le angustian. Reflexiona sobre sus luchas. Trata de entender su forma (errónea) de pensar. Identifica cómo su forma de conducirse influye en todos los aspectos de su vida y la de los que le rodean.

  5. Apunta algunas directrices específicas para la persona que necesita aplicar este mensaje a su vida. Imagina una persona que sale del culto, con un bloc de notas en la mano, y te dice «Gracias, hermano, por el sermón de hoy. Ahora me marcho a casa. Mañana vuelvo al trabajo. Explícame cómo aplicar los principios bíblicos a mi vida, cómo debo ponerlos en práctica. Tomaré nota de todo lo que me digas.»

La Predicación como Prioridad – Christopher Ash


Celebro de corazón la publicación en español del pequeño libro de Christopher Ash La Predicación como Prioridad por parte de Editorial Peregrino. Hay pocos libros tan breves (ocupa solo 156 páginas en la traducción española) que hayan tenido un impacto tan profundo en mi propio ministerio.

La mayoría de libros disponibles en español sobre la predicación pretender dar ayudas prácticas al predicador, objetivo loable y necesario. Ejemplos incluyen la obra clásica de Haddon Robinson La Predicación bíblica o el libro más breve de Denis Lane Predica la Palabra. Pero no hay tantos que se fijan como tarea “persuadir – o por lo menos invitar a la reflexión- a quienes experimentan dudas con respecto a la predicación, e intensificar la convicción de aquellos que ya están abonados a la predicación como algo prioritario” (p13). Creo que cualquiera que lea este libro estará de acuerdo que el autor en gran medida consigue cumplir con estos objetivos. No obstante este enfoque, Ash también incluye algunas sugerencias prácticas porque de paso aborda cuestiones tales como ¿Cuál es la diferencia entre la predicación y la enseñanza? O ¿qué es lo que hizo que la predicación de Moisés fuera tan impactante?

El contenido del libro consta principalmente de tres exposiciones de pasajes de Deuteronomio dadas por el autor en la conferencia anual de predicadores en Londres llamada la Evangelical Ministry Assembly. Los tres capítulos tienen por título:

  • La autoridad de la Palabra predicada (Deut 18:9-22);

  • Una predicación transformadora de la Iglesia (Deut 30:11-20);

  • Una predicación que repara un mundo en ruinas (Deut 4:5-14);

Estos mensajes son ejemplo magistral de cómo se deben destilar verdades doctrinales, encajándolas en el desarrollo completo de la revelación progresiva y dándoles aplicaciones contemporáneas.

En estas breves páginas Ash logra abordar un abanico de cuestiones muy actuales (y a veces polémicas). Por ejemplo escribe: “La autoridad de Dios no se ejerce a través de la Palabra escrita sino por medio de la Palabra escrita predicada” una frase llamativa que requiere (y recibe) un estudio meticuloso. Otro ejemplo sería como señala que como entre los siglos VII y XII la iglesia pensó que la predicación no podía llegar a gente común y corriente. Por ello se optó por métodos como el ritual, las estatuas, las vidrieras y pinturas. Ash cita a otro escritor Peter Adam para describir el resultado: “Generó un tipo de personas que conocían las historias del evangelio, pero no el evangelio en sí; personas que sabían lo que había sucedido pero desconocían su significado”. Las abundantes citas de otras fuentes que logra introducir en poca extensión es otro aliciente más a su lectura.

Una y otra vez encontré que el autor me hacía reflexionar. Por ejemplo, en cuanto a la relación de la predicación con otros ministerios de la palabra encontramos párrafos como la siguiente: “En algunas iglesias hemos llegado al punto de presuponer que la lectura personal de la Biblia … [es] la modalidad normativa para que los cristianos escuchen la Palabra de Dios. Así es – decimos – como se manifiesta la vida cristiana saludable. Sin embargo al definir la vida cristiana de esta forma, puede que hayamos repudiado inadvertidamente a los analfabetos, a los analfabetos funcionales y a los que sienten menos confianza a la hora de estudiar un texto” (p32). Ash argumenta que el ministerio de la predicación tiene una capacidad especial para trascender todas las culturas, tanto aquellas que conceden importancia a la lectura como aquellas que no. Si tiene razón, esta conclusión tiene importantes (y esperanzadoras) implicaciones para una generación postmoderna al que no le entusiasma demasiado la lectura.

No puedo recalcar lo suficiente lo estimulante que resultó para mí este pequeño libro. No a todos en el mundo evangélico les convencerán todos los argumentos de Ash pero he aquí siete bondades de este libro:

  1. Viene a llenar un vacío en nuestra literatura en español sobre la teología de la predicación;

  2. Su contenido consiste principalmente de exposiciones Bíblicas que a su vez son excelentes modelos de predicación;

  3. Demuestra una teología bíblica cuidadosa, evitando posturas radicales o desequilibradas;

  4. El autor escribe con humildad, identificándose con lo que él llama pastores corrientes que predican con regularidad a oyentes corrientes en lugares corrientes;

  5. Es estimulante y alentador;

  6. La traducción, como es de esperar de Editorial Peregrino, es buena;

  7. Es un libro breve y ya sabemos lo que se dice: “lo bueno, si breve…”

Andrés Reid

Coordinador, Taller de Predicación

La importancia crítica de la aplicación en la predicación


Observar e interpretar el texto sin aplicarlo es como abortar el propósito de la Escritura. Estas palabras de Howard Hendricks (que dedicó su vida a la enseñanza) nos presentan una primera razón del por qué es tan importante la aplicación en la predicación: la función de la palabra de Dios. Toda escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia (2 Tim 3:16). Por lo tanto todo texto de todos los géneros en la Biblia está diseñado para tener (por lo menos) una aplicación. Y las Escrituras no son como las famosas lentejas del dicho español que si te gustan las tomas y si no las dejas. No solamente son útiles sino esenciales. Es cuestión de vida o muerte espiritual el que prestemos atención a lo que nos dice la palabra de Dios y que lo pongamos por práctica, como nos advierte Santiago 1:22.

Es verdad que no toda frase en la Biblia es un imperativo pero si no vemos la aplicación de determinado texto probablemente tengamos que abrir el enfoque de nuestra lente – quizás la aplicación viene en el versículo anterior o posterior, o al comienzo del capítulo, o al final del libro, y seguro que en el contexto del panorama de la Escritura como un todo. Si levantamos la vista cada texto fue dado para producir alguna transformación en el ser humano.

Dentro del texto Bíblico también podemos fijarnos en los modelos de predicación que encontramos. Si lo hacemos veremos que siempre tenían una aplicación (a no ser que el predicador fuera interrumpido, lo que normalmente ocurría ¡porque los oyentes ya intuían la aplicación!). Pensemos en Hechos 2:36,38 donde Pedro les dice a sus oyentes lo que deben hacer como respuesta a lo ya que han oído. En Nehemías 8:9-10 tenemos el interesante caso que los oyentes sacaron la conclusión equivocada. Se les tiene que explicar que la aplicación correcta de lo expuesto no era llorar sino regocijarse en el Señor. A veces puede parecernos que no hay una aplicación explícita, como en las palabras del Señor mismo en la sinagoga de Nazaret recogidas en Lucas 4:16-27. Pero es evidente que para los presentes en aquella ocasión la aplicación era tan clara ¡que lo intentaron matar en el acto! Solo requiere unos momentos de reflexión para ver a dónde les llevaba el Señor y que reacción pedía de ellos – y ¡no parece que se esperaron a que se lo explicara en detalle!

Entonces si todo mensaje predicado en la Biblia tenía aplicación esto nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza misma de la predicación. C.H. Spurgeon dijo ¡Cuando empieza la aplicación, empieza la predicación!. La diferencia esencial entre una mera enseñanza y una predicación reside principalmente en la presencia o no del elemento de aplicación y de exhortación. Sería un ejercicio interesante el hacer una estimación de ¿qué proporción del tiempo de la predicación dedicamos a la explicación del pasaje y cuanto a la aplicación? Otra cuestión es ¿hasta qué punto permitimos que la aplicación contribuya a la forma de nuestro mensaje? Desequilibrios en estas cuestiones básicas determinarán en buen grado la efectividad de nuestra predicación.

Es verdad que hay una dimensión de la aplicación personal que es justamente eso, personal, una cuestión a tratar entre el individuo y el Espíritu Santo. Pero esto no agota el abanico de aplicaciones Bíblicas – pensemos en las implicaciones eclesiales y sociales de cualquier texto. Y aún en el terreno de la aplicación personal el dar con las consecuencias naturales de determinado texto no es tarea fácil. No podemos ni debemos escudarnos en el argumento es una cuestión personal para evitar hacer la parte que nos toca como predicadores. T. H. L. Parker dijo: La predicación expositiva consiste en la explicación y aplicación de un pasaje de la escritura. Si no contiene explicación no es expositiva; si no contiene aplicación ¡ni es predicación!.

Si todavía nos faltaran argumentos para defender la importancia de la aplicación en la predicación podríamos acudir a un famoso artículo escrito por Haddon Robinson. El sugirió que hay más herejías que surgen de una mala aplicación de pasajes Bíblicos que de una mala exégesis o interpretación. Da el ejemplo en Lucas 4 cuando Satanás le tienta a Jesús. La tentación no viene por medio de una mala exégesis de los textos que cita del Antiguo Testamento sino de una mala aplicación de esos textos. Dicho en otras palabras Haddon Robinson nos advierte que una mala aplicación puede hacer que la Biblia diga lo que queremos. Esta es una tercera razón muy importante para prestar atención a la aplicación.

Por lo tanto la naturaleza de la Escritura misma, la esencia de la predicación y el peligro de torcer las escrituras todas nos llevan de forma inexorable a aceptar la necesidad crítica de una buena aplicación en la predicación. ¡Qué el Señor nos ayude a aplicar!

Una versión anterior de este artículo apareció en http://thegospelcoalition.org/blogs/espanol/2013/10/09/la-importancia-de-la-aplicacion/

La idea central y la inspiración de las Escrituras – 2


Los creyentes llegan a la reunión con hambre en el alma. Seguir a Cristo en un mundo contrario a la fe es tarea difícil. Los hermanos necesitan repostar espiritualmente: recordando las promesas del Señor, renovando su visión de Jesucristo, avivando su esperanza en el desenlace final, echando sus cargas sobre el Señor.

Sin embargo, si el predicador no capta correctamente la idea central del pasaje que debe abrir ante la congregación, no transmitirá el mensaje que el Señor tiene para su pueblo ese día. Defrauda a los fieles. Impide que reciban lo que necesitan. Les manda a casa con un corazón vacío.

Es como dar una piedra a tu hijo que te pide pan, o darle una serpiente cuando te pide pescado. Es hurtar las palabras de Dios (Jer. 23.30). Es cambiar en mentira el mensaje divino (Jer. 8.8).

Además de defraudar al pueblo de Dios que necesita escuchar un mensaje del cielo, y que se marcha de la reunión con hambre, la predicación que se equivoca de idea central detiene los efectos para los cuales el Señor envía su mensaje. En vez de salir como lluvias que riegan la semilla y la hacen producir (Is. 55.10-11), la palabra se queda guardada en la bolsa del sembrador. En vez de dar fruto en las vidas, se reduce a un tintineo sin trascendencia.

La predicación que se equivoca de idea central también debilita la aplicación. El mensaje queda insípido. No conmueve los corazones, no mueve a la acción. El sermón resulta inútil para enseñar, inútil para reprender, inútil para corregir, inútil para instruir en justicia. En vez de servir de rugido de león, un sermón así se reduce a una charla humana, algo parecido a los consejos sobre dieta y salud de un presentador de radio.

Como muestra, sirva un botón. Si un predicador decide exponer el pasaje sobre la alimentación de los cinco mil y se fija en el detalle de que Jesús manda recoger los fragmentos de panes y peces, podría plantear un mensaje ecologista. Su idea central sería que a Dios le importa la conservación de este mundo, y que Jesucristo extiende el mandato creacional dado al hombre en Edén. Se podría estructurar el sermón de la siguiente manera:

  1. Dios crea al hombre con la misión de señorear en el mundo.

  2. «Señorear» implica una sabia administración de la tierra y sus recursos.

  3. El Hijo de Dios vino para dar ejemplo y dar poder al hombre en su misión ecologista.

Otro posible enfoque sería la generosidad del muchacho que comparte sus cinco panes y dos pececillos (Jn. 6.9). Entrega lo que tiene a Jesús, y Jesús lo multiplica para satisfacer la necesidad de miles de personas. El predicador podría centrarse en la generosidad, el deber de compartir. Su bosquejo podría redactarse así:

  1. Entre los seres humanos hay grandes necesidades, como el hambre.

  2. El Señor te invita a compartir lo que tienes, por poco que sea.

  3. Si compartes lo que tienes, el Señor lo multiplicará para suplir la necesidad de muchos.

Sin embargo, queda la pregunta: ¿Cuál era la intención del Espíritu de Dios, al guiar a los cuatro evangelistas a incluir este relato (Mt. 14, Mr. 6, Lc. 9, Jn. 6)? ¿Su intención era movernos a cuidar de la tierra o compartir la merienda? Una idea central que no sea la idea central de Dios necesariamente desemboca en un sermón que defraudaemphasis> a los oyentes, detiene el propósito divino y debilita la aplicación. Los creyentes se cansan de oír sermones, pierden las ganas de leer la Biblia por su cuenta, se olvidan de la predicación de domingo, y dedican su tiempo a asuntos más interesantes que una Biblia trastocada de esta manera.

En cambio, si el predicador descubre la idea central de Dios, se dará cuenta de que este pasaje está para mostrar que Jesucristo es el pan descendido del cielo para dar vida a su pueblo. (De la misma manera, el pasaje sobre la alimentación de los cuatro mil demuestra que Jesucristo es el pan enviado por Dios para dar vida al mundo, a las naciones.) La estructura del sermón reflejará el desarrollo de esta idea. Las aplicaciones fluirán de esta idea y serán precisas y poderosas. Los creyentes aprenderán algo nuevo sobre Jesucristo, y se marcharán de la reunión resueltos a vivir con Cristo el resto de la semana.

Desarrollar la idea central de Dios constituye la esencia de la predicación expositiva. Descubrirla es el primer paso en el estudio, y es lo que vertebra todo el discurso. Es el requisito, el meollo de la cuestión, el germen que da vida. No se trata de un algo fabricado por el predicador, sino de un concepto que fluye de la mente de Dios. Acertar en descubrirla es estar «en el secreto de Jehová» y abre la puerta a que el pueblo oiga verdaderamente la voz del Señor (Jer. 23.18, 22).

La idea central y la inspiración de las Escrituras


La predicación expositiva gira en torno al desarrollo de la idea central que surge de un pasaje bíblico. Es abrir el pasaje y exponerlo a los hermanos. Parece una noción sencilla, pero no hay concepto más importante para comunicar el mensaje de Dios con eficacia y poder espiritual. La idea central condiciona la estructura del sermón. Permite que el predicador «se aplique el cuento» a su propia vida antes de transmitir el mensaje a los hermanos. La idea central desemboca en aplicaciones precisas, variadas y relevantes. Estimula a los oyentes a maravillarse de las grandezas del amor de Dios en Cristo y responder adecuadamente, de todo corazón. Asegura que los hermanos recuerden la esencia del texto bíblico cuando se marchan de la reunión. Les invita a repasar el mismo pasaje en su propia Biblia cuando llegan a su casa.

El mensaje expositivo no es un comentario de texto en que el predicacor avance versículo por versículo, aclarando significados y lanzando exhortaciones. Tampoco se refiere a una homilía que nazca del corazón del orador, quien luego busca textos pertinentes para apuntalar su argumento preconcebido.

La idea central surge del pasaje bíblico. Se refiere a la tesis principal de la enseñanza. Es el argumento, el pensamiento principal que hay que comunicar. Es el meollo del mensaje, el corazón del discurso. Es la afirmación central que da sentido a todo el ejercicio verbal.

Sin embargo, el concepto de «idea central» no se refiere a cualquier idea central. No es una construcción del predicador, sino de Dios. Se refiere a la idea latente en el texto divino. Es la idea que el Señor tenía en mente al inspirar este pasaje bíblico en concreto, la idea que el autor humano captó y quiso expresar con palabras cuidadosamente seleccionadas. Al predicador le corresponde descubrir la idea de Dios. Sólo así habrá provecho para las almas.

Implicaciones de la inspiración

La doctrina de la inspiración afirma que Dios supervisó la redacción de las Escrituras. La palabra «inspirada» (teópneustos, 2 Ti. 3.16) significa que Dios «expiró» o «sopló» cada porción del libro sagrado. Guió los pensamientos de los autores humanos para que éstos, cada uno desde su propio temperamento y estilo, recogieran exactamente lo que el Señor quiso comunicar. La idea central procede del Señor. Refleja una verdad que sale de su mente y busca cabida en el corazón humano.

La conclusión lógica de un libro soplado por Dios es que no se puede exponer su contenido y al mismo tiempo negar las verdades fundamentales que lo constituyen. El que niegue la muerte vicaria de Jesucristo en la cruz como sustituto por los pecadores, o su resurrección de la muerte, o su segunda venida –literal, corporal, visible– adolece de la cualificación necesaria para predicar un sermón. La buena exposición no se trata de formas homiléticas sino de un fondo inamovible, que son las doctrinas esenciales.

El apóstol Pablo insiste en que las Escrituras son útiles, y de diversas maneras: para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia. Esto significa que el Espíritu de Dios tiene un propósito concreto en cada pasaje de la Biblia y que su intención variará de pasaje en pasaje. La aplicación eficaz requiere que el predicador discierna correctamente la finalidad de Dios y aplique la enseñanza conforme a esa voluntad.

Cuando el apóstol Pedro afirma que ninguna profecía es de interpretación privada (2 P. 1.20), quiere decir que no vale cualquier construcción de idea central para un sermón. Sólo es válida la idea central que recoja la esencia de lo que Dios quiso transmitir. En esta porción Pedro sigue la misma línea que Pablo, diciendo que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados (ferómenoi, «llevados») por el Espíritu Santo (2 P. 1.21). Lo que cuenta es la intención del Espíritu de Dios, que luego se refleja en la intención del autor humano.

El apóstol Pablo resalta la integridad de las palabras exactas del texto bíblico: «Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu…» (1 Co. 2.13). Las palabras del texto apuntan a la intención del autor. Le corresponde al predicador prestar atención a las palabras, a la gramática, a las figuras de dicción, y a las referencias –claras o veladas– a otras porciones de las Escrituras («la analogía de la fe», Ro. 12.6). Sólo así podrá descubrir el mensaje que Dios desea transmitir.

La naturaleza de la inspiración de las Escrituras invita al predicador a meditar en dos preguntas respecto a cada pasaje que pretende exponer. La primera es ¿Por qué el Espíritu del Señor inspiró este pasaje concretamente? ¿Qué aporta este pasaje que no aporta ningún otro? Porque las palabras del Señor son como plata purificada siete veces: no sobra nada, todo conlleva un significado exacto (Sal. 12.6).

La segunda pregunta que el predicador debe meditar es ¿A qué necesidad en la congregación es este pasaje la respuesta? Si cada Escritura es útil de alguna manera, también lo será este pasaje. La precisa aplicación a los oyentes requiere que el predicador aclare la utilidad real pensada por Dios.

La exposición de la profecía bíblica IV


Aproximación a la literatura apocalíptica

A partir de Ezequiel, aparece en Israel un nuevo formato de revelación. Dios transmite su mensaje a los profetas preexílicos como Isaías principalmente a través de palabras y visiones (s. VIII a.C.). Con Jeremías, el Señor utiliza otras ayudas visuales –basadas en objetos cotidianos– para llamar la atención del profeta y dar forma al anuncio que debe entregar (un almendro, una olla hirviendo, un cinto podrido, dos cestas de higos, una vasija rota, un yugo de madera). Dios le hace pasar por experiencias que servirán de base para su enseñanza: observar el trabajo de un alfarero, comprar un terreno, poner vino a los recabitas.

Con Ezequiel, Dios empieza a dar visiones impresionantes que sobrepasan las categorías normales del pensamiento humano. Estas visiones han dado lugar a un género de literatura que se ha venido a denominar «apocalíptica» (de apocalupsis, «revelación»), que se define como la revelación de verdades divinas a través de símbolos fantasmagóricos. He aquí algunos ejemplos que se encuentran en el cánon bíblico:[4]

  • La visión de la gloria de Dios (Ez. 1)

  • La visión del rollo comestible (Ez. 2-3)

  • La visión de las abominaciones de Jerusalén (Ez. 8-10)

  • La visión del valle de los huesos secos (Ez. 37)

  • La visión del templo futuro (Ez. 40-48)

  • La visión de la gran estatua (Dn. 2)

  • La visión de las cuatro bestias (Dn. 7)

  • La visión del carnero y el macho cabrío (Dn. 8)

  • La visión de las setenta semanas (Dn. 9)

  • La visión de los reyes del norte y del sur (Dn. 10-11)

  • La visión del fin (Dn. 12)

  • La visión de los caballos (Zac. 1)

  • La visión de los cuernos y los carpinteros (Zac. 1)

  • La visión del sumo sacerdote (Zac. 3)

  • La visión del candelabro y los olivos (Za. 4)

  • La visión del rollo volante (Zac. 5)

  • La visión de la mujer en la cesta (Zac. 5)

  • La visión de los cuatro carros (Zac. 6)

  • La visión de la coronación del sumo sacerdote (Zac. 6)

  • Todo el libro de Apocalipsis (capítulos 4 a 22)

La literatura apocalíptica empieza a partir del cautiverio en Babilonia. Parece que Dios quiere dar la información a través de visiones espectaculares para superar la tristeza y la desolación de la situación actual del pueblo de Dios. Se puede apuntar cuatro características de la literatura apocalíptica:

  1. Nueva información a la luz de una situación catastrófica. El panorama humano está lleno de desesperación en el momento cuando el profeta recibe la revelación. No hay nada que hacer, no hay solución a la vista. Dios comunica promesas de salvación o de restauración a su portavoz, para que éste a su vez las transmita al resto. Dios intervendrá con poder para hacer justicia, castigando a los opresores y rescatando a su pueblo sufriente. Muchas veces hay un intérprete angelical que explica el significado de los símbolos al profeta.

  2. Una visión de la realidad que gira en torno a la soberanía absoluta del Señor. Dios está al mando, nada se le escapa de las manos. Conduce los acontecimientos conforme a su voluntad. Lleva la historia humana hacia un desenlace que él ha preparado. El hecho de la profecía demuestra que él conoce el fin desde el principio y por ello garantiza un final feliz. El Redentor golpeará la cabeza de la serpiente; los avatares de la vida humana no pueden hacer descarrilar el proyecto de Dios.

  3. Un contraste entre un presente marcado por la persecución y un futuro lleno de esperanza. Si las fuerzas del mal triunfan de momento, esto no será así para siempre. Hay una guerra espiritual, pero Dios ganará la victoria de una manera contundente, y todo su pueblo disfrutará de un mundo nuevo lleno de justicia y de paz. Las visiones fantásticas no se limitan a anunciar la victoria de Dios, sino retratan aspectos concretos de ella, porque los detalles alimentan la esperanza.

  4. El uso de símbolos llamativos. Es la característica más notable de la literatura apocalíptica. Abundan los animales fantásticos (dragones, bestias con muchas cabezas), objetos con sentido (huesos secos que cobran vida, un rollo que vuela, candelabros de oro, estrellas en la mano de Jesús), seres celestiales indescriptibles (querubines con cuatro caras, langostas con cabello de mujer y cola de escorpión), ángeles que ejecutan labores sobrenaturales (retienen los vientos, recorren la tierra a caballo, tiran montes a la tierra, batallan en el cielo contra el diablo), y distintas representaciones del Señor Jesucristo (un cordero inmolado pero de pie, un león, un ángel gigante, un jinete montado sobre un caballo blanco). También son importante los números (siete, doce, veinticuatro, mil), los colores (blanco, negro, rojo) y los materiales (oro, plata, bronce, hierro en Dn. 2, o las piedras preciosas en Ap. 21).

Para interpretar los símbolos, es imprescindible cotejar su uso en pasajes bíblicos previos. Los símbolos de Apocalipsis se derivan del uso anterior de ellos en Ezequiel, Daniel y Zacarías. Las bestias de Apocalipsis 13 retoman las bestias de Daniel 7. Sellar a doce mil de cada tribu de Israel (Ap. 7) enlaza con Ezequiel 9, donde el ángel sale a sellar a los habitantes de Jerusalén que gimen y claman a Dios. El trasfondo de Ezequiel aclara que sellar significa librar de juicio o marcar para salvación.

Lo más importante respecto a los símbolos apocalípticos es recordar que algo significan. Comunican aspectos muy concretos que multiplican la intensidad de las verdades aludidas, precisamente para contrarrestar la tristeza que genera el momento actual que está viviendo el creyente. El intérprete no puede quedarse con un resignado «esto es difícil de comprender», o un insípido «Dios ganará la victoria», cuando los símbolos tratan de pintar en toda su viveza las características específicas de la victoria final del Señor, dando todo lujo de detalles para fortalecer el ánimo del creyente.

Si Jesucristo es el león de la tribu de Judá, esto significa que triunfará sobre todas las fuerzas del mal. Reinará de tal manera que nadie podrá desafiar su autoridad. Pero si Cristo también es el Cordero inmolado pero de pie, quiere decir que sacrificó su vida sin protestar, por amor a los suyos. En el cielo siempre se recordará el valor de ese sacrificio, que le confiere el derecho de disponer del destino de toda la creación (el libro/testamento con siete sellos). La revelación llega en un envoltorio visual para aumentar la fuerza del consuelo y para estimular a los creyentes hacia un compromiso sin reservas.

Para más información sobre la interpretación de material apocalíptico, véase el libro sobre hermenéutica de Duvall y Hays.[5]

Lejos de ser un asunto esotérico sólo para especialistas, la profecía bíblica constituye uno de los fundamentos de la vida cristiana. «En esperanza fuimos salvos», dice el apóstol Pablo. La conversión es una vuelta de los ídolos a Dios, para servirle de todo corazón y también para esperar a Jesucristo, que volverá de los cielos para recoger a los suyos (1 Tes. 1.9-10). Cristo vino la primera vez para llevar los pecados de muchos, pero aparecerá por segunda vez para salvar a los que le esperan (He. 9.28). La salvación sólo alcanzará su plenitud cuando Cristo venga a por los suyos, y una parte importante de ser cristiano consiste en esperar esa plenitud con toda el alma.

Jesús describe un mayordomo fiel y prudente que recibe la misión de dar la ración conveniente a cada miembro de la casa (Lc. 12.42-43). Será bienaventurado si el amo le encuentra ocupado en ello cuando venga. Se trata de dos cosas: una expectativa y una actividad. La expectativa del inminente retorno del Señor es lo que estimula a la actividad del servicio. Por eso, la Palabra nos insta a hablar del arrebatamiento (1 Tes. 4.18, 5.11), porque es precisamente lo que mueve al cristiano a vivir firme y constante, creciendo en la obra del Señor, porque sabe que su trabajo en el Señor no es en vano (1 Co. 15.58).

Aguardar la «esperanza bienaventurada» es lo que nos enseña a renunciar a la impiedad y los deseos mundanos para vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente (Tit. 2.12-13). La esperanza de ver a Cristo cara a cara nos mueve a purificarnos, como él es puro (1 Jn. 3.3). El apóstol Pablo insiste ante Félix que él procura guardar su conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres, porque tiene la mente llena de la esperanza de resurrección (Hch. 24.15-16). Exhorta a los creyentes en Roma a amarse unos a otros con sinceridad, porque «ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos» (Ro. 13.11).

El salmista afirma que «la exposición de tus palabras alumbra» (Sal. 119.130). Las riquezas de la esperanza profética de Jesucristo son como una antorcha que alumbra en lugar oscuro (2 P. 1.19) y por ello conviene estar atentos, tanto el que predica como el que escucha.


[4] Abundan ejemplos de literatura apocalíptica en libros extracanónicos como Enoc, La asunción de Moisés, La ascensión de Isaías, Baruc, Los salmos de Salomón, El testamento de Abraham, El apocalipsis de Moisés, El testamento de los doce patriarcas, El pastor de Hermas y otros. Sin embargo, al tratarse de libros apócrifos claramente no inspirados por Dios, no nos interesan aquí.

[5] J. Scott Duvall y J. Daniel Hays, Hermenéutica: entendiendo la Palabra de Dios, Viladecavalls: CLIE, 2008, pp. 399-410.

La exposición de la profecía bíblica III


La paciencia de los profetas, que siguen predicando a pesar del odio y el miedo que inspiran en sus vecinos, ofrece un ejemplo que el cristiano está llamado a imitar (Stg. 5.10). La esperanza de los profetas –la implantación del reino de Dios en el mundo– brilla con una nueva intensidad después de la resurrección de Jesucristo. Sobre todo, la confianza de los profetas en la eficacia del derramamiento del Espíritu –cuando algún día se produjera– inspira seguridad en el cristiano, de que tendrá ayuda del Señor y que su servicio habrá merecido la pena al final.

La exposición de los profetas aporta beneficios espirituales importantes al cristiano:

  1. Para crecer en amor a Jesucristo. La enseñanza de los profetas tiene como eje la promesa antigua de un Redentor que, sufriendo una herida, triunfaría sobre todo mal. Apuntan muchos detalles que con la debida meditación inflaman el corazón del cristiano, porque constituyen el telón de fondo de los relatos de los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento. Cristo nacería de una virgen y gobernaría sobre el mundo entero. Tendría como nombres «Emanuel», «Admirable consejero», «Dios fuerte», «Padre eterno», «Príncipe de paz», «Renuevo» e «Hijo del Hombre». Dios derramaría su espíritu sobre él, y él traería justicia a las naciones. Daría su vida, pero volvería a vivir. Sería tierno con los oprimidos y severo con los opresores. Abundan las descripciones de Cristo en su primera y su segunda venida. La contemplación de todas las descripciones de Cristo en los profetas produce el efecto descrito por el apóstol Pedro: «a quien amáis sin haberle visto» (1 P. 1.8).

  2. Para asumir las prioridades permanentes de Dios. Los profetas vuelven una y otra vez a las cualidades valoradas por el Señor. El cristiano afina su llamamiento de ser sal y luz en el mundo, repasando las inquietudes de los profetas. Ellos insisten en que la vida espiritual tiene que ser un amor a Dios que nace del corazón, y no una mera conformidad externa a los rituales estipulados. Dios insiste a través de Jeremías que su intención no era imponer ceremonias complicadas: «Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz…y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien» (Jer. 7.23). De manera similar, el Señor protesta por Isaías que «este pueblo se acerca a mi con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí…» (Is. 29.13).

    Además de una respuesta de todo corazón, era prioritario una transformación real en las personas. Si iban a ser un reino de sacerdotes, también debían ser gente santa (Ex. 19.6). Hacía falta un arrepentimiento sincero (bajo la figura de arar un campo, Jer. 4.3) y una renovación completa en el interior. Jeremías habla de una circuncisión de corazón (Jer. 4.4), Ezequías de hacer un corazón y un espíritu nuevo (Ez. 18.31). El resultado de todo ello sería justicia y juicio, el fruto deseado en la viña del Señor (Is. 5.1-7). Jesús vuelve una y otra vez a la imagen de la viña (Mt. 20-21) para resaltar la necesidad de fruto. Por eso se trabajaba en la viña, para que creciera el fruto de vida nueva en el Señor.

    Los profetas vuelven repetidamente a la necesidad de hacer el bien al prójimo. La nueva vida de Dios se traduciría en una preocupación real por los necesitados: la viuda, el huérfano, el pobre, el extranjero. «Misericordia quiero, y no sacrificio» dice el Señor a través de Oseas (Os. 6.6). Isaías niega la eficacia del ayuno religioso si no va acompañado de la justicia social: partir el pan con el hambriento, albergar a los pobres errantes en casa, cubrir al desnudo (Is. 58). El Siervo del Señor vendría para vendar a los quebrantados de corazón y para consolar a los enlutados (Is. 61.1-3).

  3. Para reforzar la esperanza en la segunda venida de Cristo. Un tema recurrente en los profetas es el reino de Dios, aquel tiempo cuando todo estará bien. El hijo de David vendrá para imponer orden en el mundo. La justicia y la paz regirán los destinos de los hombres entonces. Las naciones dejarán de fabricar armas y habrá paz, tanto entre los hombres como los animales. Dios recogerá a todos los redimidos de todo el mundo, Cristo reinará personalmente, y habrá una sanidad completa de todas las enfermedades. Los ciegos verán, los mudos cantarán, los cojos saltarán. La muerte quedará vencida para siempre y se levantará la maldición de sobre la creación material (Is. 2, 11, 25, 32, 35). Repasar estas promesas motiva al cristiano a buscar con una renovada intensidad el reino de Dios y su justicia (Mt. 6.33).

    La fuerza de la esperanza profética está en los detalles. Hay una gran diferencia entre un padre de familia que dice a sus hijos «iremos de vacaciones» y otro que lo anuncia sacando toda suerte de folletos turísticos, con fotos de lugares exóticos. Las fotos, los planos, los horarios, la reserva de hoteles: los detalles transforman una placentera –pero vaga– expectación en un intenso y ansiado deseo de delicias por venir. Así es con la segunda venida de Jesucristo. Quedarse con un «Cristo vendrá, más de eso no lo sé» puede parecer prudente, pero el efecto de este tipo de ignorancia voluntaria queda insulso. En cambio, meditar en los detalles –hasta donde se pueda– sobre un futuro que Dios ha revelado (en parte y sin concretar las fechas), sirve de poderoso revulsivo espiritual. Estimula al cristiano a la perseverancia, al servicio, al amor y a las buenas obras, a la santidad de vida, a la predicación del evangelio.

    El problema es que en la profecía suelen mezclarse distintos elementos semánticos: hay prosa histórica y también se emplea el lenguaje retórico de la poesía. No es fácil trazar una linea divisoria entre el lenguaje llano y las figuras de dicción. En una frase como «morará el lobo con el cordero», ¿debemos entender que algunos lobos y algunos corderos algún día compartirán cama? ¿Qué las fieras cambiarán de naturaleza para vivir en paz con los animales domésticos? ¿O sería mejor tomar la frase como metáfora: que personas otrora impías (o sea, como fieras) vivirán en paz algún día con los redimidos (que son como corderos)? El Nuevo Testamento afirma por un lado una transformación futura en toda la creación (Ro. 8.20-21), cosa que admitiría la posibilidad de un cambio en las fieras.[3] Pero el Nuevo Testamento también alude constantemente a los animales como emblemas de distintas clases de personas: el perro, la puerca, el buey, la víbora, el cordero. De esta manera, interpretar el texto como metáfora también puede ser correcta. Uno piensa en la visión del apóstol Pedro, donde los reptiles y las fieras en el gran lienzo apuntan a personas gentiles que aguardan su visita a casa de Cornelio, para escuchar el evangelio (Hch. 10.11-16).

    El abundante uso del lenguaje retórico en los pasajes proféticos (símil, metáfora, tipo, parábola, alegoría, metonimia) nos obliga a discernir la realidad detrás del lenguaje. Es fácil equivocarse: cuando Jesús dice que cortemos la mano o arranquemos el ojo que ofende (Mt. 5.29-30) emplea una figura (la hipérbole) para instarnos a la acción radical. Interpretar su exhortación en sentido literal haría correr ríos de sangre entre los creyentes. Pero cuando la Biblia habla de la concepción virginal de Jesucristo o de su resurrección de entre los muertos, recurre al lenguaje claro de la prosa. Interpretar estos hechos como metáforas, como siempre ha hecho la teología modernista liberal, los vacía del contenido.

    Es tan erróneo tomar las afirmaciones literales como figuras, como tomarlas como literales cuando el contexto indica que se trata de figuras. Con respecto a la profecía, nos sirve de orientación examinar cómo se cumplieron las profecías acerca de la primera venida de Cristo. La manera en que ellas se cumplieron (literalmente o figuradamente) podría darnos indicios de cómo el Señor quiere que interpretemos las profecías que tratan de la segunda venida y el reino de Dios.

  4. Para descansar en la soberanía de Dios. Los profetas anuncian juicio sobre la nación de Israel, primero a manos de los asirios y después de los babilonios. También habrá juicio para las naciones vecinas de Israel: Filistea, Moab, Amón, Edom, Siria, Egipto, Tiro. En cada caso, el juicio se ajusta a los atropellos específicos de cada pueblo. Muchas veces se anuncia el número exacto de años, hasta que empiece o hasta que termine el juicio (Is. 7.8, 16.14, 23.15; Jer. 29.10). Son cifras que se cumplen literalmente. El Señor ejerce su control sobre los grandes imperios, ordenando la victoria de los medos y persas sobre Babilonia, por ejemplo, para facilitar la liberación de los exiliados hebreos. En cada momento se aprecia un Dios soberano, que anuncia el final desde el principio y que mueve las circunstancias para que su voluntad se cumpla. Una correcta visión de la providencia del Señor aporta tranquilidad al corazón del cristiano, como también aviva un sano temor del Dios que ha de juzgar a todos algún día.

    La profecía acredita a los portavoces legítimos del Señor. Los ídolos no conocen el futuro, pero Dios sí. Ordena los pasos del hombre sin violentar su libertad ni provocar su pecado. De este modo, el pequeño remanente –pobres y débiles en este mundo– sabe que el Señor, cual poderoso guerrero, vela por sus intereses. Pone límites a la maldad de los malos y emplea el pecado de ellos –libremente elegido– para cumplir sus propósitos en el mundo y en la vida de los redimidos.

  5. Para comprender el fracaso del moralismo. Los profetas ejercen su ministerio en medio de la decadencia del pueblo de Dios. Después de la apostasía de Salomón y la rebelión bajo Jeroboam, las diez tribus del norte sufren de una gangrena espiritual a causa del culto a los becerros en Betel y Dan. Pero el pacto de Sinaí no resulta suficiente para garantizar la fidelidad de reino de Judá tampoco. El tiempo demuestra que la mera exposición de la voluntad de Dios no sirve para avivar una espiritualidad verdadera en el pueblo elegido. Dar leyes y exigir su cumplimiento, so pena de castigo, no produce amor a Dios, ni amor al prójimo, ni una transformación de carácter. El fallo no es del Señor sino se debe a las limitaciones de la condición humana. La justicia humana es como trapo de inmundicia. No hay ni una sola persona justa que busque a Dios, que se ponga en la brecha. El predicador que medita en esto recuerda que la exhortación moralista nunca será suficiente para producir cambios en las personas. Sólo Cristo puede lograr la transformación. Sólo su Espíritu será adecuado para generar amor a Dios y lealtad a su voluntad.

  6. Para valorar el poder transformador del nuevo pacto. En contraste con el fracaso moral del pueblo, Dios promete derramar su Espíritu (Is. 32.15, 44.3). Haría un pacto nuevo, que supondría el perdón completo de los pecados, una transformación del corazón de cada uno y la implantación de su Espíritu, también en el corazón (Jer. 31.31-34, Ez. 36.25-27). El Espíritu impartiría una profunda comprensión de la ley del Señor, junto con la fuerza para llevarla a cabo (bajo la figura de una ley escrita en el corazón). La esperanza del don del Espíritu informa la predicación de Juan el Bautista. La conversación de Jesús con Nicodemo demuestra que el don del Espíritu tenía que ser el eje de toda la enseñanza rabínica: «¿Eres tú el maestro de Israel, y no sabes esto?» (Jn. 3.10). Asumir la confianza con que los profetas anticipan el don del Espíritu recuerda al cristiano que todo su ministerio debe fundamentarse en el nuevo pacto (2 Co. 3).

  7. Para proseguir con paciencia la tarea de ser profeta en esta generación. Jesús indica claramente que sus discípulos son y serán profetas (en el sentido secundario antes aludido). Tomarán el testigo de los profetas de la antigüedad, continuando con un ministerio de predicación, acercando las promesas de salvación a las personas. Isaías y Jeremías se angustian por el poco fruto de su labor. Ezequiel descubre que el Señor le abre la boca para predicar en muy contadas ocasiones. Daniel dedica muchos años a la administración civil en la corte pagana, dando una palabra del Señor cuando la ocasión lo requiere. Todos los profetas dan ejemplo de paciencia en medio de incontables dificultades. Esto inspira al cristiano a hacer lo mismo para cumplir con su llamamiento de ser portavoz de Dios en su generación. «Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. He aquí tenemos por bienaventurados a los que sufren…» (Stg. 5.11).


[3] Otro detalle sería que el león comerá paja como el buey (Is. 11.7). El que plantea la imposibilidad fisiológica de ello debe recordar que si Dios puede hacer que una virgen conciba o que un muerto resucite, este tipo de metamorfosis en el reino animal no debe ser problema.

La exposición de la profecía bíblica I


Uno de los compromisos que hemos asumido en el Taller de Predicación es ofrecer ayuda para la sana exposición de los distintos géneros de literatura que se encuentran en la revelación bíblica. Hemos tratado de aclarar cómo abrir las epístolas del Nuevo Testamento para dar alimento espiritual a las congregaciones. Luego hemos abordado la narrativa y la poesía del Antiguo Testamento y después los evangelios, con una aproximación a algunos aspectos especiales como las parábolas de Jesús. Nuestro deseo ha sido estimular la destreza exegética y homilética –a través de los círculos de predicadores– con el fin de transmitir el mensaje de Dios con la máxima fidelidad, pertinencia y claridad.

Queda pendiente un género de la literatura bíblica que representa un desafío especial: la profecía. Por un lado tenemos el hecho evidente de que 25% de la Biblia es profecía[2], pero por otro constatamos los muchos factores que a veces dificultan un tratamiento adecuado de la profecía en la iglesia local. Ha habido excesos en el manejo de la doctrina sobre las últimas cosas, hasta el punto de que la escatología a veces parece un imán para desequilibrados. Algunos se apresuran a fijar fechas para el arrebatamiento o la segunda venida, otros abusan de la profecía para fomentar el miedo y manipular a los creyentes. En Internet se aprecia la cantidad de iluminados que avasallan a sus seguidores avivando la histeria escatológica.

Algunos cotejan las noticias del día para buscar la confirmación del cumplimiento de las profecías, elaborando una lista de los países que han de participar en la batalla de Gog y Magog, buscando indicios de que los gobiernos están preparando una marca (¿código de barras? ¿microchip?) para la mano o la frente de todos para llevar un control económico mundial, sumando terremotos para demostrar que la venida del Señor está cerca, o especulando sobre la identidad del Anticristo. Tanto afán de sensacionalismo acaba desplazando la piedad personal como motor principal de la vida cristiana. Otros se enzarzan en agrios debates sobre puntos oscuros, dejando al lado el fragante olor del conocimiento de Cristo.

Frente a tales desmanes, no pocos cristianos se han refugiado en una especie de agnosticismo escatológico: «lo único que tengo claro es que Jesucristo volverá, y con eso me conformo». Si los teólogos no se ponen de acuerdo, ¿qué hará el creyente de a pie? De todas maneras, ¿no es más importante la fe y la obediencia? ¿No ha dicho el Señor que lo único que busca es que hagamos justicia, amemos la misericordia y nos humillemos ante nuestro Dios (Mi. 6.8)?

El problema es que allí quedan los pasajes proféticos, y la mayoría de ellos esperan un cumplimiento futuro. Jesús promete a los suyos que cuando viniera el Espíritu de verdad, les guiaría a toda la verdad y les harían saber las cosas que habrán de venir (Jn. 16.13) Por algún motivo el Señor ha dado la información. Su intención es consolar a los suyos, estimularlos al amor y a las buenas obras, no sembrar confusión y angustia. Si toda la Palabra es inspirada y útil, entonces de alguna manera toda ella debe ser predicada en la congregación.

Por este motivo, quisiéramos proponer algunas consideraciones para ayudar en la exposición de la profecía bíblica. No aspiramos a resolver todos los enigmas, y tampoco pretendemos sentar cátedra respecto al esquema escatológico más adecuado. Sólo esperamos aportar un poquito de luz, para animar a los predicadores a exponer los pasajes proféticos con valentía pero también con cordura, para el provecho espiritual de los hermanos.

El fundamento de la profecía bíblica

«En esperanza fuimos salvos», dice el apóstol (Ro. 8.24). La esencia de la buena noticia de Dios consiste en algo que él ha prometido llevar a cabo unilteralmente. Con el primer anuncio del evangelio (Gn. 3.15), el Señor informa a Adán y Eva que alguien («la simiente de la mujer») vendrá para superar la catástrofe del pecado. Con una frase dirigida a la serpiente, «él te golpeará en la cabeza», el Señor afirma que el Redentor deshará todo el entuerto del mal, en todas sus manifestaciones. Esta gran promesa constituye la base de todas las profecías posteriores y hace que todas las Escrituras se conviertan en profecía, ya que todas ellas tratan –en un sentido u otro– distintas facetas de la victoria completa sobre todo mal.

Se podría hacer un desglose de los aspectos inherentes a la promesa del evangelio. Todos ellos conllevan una proyección futura:

  • Palabra y fe: Dios anuncia lo que va a hacer, al hombre le toca creer la promesa simplemente. Habrá que vivir por fe todos los días: esperando en Cristo, dependiendo de Cristo, viviendo para agradar a Cristo. Con el paso del tiempo, los profetas irán añadiendo más y más detalles para sustentar la fe los creyentes.

  • Ritual y mirada a Cristo: Dios instituye el principio del sacrificio, la primera de muchas ayudas visuales que dirigen la mirada de fe hacia la persona y la obra de Jesucristo. Las instituciones de Israel, con el ritual del tabernáculo y el holocausto diario en el centro, servirán para anunciar la persona y la obra de Cristo.

  • Justificación y nuevo comienzo: Dios viste a Adán y Eva de pieles, en señal de que la muerte del sustituto –el mensaje del sacrificio del cordero– cubrirá su pecado. No han muerto por su pecado, sino seguirán vivos por la promesa del Redentor. Ahora deberán replantear su manera de desenvolverse en el mundo en función de una comunión con Dios restaurada.

  • Aflicción y paciencia: La pareja queda expulsada del huerto; la consumación de la promesa tardará un tiempo hasta que llegue el Redentor. Los creyentes deben tener paciencia mientras lidian con todos los sinsabores de un mundo sujeto a vanidad. Las aflicciones de la vida serán necesarias para empujar a las personas hacia Cristo.

  • Sustento y dependencia: Si el Redentor ha de superar todos los efectos del pecado, entonces dará sustento a los suyos hasta la consumación. Habrá ayuda en medio de un mundo hostil. Los creyentes tendrán que depender de ello por medio de la oración y la fe. Dios moverá las circunstancias a favor de los suyos, y Cristo será un sacerdote mediador dando gracia en el alma. Con el tiempo, queda claro que esa gracia se concreta en el don del Espíritu Santo, con todas sus benéficas influencias.

  • Conflicto y valentía: La serpiente sigue presente, también su descendencia. Habrá un conflicto permanente, tanto espiritual como físico. Hará falta valentía para pelear la buena batalla de la fe. Habrá que predicar el evangelio y hacer el bien, siendo como sal y luz en un mundo sujeto a corrupción y tinieblas. Además de anunciar la promesa de Cristo, habrá que luchar para formar a otros en madurez cristiana.

  • Señorío y obediencia: El Señor que ha dado la promesa de que enviará al Redentor y que proporcionará ayuda para seguir viviendo en este mundo caído. Esta realidad debe provocar una respuesta de sujeción y lealtad en el creyente. La postura básica de su corazón es la de un siervo ante su Señor, entregando su vida para bendecir a otros, en todos los sentidos.

  • Sufrimiento y fruto: Si el Redentor ha de sufrir para ganar la victoria espiritual (la herida en el talón), a los creyentes les tocará algo parecido. El sufrimiento –dentro de la voluntad de Dios– será precisamente lo que producirá cambios, tanto en la persona como en otros que reciban su testimonio, como el grano de trigo que cae en tierra para luego dar mucho fruto.

  • Transformación y amor: Creer la promesa implicará el reencuentro amoroso entre el hombre y la mujer («se llamará “Eva”, madre de los vivientes»). En vez de culparse mutuamente, se unirán para tener descendencia. El odio, como el de Caín hacia su hermano, quedará superado. Recuperar el amor, superando la desconfianza y el egoísmo, será el objetivo de la redención.

  • Consumación y búsqueda: El desenlace final llegará cuando el Redentor haya superado todas las consecuencias de la Caída en toda la tierra. Habrá una resurrección y la regeneración de toda la creación. Esa consumación será objeto de todo el deseo del creyente, aunque en esta vida tenga que volver al polvo del cual fue tomado.

(continuará)


[2] La cifra se refiere a los libros que se llaman «proféticos», como profetas mayores, profetas menores y Apocalipsis, aunque abundan pasajes proféticos en muchos otros libros de las Escrituras.