La idea central y la inspiración de las Escrituras – 2


Los creyentes llegan a la reunión con hambre en el alma. Seguir a Cristo en un mundo contrario a la fe es tarea difícil. Los hermanos necesitan repostar espiritualmente: recordando las promesas del Señor, renovando su visión de Jesucristo, avivando su esperanza en el desenlace final, echando sus cargas sobre el Señor.

Sin embargo, si el predicador no capta correctamente la idea central del pasaje que debe abrir ante la congregación, no transmitirá el mensaje que el Señor tiene para su pueblo ese día. Defrauda a los fieles. Impide que reciban lo que necesitan. Les manda a casa con un corazón vacío.

Es como dar una piedra a tu hijo que te pide pan, o darle una serpiente cuando te pide pescado. Es hurtar las palabras de Dios (Jer. 23.30). Es cambiar en mentira el mensaje divino (Jer. 8.8).

Además de defraudar al pueblo de Dios que necesita escuchar un mensaje del cielo, y que se marcha de la reunión con hambre, la predicación que se equivoca de idea central detiene los efectos para los cuales el Señor envía su mensaje. En vez de salir como lluvias que riegan la semilla y la hacen producir (Is. 55.10-11), la palabra se queda guardada en la bolsa del sembrador. En vez de dar fruto en las vidas, se reduce a un tintineo sin trascendencia.

La predicación que se equivoca de idea central también debilita la aplicación. El mensaje queda insípido. No conmueve los corazones, no mueve a la acción. El sermón resulta inútil para enseñar, inútil para reprender, inútil para corregir, inútil para instruir en justicia. En vez de servir de rugido de león, un sermón así se reduce a una charla humana, algo parecido a los consejos sobre dieta y salud de un presentador de radio.

Como muestra, sirva un botón. Si un predicador decide exponer el pasaje sobre la alimentación de los cinco mil y se fija en el detalle de que Jesús manda recoger los fragmentos de panes y peces, podría plantear un mensaje ecologista. Su idea central sería que a Dios le importa la conservación de este mundo, y que Jesucristo extiende el mandato creacional dado al hombre en Edén. Se podría estructurar el sermón de la siguiente manera:

  1. Dios crea al hombre con la misión de señorear en el mundo.

  2. «Señorear» implica una sabia administración de la tierra y sus recursos.

  3. El Hijo de Dios vino para dar ejemplo y dar poder al hombre en su misión ecologista.

Otro posible enfoque sería la generosidad del muchacho que comparte sus cinco panes y dos pececillos (Jn. 6.9). Entrega lo que tiene a Jesús, y Jesús lo multiplica para satisfacer la necesidad de miles de personas. El predicador podría centrarse en la generosidad, el deber de compartir. Su bosquejo podría redactarse así:

  1. Entre los seres humanos hay grandes necesidades, como el hambre.

  2. El Señor te invita a compartir lo que tienes, por poco que sea.

  3. Si compartes lo que tienes, el Señor lo multiplicará para suplir la necesidad de muchos.

Sin embargo, queda la pregunta: ¿Cuál era la intención del Espíritu de Dios, al guiar a los cuatro evangelistas a incluir este relato (Mt. 14, Mr. 6, Lc. 9, Jn. 6)? ¿Su intención era movernos a cuidar de la tierra o compartir la merienda? Una idea central que no sea la idea central de Dios necesariamente desemboca en un sermón que defraudaemphasis> a los oyentes, detiene el propósito divino y debilita la aplicación. Los creyentes se cansan de oír sermones, pierden las ganas de leer la Biblia por su cuenta, se olvidan de la predicación de domingo, y dedican su tiempo a asuntos más interesantes que una Biblia trastocada de esta manera.

En cambio, si el predicador descubre la idea central de Dios, se dará cuenta de que este pasaje está para mostrar que Jesucristo es el pan descendido del cielo para dar vida a su pueblo. (De la misma manera, el pasaje sobre la alimentación de los cuatro mil demuestra que Jesucristo es el pan enviado por Dios para dar vida al mundo, a las naciones.) La estructura del sermón reflejará el desarrollo de esta idea. Las aplicaciones fluirán de esta idea y serán precisas y poderosas. Los creyentes aprenderán algo nuevo sobre Jesucristo, y se marcharán de la reunión resueltos a vivir con Cristo el resto de la semana.

Desarrollar la idea central de Dios constituye la esencia de la predicación expositiva. Descubrirla es el primer paso en el estudio, y es lo que vertebra todo el discurso. Es el requisito, el meollo de la cuestión, el germen que da vida. No se trata de un algo fabricado por el predicador, sino de un concepto que fluye de la mente de Dios. Acertar en descubrirla es estar «en el secreto de Jehová» y abre la puerta a que el pueblo oiga verdaderamente la voz del Señor (Jer. 23.18, 22).

La idea central y la inspiración de las Escrituras


La predicación expositiva gira en torno al desarrollo de la idea central que surge de un pasaje bíblico. Es abrir el pasaje y exponerlo a los hermanos. Parece una noción sencilla, pero no hay concepto más importante para comunicar el mensaje de Dios con eficacia y poder espiritual. La idea central condiciona la estructura del sermón. Permite que el predicador «se aplique el cuento» a su propia vida antes de transmitir el mensaje a los hermanos. La idea central desemboca en aplicaciones precisas, variadas y relevantes. Estimula a los oyentes a maravillarse de las grandezas del amor de Dios en Cristo y responder adecuadamente, de todo corazón. Asegura que los hermanos recuerden la esencia del texto bíblico cuando se marchan de la reunión. Les invita a repasar el mismo pasaje en su propia Biblia cuando llegan a su casa.

El mensaje expositivo no es un comentario de texto en que el predicacor avance versículo por versículo, aclarando significados y lanzando exhortaciones. Tampoco se refiere a una homilía que nazca del corazón del orador, quien luego busca textos pertinentes para apuntalar su argumento preconcebido.

La idea central surge del pasaje bíblico. Se refiere a la tesis principal de la enseñanza. Es el argumento, el pensamiento principal que hay que comunicar. Es el meollo del mensaje, el corazón del discurso. Es la afirmación central que da sentido a todo el ejercicio verbal.

Sin embargo, el concepto de «idea central» no se refiere a cualquier idea central. No es una construcción del predicador, sino de Dios. Se refiere a la idea latente en el texto divino. Es la idea que el Señor tenía en mente al inspirar este pasaje bíblico en concreto, la idea que el autor humano captó y quiso expresar con palabras cuidadosamente seleccionadas. Al predicador le corresponde descubrir la idea de Dios. Sólo así habrá provecho para las almas.

Implicaciones de la inspiración

La doctrina de la inspiración afirma que Dios supervisó la redacción de las Escrituras. La palabra «inspirada» (teópneustos, 2 Ti. 3.16) significa que Dios «expiró» o «sopló» cada porción del libro sagrado. Guió los pensamientos de los autores humanos para que éstos, cada uno desde su propio temperamento y estilo, recogieran exactamente lo que el Señor quiso comunicar. La idea central procede del Señor. Refleja una verdad que sale de su mente y busca cabida en el corazón humano.

La conclusión lógica de un libro soplado por Dios es que no se puede exponer su contenido y al mismo tiempo negar las verdades fundamentales que lo constituyen. El que niegue la muerte vicaria de Jesucristo en la cruz como sustituto por los pecadores, o su resurrección de la muerte, o su segunda venida –literal, corporal, visible– adolece de la cualificación necesaria para predicar un sermón. La buena exposición no se trata de formas homiléticas sino de un fondo inamovible, que son las doctrinas esenciales.

El apóstol Pablo insiste en que las Escrituras son útiles, y de diversas maneras: para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia. Esto significa que el Espíritu de Dios tiene un propósito concreto en cada pasaje de la Biblia y que su intención variará de pasaje en pasaje. La aplicación eficaz requiere que el predicador discierna correctamente la finalidad de Dios y aplique la enseñanza conforme a esa voluntad.

Cuando el apóstol Pedro afirma que ninguna profecía es de interpretación privada (2 P. 1.20), quiere decir que no vale cualquier construcción de idea central para un sermón. Sólo es válida la idea central que recoja la esencia de lo que Dios quiso transmitir. En esta porción Pedro sigue la misma línea que Pablo, diciendo que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados (ferómenoi, «llevados») por el Espíritu Santo (2 P. 1.21). Lo que cuenta es la intención del Espíritu de Dios, que luego se refleja en la intención del autor humano.

El apóstol Pablo resalta la integridad de las palabras exactas del texto bíblico: «Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu…» (1 Co. 2.13). Las palabras del texto apuntan a la intención del autor. Le corresponde al predicador prestar atención a las palabras, a la gramática, a las figuras de dicción, y a las referencias –claras o veladas– a otras porciones de las Escrituras («la analogía de la fe», Ro. 12.6). Sólo así podrá descubrir el mensaje que Dios desea transmitir.

La naturaleza de la inspiración de las Escrituras invita al predicador a meditar en dos preguntas respecto a cada pasaje que pretende exponer. La primera es ¿Por qué el Espíritu del Señor inspiró este pasaje concretamente? ¿Qué aporta este pasaje que no aporta ningún otro? Porque las palabras del Señor son como plata purificada siete veces: no sobra nada, todo conlleva un significado exacto (Sal. 12.6).

La segunda pregunta que el predicador debe meditar es ¿A qué necesidad en la congregación es este pasaje la respuesta? Si cada Escritura es útil de alguna manera, también lo será este pasaje. La precisa aplicación a los oyentes requiere que el predicador aclare la utilidad real pensada por Dios.

La exposición de la profecía bíblica IV


Aproximación a la literatura apocalíptica

A partir de Ezequiel, aparece en Israel un nuevo formato de revelación. Dios transmite su mensaje a los profetas preexílicos como Isaías principalmente a través de palabras y visiones (s. VIII a.C.). Con Jeremías, el Señor utiliza otras ayudas visuales –basadas en objetos cotidianos– para llamar la atención del profeta y dar forma al anuncio que debe entregar (un almendro, una olla hirviendo, un cinto podrido, dos cestas de higos, una vasija rota, un yugo de madera). Dios le hace pasar por experiencias que servirán de base para su enseñanza: observar el trabajo de un alfarero, comprar un terreno, poner vino a los recabitas.

Con Ezequiel, Dios empieza a dar visiones impresionantes que sobrepasan las categorías normales del pensamiento humano. Estas visiones han dado lugar a un género de literatura que se ha venido a denominar «apocalíptica» (de apocalupsis, «revelación»), que se define como la revelación de verdades divinas a través de símbolos fantasmagóricos. He aquí algunos ejemplos que se encuentran en el cánon bíblico:[4]

  • La visión de la gloria de Dios (Ez. 1)

  • La visión del rollo comestible (Ez. 2-3)

  • La visión de las abominaciones de Jerusalén (Ez. 8-10)

  • La visión del valle de los huesos secos (Ez. 37)

  • La visión del templo futuro (Ez. 40-48)

  • La visión de la gran estatua (Dn. 2)

  • La visión de las cuatro bestias (Dn. 7)

  • La visión del carnero y el macho cabrío (Dn. 8)

  • La visión de las setenta semanas (Dn. 9)

  • La visión de los reyes del norte y del sur (Dn. 10-11)

  • La visión del fin (Dn. 12)

  • La visión de los caballos (Zac. 1)

  • La visión de los cuernos y los carpinteros (Zac. 1)

  • La visión del sumo sacerdote (Zac. 3)

  • La visión del candelabro y los olivos (Za. 4)

  • La visión del rollo volante (Zac. 5)

  • La visión de la mujer en la cesta (Zac. 5)

  • La visión de los cuatro carros (Zac. 6)

  • La visión de la coronación del sumo sacerdote (Zac. 6)

  • Todo el libro de Apocalipsis (capítulos 4 a 22)

La literatura apocalíptica empieza a partir del cautiverio en Babilonia. Parece que Dios quiere dar la información a través de visiones espectaculares para superar la tristeza y la desolación de la situación actual del pueblo de Dios. Se puede apuntar cuatro características de la literatura apocalíptica:

  1. Nueva información a la luz de una situación catastrófica. El panorama humano está lleno de desesperación en el momento cuando el profeta recibe la revelación. No hay nada que hacer, no hay solución a la vista. Dios comunica promesas de salvación o de restauración a su portavoz, para que éste a su vez las transmita al resto. Dios intervendrá con poder para hacer justicia, castigando a los opresores y rescatando a su pueblo sufriente. Muchas veces hay un intérprete angelical que explica el significado de los símbolos al profeta.

  2. Una visión de la realidad que gira en torno a la soberanía absoluta del Señor. Dios está al mando, nada se le escapa de las manos. Conduce los acontecimientos conforme a su voluntad. Lleva la historia humana hacia un desenlace que él ha preparado. El hecho de la profecía demuestra que él conoce el fin desde el principio y por ello garantiza un final feliz. El Redentor golpeará la cabeza de la serpiente; los avatares de la vida humana no pueden hacer descarrilar el proyecto de Dios.

  3. Un contraste entre un presente marcado por la persecución y un futuro lleno de esperanza. Si las fuerzas del mal triunfan de momento, esto no será así para siempre. Hay una guerra espiritual, pero Dios ganará la victoria de una manera contundente, y todo su pueblo disfrutará de un mundo nuevo lleno de justicia y de paz. Las visiones fantásticas no se limitan a anunciar la victoria de Dios, sino retratan aspectos concretos de ella, porque los detalles alimentan la esperanza.

  4. El uso de símbolos llamativos. Es la característica más notable de la literatura apocalíptica. Abundan los animales fantásticos (dragones, bestias con muchas cabezas), objetos con sentido (huesos secos que cobran vida, un rollo que vuela, candelabros de oro, estrellas en la mano de Jesús), seres celestiales indescriptibles (querubines con cuatro caras, langostas con cabello de mujer y cola de escorpión), ángeles que ejecutan labores sobrenaturales (retienen los vientos, recorren la tierra a caballo, tiran montes a la tierra, batallan en el cielo contra el diablo), y distintas representaciones del Señor Jesucristo (un cordero inmolado pero de pie, un león, un ángel gigante, un jinete montado sobre un caballo blanco). También son importante los números (siete, doce, veinticuatro, mil), los colores (blanco, negro, rojo) y los materiales (oro, plata, bronce, hierro en Dn. 2, o las piedras preciosas en Ap. 21).

Para interpretar los símbolos, es imprescindible cotejar su uso en pasajes bíblicos previos. Los símbolos de Apocalipsis se derivan del uso anterior de ellos en Ezequiel, Daniel y Zacarías. Las bestias de Apocalipsis 13 retoman las bestias de Daniel 7. Sellar a doce mil de cada tribu de Israel (Ap. 7) enlaza con Ezequiel 9, donde el ángel sale a sellar a los habitantes de Jerusalén que gimen y claman a Dios. El trasfondo de Ezequiel aclara que sellar significa librar de juicio o marcar para salvación.

Lo más importante respecto a los símbolos apocalípticos es recordar que algo significan. Comunican aspectos muy concretos que multiplican la intensidad de las verdades aludidas, precisamente para contrarrestar la tristeza que genera el momento actual que está viviendo el creyente. El intérprete no puede quedarse con un resignado «esto es difícil de comprender», o un insípido «Dios ganará la victoria», cuando los símbolos tratan de pintar en toda su viveza las características específicas de la victoria final del Señor, dando todo lujo de detalles para fortalecer el ánimo del creyente.

Si Jesucristo es el león de la tribu de Judá, esto significa que triunfará sobre todas las fuerzas del mal. Reinará de tal manera que nadie podrá desafiar su autoridad. Pero si Cristo también es el Cordero inmolado pero de pie, quiere decir que sacrificó su vida sin protestar, por amor a los suyos. En el cielo siempre se recordará el valor de ese sacrificio, que le confiere el derecho de disponer del destino de toda la creación (el libro/testamento con siete sellos). La revelación llega en un envoltorio visual para aumentar la fuerza del consuelo y para estimular a los creyentes hacia un compromiso sin reservas.

Para más información sobre la interpretación de material apocalíptico, véase el libro sobre hermenéutica de Duvall y Hays.[5]

Lejos de ser un asunto esotérico sólo para especialistas, la profecía bíblica constituye uno de los fundamentos de la vida cristiana. «En esperanza fuimos salvos», dice el apóstol Pablo. La conversión es una vuelta de los ídolos a Dios, para servirle de todo corazón y también para esperar a Jesucristo, que volverá de los cielos para recoger a los suyos (1 Tes. 1.9-10). Cristo vino la primera vez para llevar los pecados de muchos, pero aparecerá por segunda vez para salvar a los que le esperan (He. 9.28). La salvación sólo alcanzará su plenitud cuando Cristo venga a por los suyos, y una parte importante de ser cristiano consiste en esperar esa plenitud con toda el alma.

Jesús describe un mayordomo fiel y prudente que recibe la misión de dar la ración conveniente a cada miembro de la casa (Lc. 12.42-43). Será bienaventurado si el amo le encuentra ocupado en ello cuando venga. Se trata de dos cosas: una expectativa y una actividad. La expectativa del inminente retorno del Señor es lo que estimula a la actividad del servicio. Por eso, la Palabra nos insta a hablar del arrebatamiento (1 Tes. 4.18, 5.11), porque es precisamente lo que mueve al cristiano a vivir firme y constante, creciendo en la obra del Señor, porque sabe que su trabajo en el Señor no es en vano (1 Co. 15.58).

Aguardar la «esperanza bienaventurada» es lo que nos enseña a renunciar a la impiedad y los deseos mundanos para vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente (Tit. 2.12-13). La esperanza de ver a Cristo cara a cara nos mueve a purificarnos, como él es puro (1 Jn. 3.3). El apóstol Pablo insiste ante Félix que él procura guardar su conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres, porque tiene la mente llena de la esperanza de resurrección (Hch. 24.15-16). Exhorta a los creyentes en Roma a amarse unos a otros con sinceridad, porque «ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos» (Ro. 13.11).

El salmista afirma que «la exposición de tus palabras alumbra» (Sal. 119.130). Las riquezas de la esperanza profética de Jesucristo son como una antorcha que alumbra en lugar oscuro (2 P. 1.19) y por ello conviene estar atentos, tanto el que predica como el que escucha.


[4] Abundan ejemplos de literatura apocalíptica en libros extracanónicos como Enoc, La asunción de Moisés, La ascensión de Isaías, Baruc, Los salmos de Salomón, El testamento de Abraham, El apocalipsis de Moisés, El testamento de los doce patriarcas, El pastor de Hermas y otros. Sin embargo, al tratarse de libros apócrifos claramente no inspirados por Dios, no nos interesan aquí.

[5] J. Scott Duvall y J. Daniel Hays, Hermenéutica: entendiendo la Palabra de Dios, Viladecavalls: CLIE, 2008, pp. 399-410.

La exposición de la profecía bíblica III


La paciencia de los profetas, que siguen predicando a pesar del odio y el miedo que inspiran en sus vecinos, ofrece un ejemplo que el cristiano está llamado a imitar (Stg. 5.10). La esperanza de los profetas –la implantación del reino de Dios en el mundo– brilla con una nueva intensidad después de la resurrección de Jesucristo. Sobre todo, la confianza de los profetas en la eficacia del derramamiento del Espíritu –cuando algún día se produjera– inspira seguridad en el cristiano, de que tendrá ayuda del Señor y que su servicio habrá merecido la pena al final.

La exposición de los profetas aporta beneficios espirituales importantes al cristiano:

  1. Para crecer en amor a Jesucristo. La enseñanza de los profetas tiene como eje la promesa antigua de un Redentor que, sufriendo una herida, triunfaría sobre todo mal. Apuntan muchos detalles que con la debida meditación inflaman el corazón del cristiano, porque constituyen el telón de fondo de los relatos de los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento. Cristo nacería de una virgen y gobernaría sobre el mundo entero. Tendría como nombres «Emanuel», «Admirable consejero», «Dios fuerte», «Padre eterno», «Príncipe de paz», «Renuevo» e «Hijo del Hombre». Dios derramaría su espíritu sobre él, y él traería justicia a las naciones. Daría su vida, pero volvería a vivir. Sería tierno con los oprimidos y severo con los opresores. Abundan las descripciones de Cristo en su primera y su segunda venida. La contemplación de todas las descripciones de Cristo en los profetas produce el efecto descrito por el apóstol Pedro: «a quien amáis sin haberle visto» (1 P. 1.8).

  2. Para asumir las prioridades permanentes de Dios. Los profetas vuelven una y otra vez a las cualidades valoradas por el Señor. El cristiano afina su llamamiento de ser sal y luz en el mundo, repasando las inquietudes de los profetas. Ellos insisten en que la vida espiritual tiene que ser un amor a Dios que nace del corazón, y no una mera conformidad externa a los rituales estipulados. Dios insiste a través de Jeremías que su intención no era imponer ceremonias complicadas: «Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz…y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien» (Jer. 7.23). De manera similar, el Señor protesta por Isaías que «este pueblo se acerca a mi con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí…» (Is. 29.13).

    Además de una respuesta de todo corazón, era prioritario una transformación real en las personas. Si iban a ser un reino de sacerdotes, también debían ser gente santa (Ex. 19.6). Hacía falta un arrepentimiento sincero (bajo la figura de arar un campo, Jer. 4.3) y una renovación completa en el interior. Jeremías habla de una circuncisión de corazón (Jer. 4.4), Ezequías de hacer un corazón y un espíritu nuevo (Ez. 18.31). El resultado de todo ello sería justicia y juicio, el fruto deseado en la viña del Señor (Is. 5.1-7). Jesús vuelve una y otra vez a la imagen de la viña (Mt. 20-21) para resaltar la necesidad de fruto. Por eso se trabajaba en la viña, para que creciera el fruto de vida nueva en el Señor.

    Los profetas vuelven repetidamente a la necesidad de hacer el bien al prójimo. La nueva vida de Dios se traduciría en una preocupación real por los necesitados: la viuda, el huérfano, el pobre, el extranjero. «Misericordia quiero, y no sacrificio» dice el Señor a través de Oseas (Os. 6.6). Isaías niega la eficacia del ayuno religioso si no va acompañado de la justicia social: partir el pan con el hambriento, albergar a los pobres errantes en casa, cubrir al desnudo (Is. 58). El Siervo del Señor vendría para vendar a los quebrantados de corazón y para consolar a los enlutados (Is. 61.1-3).

  3. Para reforzar la esperanza en la segunda venida de Cristo. Un tema recurrente en los profetas es el reino de Dios, aquel tiempo cuando todo estará bien. El hijo de David vendrá para imponer orden en el mundo. La justicia y la paz regirán los destinos de los hombres entonces. Las naciones dejarán de fabricar armas y habrá paz, tanto entre los hombres como los animales. Dios recogerá a todos los redimidos de todo el mundo, Cristo reinará personalmente, y habrá una sanidad completa de todas las enfermedades. Los ciegos verán, los mudos cantarán, los cojos saltarán. La muerte quedará vencida para siempre y se levantará la maldición de sobre la creación material (Is. 2, 11, 25, 32, 35). Repasar estas promesas motiva al cristiano a buscar con una renovada intensidad el reino de Dios y su justicia (Mt. 6.33).

    La fuerza de la esperanza profética está en los detalles. Hay una gran diferencia entre un padre de familia que dice a sus hijos «iremos de vacaciones» y otro que lo anuncia sacando toda suerte de folletos turísticos, con fotos de lugares exóticos. Las fotos, los planos, los horarios, la reserva de hoteles: los detalles transforman una placentera –pero vaga– expectación en un intenso y ansiado deseo de delicias por venir. Así es con la segunda venida de Jesucristo. Quedarse con un «Cristo vendrá, más de eso no lo sé» puede parecer prudente, pero el efecto de este tipo de ignorancia voluntaria queda insulso. En cambio, meditar en los detalles –hasta donde se pueda– sobre un futuro que Dios ha revelado (en parte y sin concretar las fechas), sirve de poderoso revulsivo espiritual. Estimula al cristiano a la perseverancia, al servicio, al amor y a las buenas obras, a la santidad de vida, a la predicación del evangelio.

    El problema es que en la profecía suelen mezclarse distintos elementos semánticos: hay prosa histórica y también se emplea el lenguaje retórico de la poesía. No es fácil trazar una linea divisoria entre el lenguaje llano y las figuras de dicción. En una frase como «morará el lobo con el cordero», ¿debemos entender que algunos lobos y algunos corderos algún día compartirán cama? ¿Qué las fieras cambiarán de naturaleza para vivir en paz con los animales domésticos? ¿O sería mejor tomar la frase como metáfora: que personas otrora impías (o sea, como fieras) vivirán en paz algún día con los redimidos (que son como corderos)? El Nuevo Testamento afirma por un lado una transformación futura en toda la creación (Ro. 8.20-21), cosa que admitiría la posibilidad de un cambio en las fieras.[3] Pero el Nuevo Testamento también alude constantemente a los animales como emblemas de distintas clases de personas: el perro, la puerca, el buey, la víbora, el cordero. De esta manera, interpretar el texto como metáfora también puede ser correcta. Uno piensa en la visión del apóstol Pedro, donde los reptiles y las fieras en el gran lienzo apuntan a personas gentiles que aguardan su visita a casa de Cornelio, para escuchar el evangelio (Hch. 10.11-16).

    El abundante uso del lenguaje retórico en los pasajes proféticos (símil, metáfora, tipo, parábola, alegoría, metonimia) nos obliga a discernir la realidad detrás del lenguaje. Es fácil equivocarse: cuando Jesús dice que cortemos la mano o arranquemos el ojo que ofende (Mt. 5.29-30) emplea una figura (la hipérbole) para instarnos a la acción radical. Interpretar su exhortación en sentido literal haría correr ríos de sangre entre los creyentes. Pero cuando la Biblia habla de la concepción virginal de Jesucristo o de su resurrección de entre los muertos, recurre al lenguaje claro de la prosa. Interpretar estos hechos como metáforas, como siempre ha hecho la teología modernista liberal, los vacía del contenido.

    Es tan erróneo tomar las afirmaciones literales como figuras, como tomarlas como literales cuando el contexto indica que se trata de figuras. Con respecto a la profecía, nos sirve de orientación examinar cómo se cumplieron las profecías acerca de la primera venida de Cristo. La manera en que ellas se cumplieron (literalmente o figuradamente) podría darnos indicios de cómo el Señor quiere que interpretemos las profecías que tratan de la segunda venida y el reino de Dios.

  4. Para descansar en la soberanía de Dios. Los profetas anuncian juicio sobre la nación de Israel, primero a manos de los asirios y después de los babilonios. También habrá juicio para las naciones vecinas de Israel: Filistea, Moab, Amón, Edom, Siria, Egipto, Tiro. En cada caso, el juicio se ajusta a los atropellos específicos de cada pueblo. Muchas veces se anuncia el número exacto de años, hasta que empiece o hasta que termine el juicio (Is. 7.8, 16.14, 23.15; Jer. 29.10). Son cifras que se cumplen literalmente. El Señor ejerce su control sobre los grandes imperios, ordenando la victoria de los medos y persas sobre Babilonia, por ejemplo, para facilitar la liberación de los exiliados hebreos. En cada momento se aprecia un Dios soberano, que anuncia el final desde el principio y que mueve las circunstancias para que su voluntad se cumpla. Una correcta visión de la providencia del Señor aporta tranquilidad al corazón del cristiano, como también aviva un sano temor del Dios que ha de juzgar a todos algún día.

    La profecía acredita a los portavoces legítimos del Señor. Los ídolos no conocen el futuro, pero Dios sí. Ordena los pasos del hombre sin violentar su libertad ni provocar su pecado. De este modo, el pequeño remanente –pobres y débiles en este mundo– sabe que el Señor, cual poderoso guerrero, vela por sus intereses. Pone límites a la maldad de los malos y emplea el pecado de ellos –libremente elegido– para cumplir sus propósitos en el mundo y en la vida de los redimidos.

  5. Para comprender el fracaso del moralismo. Los profetas ejercen su ministerio en medio de la decadencia del pueblo de Dios. Después de la apostasía de Salomón y la rebelión bajo Jeroboam, las diez tribus del norte sufren de una gangrena espiritual a causa del culto a los becerros en Betel y Dan. Pero el pacto de Sinaí no resulta suficiente para garantizar la fidelidad de reino de Judá tampoco. El tiempo demuestra que la mera exposición de la voluntad de Dios no sirve para avivar una espiritualidad verdadera en el pueblo elegido. Dar leyes y exigir su cumplimiento, so pena de castigo, no produce amor a Dios, ni amor al prójimo, ni una transformación de carácter. El fallo no es del Señor sino se debe a las limitaciones de la condición humana. La justicia humana es como trapo de inmundicia. No hay ni una sola persona justa que busque a Dios, que se ponga en la brecha. El predicador que medita en esto recuerda que la exhortación moralista nunca será suficiente para producir cambios en las personas. Sólo Cristo puede lograr la transformación. Sólo su Espíritu será adecuado para generar amor a Dios y lealtad a su voluntad.

  6. Para valorar el poder transformador del nuevo pacto. En contraste con el fracaso moral del pueblo, Dios promete derramar su Espíritu (Is. 32.15, 44.3). Haría un pacto nuevo, que supondría el perdón completo de los pecados, una transformación del corazón de cada uno y la implantación de su Espíritu, también en el corazón (Jer. 31.31-34, Ez. 36.25-27). El Espíritu impartiría una profunda comprensión de la ley del Señor, junto con la fuerza para llevarla a cabo (bajo la figura de una ley escrita en el corazón). La esperanza del don del Espíritu informa la predicación de Juan el Bautista. La conversación de Jesús con Nicodemo demuestra que el don del Espíritu tenía que ser el eje de toda la enseñanza rabínica: «¿Eres tú el maestro de Israel, y no sabes esto?» (Jn. 3.10). Asumir la confianza con que los profetas anticipan el don del Espíritu recuerda al cristiano que todo su ministerio debe fundamentarse en el nuevo pacto (2 Co. 3).

  7. Para proseguir con paciencia la tarea de ser profeta en esta generación. Jesús indica claramente que sus discípulos son y serán profetas (en el sentido secundario antes aludido). Tomarán el testigo de los profetas de la antigüedad, continuando con un ministerio de predicación, acercando las promesas de salvación a las personas. Isaías y Jeremías se angustian por el poco fruto de su labor. Ezequiel descubre que el Señor le abre la boca para predicar en muy contadas ocasiones. Daniel dedica muchos años a la administración civil en la corte pagana, dando una palabra del Señor cuando la ocasión lo requiere. Todos los profetas dan ejemplo de paciencia en medio de incontables dificultades. Esto inspira al cristiano a hacer lo mismo para cumplir con su llamamiento de ser portavoz de Dios en su generación. «Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. He aquí tenemos por bienaventurados a los que sufren…» (Stg. 5.11).


[3] Otro detalle sería que el león comerá paja como el buey (Is. 11.7). El que plantea la imposibilidad fisiológica de ello debe recordar que si Dios puede hacer que una virgen conciba o que un muerto resucite, este tipo de metamorfosis en el reino animal no debe ser problema.

La exposición de la profecía bíblica I


Uno de los compromisos que hemos asumido en el Taller de Predicación es ofrecer ayuda para la sana exposición de los distintos géneros de literatura que se encuentran en la revelación bíblica. Hemos tratado de aclarar cómo abrir las epístolas del Nuevo Testamento para dar alimento espiritual a las congregaciones. Luego hemos abordado la narrativa y la poesía del Antiguo Testamento y después los evangelios, con una aproximación a algunos aspectos especiales como las parábolas de Jesús. Nuestro deseo ha sido estimular la destreza exegética y homilética –a través de los círculos de predicadores– con el fin de transmitir el mensaje de Dios con la máxima fidelidad, pertinencia y claridad.

Queda pendiente un género de la literatura bíblica que representa un desafío especial: la profecía. Por un lado tenemos el hecho evidente de que 25% de la Biblia es profecía[2], pero por otro constatamos los muchos factores que a veces dificultan un tratamiento adecuado de la profecía en la iglesia local. Ha habido excesos en el manejo de la doctrina sobre las últimas cosas, hasta el punto de que la escatología a veces parece un imán para desequilibrados. Algunos se apresuran a fijar fechas para el arrebatamiento o la segunda venida, otros abusan de la profecía para fomentar el miedo y manipular a los creyentes. En Internet se aprecia la cantidad de iluminados que avasallan a sus seguidores avivando la histeria escatológica.

Algunos cotejan las noticias del día para buscar la confirmación del cumplimiento de las profecías, elaborando una lista de los países que han de participar en la batalla de Gog y Magog, buscando indicios de que los gobiernos están preparando una marca (¿código de barras? ¿microchip?) para la mano o la frente de todos para llevar un control económico mundial, sumando terremotos para demostrar que la venida del Señor está cerca, o especulando sobre la identidad del Anticristo. Tanto afán de sensacionalismo acaba desplazando la piedad personal como motor principal de la vida cristiana. Otros se enzarzan en agrios debates sobre puntos oscuros, dejando al lado el fragante olor del conocimiento de Cristo.

Frente a tales desmanes, no pocos cristianos se han refugiado en una especie de agnosticismo escatológico: «lo único que tengo claro es que Jesucristo volverá, y con eso me conformo». Si los teólogos no se ponen de acuerdo, ¿qué hará el creyente de a pie? De todas maneras, ¿no es más importante la fe y la obediencia? ¿No ha dicho el Señor que lo único que busca es que hagamos justicia, amemos la misericordia y nos humillemos ante nuestro Dios (Mi. 6.8)?

El problema es que allí quedan los pasajes proféticos, y la mayoría de ellos esperan un cumplimiento futuro. Jesús promete a los suyos que cuando viniera el Espíritu de verdad, les guiaría a toda la verdad y les harían saber las cosas que habrán de venir (Jn. 16.13) Por algún motivo el Señor ha dado la información. Su intención es consolar a los suyos, estimularlos al amor y a las buenas obras, no sembrar confusión y angustia. Si toda la Palabra es inspirada y útil, entonces de alguna manera toda ella debe ser predicada en la congregación.

Por este motivo, quisiéramos proponer algunas consideraciones para ayudar en la exposición de la profecía bíblica. No aspiramos a resolver todos los enigmas, y tampoco pretendemos sentar cátedra respecto al esquema escatológico más adecuado. Sólo esperamos aportar un poquito de luz, para animar a los predicadores a exponer los pasajes proféticos con valentía pero también con cordura, para el provecho espiritual de los hermanos.

El fundamento de la profecía bíblica

«En esperanza fuimos salvos», dice el apóstol (Ro. 8.24). La esencia de la buena noticia de Dios consiste en algo que él ha prometido llevar a cabo unilteralmente. Con el primer anuncio del evangelio (Gn. 3.15), el Señor informa a Adán y Eva que alguien («la simiente de la mujer») vendrá para superar la catástrofe del pecado. Con una frase dirigida a la serpiente, «él te golpeará en la cabeza», el Señor afirma que el Redentor deshará todo el entuerto del mal, en todas sus manifestaciones. Esta gran promesa constituye la base de todas las profecías posteriores y hace que todas las Escrituras se conviertan en profecía, ya que todas ellas tratan –en un sentido u otro– distintas facetas de la victoria completa sobre todo mal.

Se podría hacer un desglose de los aspectos inherentes a la promesa del evangelio. Todos ellos conllevan una proyección futura:

  • Palabra y fe: Dios anuncia lo que va a hacer, al hombre le toca creer la promesa simplemente. Habrá que vivir por fe todos los días: esperando en Cristo, dependiendo de Cristo, viviendo para agradar a Cristo. Con el paso del tiempo, los profetas irán añadiendo más y más detalles para sustentar la fe los creyentes.

  • Ritual y mirada a Cristo: Dios instituye el principio del sacrificio, la primera de muchas ayudas visuales que dirigen la mirada de fe hacia la persona y la obra de Jesucristo. Las instituciones de Israel, con el ritual del tabernáculo y el holocausto diario en el centro, servirán para anunciar la persona y la obra de Cristo.

  • Justificación y nuevo comienzo: Dios viste a Adán y Eva de pieles, en señal de que la muerte del sustituto –el mensaje del sacrificio del cordero– cubrirá su pecado. No han muerto por su pecado, sino seguirán vivos por la promesa del Redentor. Ahora deberán replantear su manera de desenvolverse en el mundo en función de una comunión con Dios restaurada.

  • Aflicción y paciencia: La pareja queda expulsada del huerto; la consumación de la promesa tardará un tiempo hasta que llegue el Redentor. Los creyentes deben tener paciencia mientras lidian con todos los sinsabores de un mundo sujeto a vanidad. Las aflicciones de la vida serán necesarias para empujar a las personas hacia Cristo.

  • Sustento y dependencia: Si el Redentor ha de superar todos los efectos del pecado, entonces dará sustento a los suyos hasta la consumación. Habrá ayuda en medio de un mundo hostil. Los creyentes tendrán que depender de ello por medio de la oración y la fe. Dios moverá las circunstancias a favor de los suyos, y Cristo será un sacerdote mediador dando gracia en el alma. Con el tiempo, queda claro que esa gracia se concreta en el don del Espíritu Santo, con todas sus benéficas influencias.

  • Conflicto y valentía: La serpiente sigue presente, también su descendencia. Habrá un conflicto permanente, tanto espiritual como físico. Hará falta valentía para pelear la buena batalla de la fe. Habrá que predicar el evangelio y hacer el bien, siendo como sal y luz en un mundo sujeto a corrupción y tinieblas. Además de anunciar la promesa de Cristo, habrá que luchar para formar a otros en madurez cristiana.

  • Señorío y obediencia: El Señor que ha dado la promesa de que enviará al Redentor y que proporcionará ayuda para seguir viviendo en este mundo caído. Esta realidad debe provocar una respuesta de sujeción y lealtad en el creyente. La postura básica de su corazón es la de un siervo ante su Señor, entregando su vida para bendecir a otros, en todos los sentidos.

  • Sufrimiento y fruto: Si el Redentor ha de sufrir para ganar la victoria espiritual (la herida en el talón), a los creyentes les tocará algo parecido. El sufrimiento –dentro de la voluntad de Dios– será precisamente lo que producirá cambios, tanto en la persona como en otros que reciban su testimonio, como el grano de trigo que cae en tierra para luego dar mucho fruto.

  • Transformación y amor: Creer la promesa implicará el reencuentro amoroso entre el hombre y la mujer («se llamará “Eva”, madre de los vivientes»). En vez de culparse mutuamente, se unirán para tener descendencia. El odio, como el de Caín hacia su hermano, quedará superado. Recuperar el amor, superando la desconfianza y el egoísmo, será el objetivo de la redención.

  • Consumación y búsqueda: El desenlace final llegará cuando el Redentor haya superado todas las consecuencias de la Caída en toda la tierra. Habrá una resurrección y la regeneración de toda la creación. Esa consumación será objeto de todo el deseo del creyente, aunque en esta vida tenga que volver al polvo del cual fue tomado.

(continuará)


[2] La cifra se refiere a los libros que se llaman «proféticos», como profetas mayores, profetas menores y Apocalipsis, aunque abundan pasajes proféticos en muchos otros libros de las Escrituras.

Esencia de la predicación expositiva: Un repaso visual


A veces la imagen sirve para afianzar las cosas en la mente. Si es cierto que para algunas cosas una imagen vale más que mil palabras, entonces lo que sigue podría ayudarnos a recordar en qué consiste la predicación expositiva.

Primero, es un tipo de discurso que surge de la Palabra de Dios. La predicación difiere de cualquier otro tipo de conferencia, en que representa el intento de transmitir algo que Dios ya ha dejado plasamado en el libro sagrado. El predicador «entra en el secreto de Jehová» para recibir un mensaje para el pueblo (Jer. 23.22), escucha el ruido del Señor para luego profetizar (Am. 3.8). Es recibir panes y peces de Jesucristo, para luego repartir el alimento entre el pueblo.

Esto significa que el predicador no empieza con una idea en la mente, buscando después algún texto bíblico que pudiera apoyar su idea. No se trata de forzar la Palabra, metiendo nociones preconcebidas con calzador, para que les Escrituras parezcan avalar el criterio personal del predicador. Más bien es cuestión de discernir lo que Dios quiere comunicar a través de un pasaje determinado y hacer que ese mensaje divino llegue a los corazones.

En segundo lugar, se trata de un mensaje que el predicador aplica primero a su propia vida. La enseñanza principal del pasaje bíblico tiene que pasar por la experiencia del expositor, produciendo cambios verdaderos, antes de que entregue esa enseñanza a los demás. Si la verdad no me ha tocado, no tengo mensaje para otros. El predicador es como un árbol que absorbe agua de vida por las raíces, la incorpora en la savia que cursa en el tronco y las ramas, y luego se desprende de las hojas mediante la evaporación. El apóstol dice a Timoteo: «ocúpate en estas cosas… para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos» (1 Ti. 4.15).

En tercer lugar, la exposición de un pasaje bíblico siempre debe girar en torno a una idea central. Cada párrafo de las Escrituras desarrolla una tesis, un concepto, un argumento. Así funciona tanto el discurso hablado como la literatura. Así está hecha la mente humana.

Plantear la necesidad de una idea central no es optar por un modelo posible entre muchos; es el único modelo viable, porque así funciona el pensamiento humano, que a su vez responde a la imagen de Dios en el hombre. Si un predicador hace un comentario de texto, sin abrir para los oyentes la idea detrás que aglutina todos los detalles, entonces los hermanos se marcharán sin recordar nada de lo que se ha dicho. Habrán recibido doce cestas de fragmentos, pero sin nada memorable ni aplicable a sus vidas.

No sólo resulta imprescindible una idea central (como el descansillo en lo alto de la escalera), sino también una progresión lógica para exponerla. Habrá un bosquejo, una serie de puntos relacionados entre sí (como los peldaños de la escalera), que desarrollan el concepto latente en el texto bíblico. El número de puntos variará según el texto en cuestión, en ese aspecto no hay una regla fija.

Por último, el predicador siempre se preguntará qué querrá hacer el Señor en la vida de los oyentes a través de este pasaje. ¿Qué pretende Dios? ¿Qué espera que ocurra en el corazón de los hermanos, por el hecho de haber escuchado esta exposición? Es como apuntar a una diana: cada mensaje expositivo debe tener un propósito, y el predicador hará bien en aclararlo en su propia mente antes de empezar.

Estos cuatro aspectos de la predicación expositiva son fundamentales e impepinables. No son optativos. No hay otro modelo de la predicación legítimo, si lo que buscamos es llevar el mensaje divino a los corazones para que las personas sean transformadas a la imagen de Jesucristo.

¿En qué consiste la predicación bíblica? – La diferencia entre exégesis y exposición

Michael Diduit, What is Biblical Preaching? Exegesis vs. Exposition, Trad. Esteban Rodemann, Blog The Exchange, (sitio web de Christianity Today), comentario posteado el 13 de marzo de 2017, consultado el 30 de mayo de 2017, http://www.christianitytoday.com/edstetzer/2017/march/biblical-preaching-duduit.html.


La mayoría de los pastores de iglesia se consideran predicadores bíblicos. Amamos la Palabra de Dios y reconocemos su autoridad. Muy pocos pastores discutirían la importancia de asignar a las Escrituras el papel preeminente en nuestra proclamación. Pero ¿qué queremos decir cuando usamos el término «bíblica» para caracterizar nuestra predicación?

Mi sentir es que la mayoría de los que describen sus sermones como «bíblicos» quieren decir que su mensaje analiza y explica un texto concreto. Aunque pueden variar las definiciones de «exposición», la mayoría de los pastores dirían que un sermón debe basarse en y reflejar fielmente el texto bíblico.

Sin embargo, muchos predicadores confunden exégesis y exposición. No se dan cuanta de que exégesis es lo que hacemos para prepararnos para la exposición, pero no es la exposición en sí. Escucho demasiados sermones que consisten en la exhibición de una sana exégesis, pero no una auténtica exposición del pasaje.

Mientras la exégesis consiste en el análisis de la porción bíblica –su lenguaje, la gramática, el trasfondo histórico y cultural– con el fin de aclarar el significado, la exposición bíblica trata de abrir el texto para que los oyentes comprendan tanto el significado como sus implicaciones para la vida diaria. Como comenta Spurgeon, «La gente del mercado no puede aprender la jerga de la academia, así que las personas de la academia deben aprender el idioma del mercado. Por tanto la tarea principal del predicador llega a ser la traducción de un lenguaje a otro.»

«Traducción» define la exposición verdadera. La exposición consiste en recoger los resultados de nuestro estudio exegético y reconfigurarlos para facilitar la comprensión. Es moldear el mensaje para que todos capten las verdades bíblicas y reconozcan cómo aplicarlas a su experiencia diaria.

Haciendo exégesis para captar el significado del texto bíblico, como preparación para la predicación, uno descubre un montón de información sobre el trasfondo histórico del relato bíblico, las cuestiones gramáticas, los asuntos hermenéuticos y demás. Si el estudio ha sido exhaustivo, uno podría disertar durante horas sobre todos los detalles del texto bíblico; por ello, una de las tareas más urgentes es hacer la criba, o sea, podar y editar el texto. Un buen cocinero no lleva a la mesa todos los materiales del fogón que ha usado para preparar un plato estrella; más bien selecciona entre ellos, para que la presentación sea lo más agradable posible para los comensales.

De la misma manera, la tarea del predicador es analizar y comprender el significado y la intención del texto bíblico para dedicarse a una labor de traducción, dando forma a un mensaje que ayude al oyente a comprender los puntos esenciales y discernir cómo esas verdades podrían generar algún cambio en su vida. La exposición edifica sobre la exégesis, pero tiene que ser mucho más que la simple presentación de los resultados del estudio exegético. Debe aclarar e ilustrar la enseñanza bíblica y cómo ésta se aplica a nuestra experiencia real.

¿Te parece poco bíblico esto? Si es así, podría incomodarte la clase de predicación que encontramos en las Escrituras. Casi todos los sermones del Nuevo Testamento –desde la enseñanza de Jesús en el Sermón del Monte hasta el discurso de Pablo a los ancianos en Antioquía de Pisidia– vemos un estilo de predicación dominado por la aplicación. Cuando Pablo se dirige a su discípulo Timoteo acerca de la predicación, resume la tarea con estas palabras: «Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Ti. 4.2). Esos tres imperativos –redarguye, reprende, exhorta– claramente son aplicacionales. Invitan a un estilo de predicación que aplica la verdad de la palabra de Dios a la vida de los oyentes.

Así captamos el propósito de la predicación. Predicamos las Escrituras por el mismo motivo que Dios las dio: para madurar y capacitar a los creyentes, para llamarlos a arrepentirse, a responder, a obedecer. En otras palabras, la aplicación no es un elemento periférico de la predicación. No es una tarea más entre varias. La aplicación constituye precisamente el meollo de la misión homilética.

La aplicación en la predicación toma el principio vital que se encuentra en el texto bíblico y construye un puente entre el contexto antiguo y la situación actual. No estoy planteando que nuestros sermones debe llevar alguna aplicación; esto se da por sentado. Lo que estoy pidiendo es que reconozcamos que la aplicación es el propósito y el fundamento de toda predicación de la palabra de Dios. Una comprensión moldeada bíblicamente, acerca de la naturaleza de la predicación expositiva, es que consiste en la aplicación ungida del texto bíblico a la vida de los oyentes.

No podemos quedarnos con una visión de la predicación como si fuera el mero análisis del texto bíblico con alguna aplicación añadida al final. Mas bien debemos entender que el sermón expositivo es la aplicación de un principio bíblico extraído de un texto bíblico. No predicamos para hacer que los hermanos sean mejores estudiantes de la Biblia; exponemos la Biblia para que nuestros oyentes comprendan cómo el Señor propone que incorporen la verdad bíblica a su andar diario.

Esto no significa que nos dediquemos a preparar sermones de tipo «Diez pasos hacia una vida feliz», anclados apenas en algún versículo bíblico. Significa enfocar nuestra tarea como predicadores desde otra óptica: no como profesores de paraninfo impartiendo lecciones teóricas, sino como pastores y compañeros en la lucha de la vida, que tratan de desempaquetar el texto para vislumbrar qué quiere el Señor que hagamos con esta verdad que tenemos por delante. Este tipo de sermones harán un impacto en las situaciones reales de la vida, sin duda, pero también serán profundamente teológicos si somos fieles al texto. Tratarán sobre la naturaleza de Dios, el significado de la gracia, la obra del Espíritu, y tantas cosas más.

La Biblia es la verdad revelada de Dios por medio de verdades doctrinales y aplicacionales. Si hemos de ser fieles a nuestro llamamiento, hace falta reconocer que no hemos sido llamados a transmitir información sino a transformar vidas por la unción del Espíritu Santo, mientras él nos capacita a predicar la Palabra con poder. Como dice David Jeremiah, «La gente no necesita un juego de apuntes sino una visión de cómo la Palabra de Dios podría trabajar en sus vidas».

El Sermón – ¿especie en peligro de extinción?


“¿Cuál podrá ser el futuro del sermón en el siglo XXI? Si comparamos los sermones que se escuchan regularmente en nuestras iglesias locales con los nuevos y excitantes medios audiovisuales disponibles hoy, veremos que el sermón está en peligro…. El sermón tradicional recalca la autoridad de la persona que predica, ya que parte de una idea que la audiencia debe aceptar como «verdad». Los oyentes deben aceptar como ciertas las aseveraciones de quien predica. Esto implica que la congregación no tiene espacio para disentir”.

Pablo A. Jiménez en su libro La predicación en el siglo XXI (CLIE, 2009).

El autor recoge dos de las críticas que hace el mundo postmoderno a la predicación, por lo menos la tradicional: que no comunica de forma tan eficaz como los medios audiovisuales y que es autoritaria. Aunque expresadas en lenguaje muy actual la realidad es que no son del todo nuevas. Pero ¿qué tienen de ciertas? ¿Estamos obligados a concluir que a la predicación Bíblica le quedan solo unos cuantos telediarios?

Empezando por la segunda objeción, sí debemos admitir en seguida que una de las razones que el mundo rechaza la predicación es porque ha escuchado muchas malas predicaciones, y en concreto muchas malas predicaciones autoritarias. De tal modo que el diccionario Larousse da como sinónimo de predicar “sermonear” y la Real Academia Española entre otras alternativas da esta definición de predicar: “reprender agriamente a alguien de un vicio o defecto”. Si esto es a lo que nos referimos por un “sermón” entonces Jiménez tiene razón. El mundo rechaza esto “¡y con razón!”.

Desgraciadamente es demasiado frecuente que predicadores de forma consciente o inconsciente proclamen sus propias opiniones (y críticas de los demás) en vez del mensaje de la Biblia. Pero en la visión de las Escrituras la autoridad no reside en la persona del predicador sino en el mensaje de la Palabra de Dios que se tiene que transmitir. Dios si tiene autoridad para decirnos lo que debemos hacer. Su palabra escrita sí tiene autoridad para dirigirnos en un mundo oscuro, cruel y confuso.

Hace ya dos siglos el ministro Anglicano Charles Simeon escribió estas palabras ponderadas: “Si el predicador predica lo que está bien fundado en las Escrituras entonces su palabra en la medida que está acorde con la mente de Dios debe ser considerada como la palabra de Dios”. Notemos las dos condiciones que establece. Únicamente si el predicador dice lo que está bien fundamentado en la palabra escrita de Dios y refleja bien la mente de Dios (expresada en el mensaje de la Biblia como un todo) entonces – y solo entonces- se podrá decir que lo que dice el predicador es lo que dice Dios.

¿Es necesariamente autoritario que esa comunicación venga en forma de monólogo? No necesariamente. Hay monólogos donde el predicador, habiendo estudiado a fondo sus oyentes, anticipa lo que van a responder o pensar ante distintas afirmaciones y va respondiendo a ellas. Por lo que un buen mensaje contendrá elementos de dialogo. Hay por contra diálogos de sordos que no son más que dos monólogos interrumpidos en la que ninguno realmente escucha lo que dice el otro. No es la forma que determina si una predicación es autoritaria o no, sino la fuente del mensaje, su contenido y la actitud del predicador.

¿Qué diremos de la otra objeción mencionada por Jiménez? Todos hemos escuchado hasta la saciedad la frase “una imagen vale más que mil palabras”.Si estamos intentando describir un paisaje probablemente sea cierto pero ¿es verdad siempre? Haddon Robinson en su libro La Predicación Bíblica (Logoi, 2000) pone por ejemplo el intentar plasmar en una sola imagen las más o menos 30 palabras (según la versión) de Juan 3:16. ¿Nos parece que se puede plasmar en una sola imagen todo el contenido teológico de esa oración? … Son solo 30 palabras. No debemos sobre-valorar la imagen ni infra-valorar la palabra. Cada una tiene su función. Dios se ha revelado en hechos históricos visibles pero estas las ha explicado en palabras. Lo visible atrae nuestra atención, ilustra y respalda lo que se comunica. Pero sin palabras todo quedaría ambiguo, incierto, presto a múltiples interpretaciones sin la exactitud y la aclaración que únicamente se puede obtener usando palabras.

El siglo XXI no es el primer siglo enamorado de la imagen. También lo fue el mundo del oriente cercano cuando Dios se reveló a Israel en el monte Sinaí. Pero Dios les recalca (por medio de la palabras de un predicador): “Entonces Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; oísteis la voz de sus palabras, pero a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis” (Deut 4:12). La sociedad Greco-Romana también estaba enamorada de la imagen pero el apóstol Pablo escribe a unos de los primeros Cristianos “nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente sino también en poder” (1 Tes 1:5). No en palabras solamente ¡pero tampoco sin palabras! Llegó por medio de palabras pronunciadas y acompañadas por el poder del Espíritu Santo.

Hay razones por creer que la buena predicación todavía seguirá. La razón más básica por creer que la predicación no se extinguirá es que la predicación es idea de Dios y Él es que levanta predicadores. El ha escogido este método como vía principal para edificar su iglesia. ¿Porqué? Una respuesta es que así Dios salvaguarda su propia gloria. “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación… de Cristo crucificado… a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Cor 1:21..29). En un librito The Priority of Preaching Christopher Ash también sugiere otra razón por la que Dios ha escogido la predicación como método principal de comunicación. El sugiere que lo que distingue la predicación de otros métodos incluso de otras basadas en la palabra de Dios como podrían ser grupos de estudio Bíblico es que ante la predicación todos somos iguales. El escuchar una predicación no depende de nuestra formación ni nuestra capacidad de analizar un texto. La predicación no es la única via que tiene Dios de bendecir a su pueblo pero si es la principal.

Si es verdad que la predicación humilde pero convencida de la palabra escrita de Dios es el método principal de Dios para edificar su iglesia, entonces veremos que la predicación tiene sorprendente capacidad de adaptación y supervivencia. ¿No dijo Cristo que edificaría su iglesia? Las especies que sí pueden estar en peligro son las iglesias malnutridas con una dieta de mala predicación o las otras que pierden su apetito de escuchar la palabra de Dios.

Este artículo también aparece en http://www.thegospelcoalition.org/blogs/espanol

La Dieta Saludable de las Iglesias


En los últimos años se nos ha estado inculcando la idea de que es necesario para que una dieta sea saludable que se respete el equilibrio y las proporciones adecuadas. Hay alimentos que comeremos todos los días como el pan, el arroz o las verduras. Otros los comeremos con frecuencia pero en menos cantidad, como la carne. Y hay otros como los dulces que se pueden incluir para añadir interés y variedad a la dieta pero solo de vez en cuando.

De la misma manera en el ministerio de la predicación en la iglesia local es bueno que haya cierta variedad. Una presentación monótona no abre el apetito. Pero además debemos respetar el que hay cierto alimento que debe ser continuo, el de todos los domingos, mientras que otros elementos se deberán incluir solo de vez en cuando. La postura que defiende este artículo es la siguiente. Las predicaciones que se centran en una biografía de un personaje Bíblico o los mensajes temáticos son los elementos que se pueden incluir de vez en cuando para que haya variedad. Pero la dieta estándar de todos los domingos debe ser la exposición de pasajes Bíblicos. Es más podemos todavía concretar más. La dieta saludable es la serie de exposiciones de pasajes consecutivos. O sea que domingo tras domingo se vaya explicando y aplicando el mensaje de pasajes de un mismo libro Bíblico.

¿Porqué debe ser así? Se pueden dar muchas respuestas diferentes. Christopher Ash en el apéndice de su librito The Priority of Preaching da siete razones. Richard Mayhue da nada menos que 15 en su capítulo Rediscovering Expository Preaching en el libro de ensayos del mismo título. Aquí daremos 8.

La predicación expositiva y sobre todo la serie de exposiciones Bíblicas …

Permite que sea Dios el que marque la pauta

En la predicación expositiva nos marcamos como objetivo prioritario el descubrir y exponer lo que quiso Dios decir en y a través de determinado pasaje. No venimos al texto con un tema ya en mente que creemos se tratará allí. Empieza con el texto de la Palabra de Dios y se esmera en entender cuál fue la intención del primer autor – tanto el autor humano como el divino que supervisó su labor literaria.

En su mejor versión la predicación temática intentará también estudiar con seriedad los distintos textos que tocará. Pero siempre va a estar abierto a la pregunta ¿por qué estos pasajes? Por ejemplo ¿por qué tratar estos 3 aspectos del matrimonio y no otros 3 diferentes? Y la respuesta es que al predicador le han parecido los más interesantes o relevantes o importantes. En la predicación expositiva también trataremos el matrimonio, por ejemplo cuando prediquemos una serie sobre Efesios toparemos con el capítulo 5. Pero al exponer el tema en el contexto de una serie así lo haremos guiados por los aspectos que Dios quiso agrupar juntos en un mismo contexto.

Facilita el respetar el contexto del texto

Una de las objeciones a la predicación expositiva es que requiere demasiado esfuerzo el estudiar a fondo los detalles del pasaje. Pero una predicación temática que toca tres pasajes diferentes requiere del predicador que estudie a fondo el contexto histórico de tres pasajes; o sea tiene que hacer tres veces más trabajo de estudio previo… ¡a no ser que el predicador se salte su obligación de hacer ese estudio! Pero entonces correrá el grave peligro de sacar el texto de su contexto y utilizarlo con un fin diferente al que la ha dado Dios. Además a la hora de predicar, en una serie expositiva no tendremos que hablar mucho del contexto histórico si ya lo hemos tratado en las exposiciones anteriores, mientras que en un mensaje temático deberíamos por lo menos mencionar los distintos contextos de cada pasaje.

Respeta la forma que Dios le dio a la Biblia: libros, no textos aislados

Debemos preguntarnos si no hay un libro en la Biblia llamada la vida de Pedro ¿por qué no? En la sabiduría de Dios y bajo la soberana guía del Espíritu Santo, Él nos ha dado 66 libros distintos entre sí, no 31,103 versículos aislados. Tampoco nos dio una Biblia tipo enciclopedia compuesto de una serie de artículos temáticos organizada de forma alfabética : Alegría; Amor… Dios ha tenido sus razones al darle a la palabra la forma que tiene. La predicación expositiva se esfuerza en poder contestar la pregunta ¿por qué tenemos este pasaje y este libro en la Biblia?

Enseña a la congregación cómo leer y usar la Biblia

La serie de exposiciones Bíblicas es la forma de predicación que mejor enseña a los oyentes como pueden ellos mismos alimentarse de la palabra de Dios. De forma natural les va ayudando a entender el contexto histórico y cultural de distintas partes de la palabra de Dios. Además va tendiendo el puente de aplicación desde distintos géneros Bíblicos a la situación actual. ¡Es mucho mejor enseñar a pescar que solo dar un pescado a la semana!

Evita que nos ciñamos a nuestros temas o pasajes favoritos

El gran peligro de ir seleccionando textos aislados de domingo en domingo es que de forma inconsciente podemos ir escogiendo textos que nos interesan a nosotros. Si somos hombres casados con hijos quizás prediquemos continuamente sobre la familia. Si tenemos don de evangelista quizás siempre estemos exhortando a la congregación a esforzarse más en la evangelización. Pablo pudo decir al concluir su ministerio en Éfeso que había declarado todo el consejo de Dios.

Obliga a predicar los pasajes difíciles

Sin duda hay pasajes muy difíciles en la escritura. Lo pueden ser por el género literario, como ciertos pasajes apocalípticos. La dificultad puede ser la doctrina que contiene que choca con la sensibilidad de la audiencia. Si vamos predicando textos aislados o series temáticas ¿cuándo llegaremos a predicar sobre los textos que nos parecen los más complicados? Sin darnos cuenta vamos creando un canon dentro del canon – pero entonces dejaremos de lado ciertas doctrinas que Dios ha querido que se enseñen y proclamen.

Da autoridad al predicador

Tarde o temprano es probable que cada predicador sea acusado de predicar algo con intención de señalar a alguien en concreto. Es verdad que esto es un peligro que acecha a cada predicador. Oramos que el mensaje llegue a los corazones de los oyentes, pero es un abuso del púlpito el atacar a alguien de forma personalizada. Por carácter hay predicadores que se sienten atraídos a los pasajes polémicos, otros los esquivarán. La mejor defensa contra estos dos peligros opuestos es la misma: la serie de predicaciones expositivas. Entonces la respuesta a la pregunta ¿Por qué has predicado hoy sobre el capítulo 3? será sencilla… Porque viene después del capítulo 2 que estudiamos el domingo pasado. Esto significa que tanto la congregación como el predicador mismo sean protegidos en mayor medida contra la selección sesgada de temas o textos. Como consecuencia el predicador tiene mayor autoridad al abordar temas espinosos porque está siendo fiel al mensaje, sea popular o no.

Imparte variedad de contenido y de forma

La predicación expositiva a veces tiene la mala fama de ser aburrida. Es verdad que en manos de algunos puede ser un tostón, sobre todo si la introducción es algo así Hermanos, la semana pasada llegamos al versículo 22 del capítulo 9 de la Epístola a los Hebreos y hoy empezamos con el versículo 23… Pero no tiene ni debe ser así. El retomar una serie de predicaciones sobre Hebreos ¡no exime al predicador del trabajo arduo de meditar bien la aplicación ni de buscar una buena introducción que capte el interés! Bien practicada lo curioso del caso es que la predicación expositiva no resta sino imparte variedad a la presentación. No se debe predicar de la misma manera cuando estemos exponiendo un episodio dramático de la vida de David en 2 Samuel como cuando estemos exponiendo los refranes y dichos memorables recogidos en el libro de Proverbios. Respetar la diferencia de género debe impartir también una diferencia de presentación del mensaje.

Por lo tanto, para mantener una variedad en nuestra presentación y una autoridad en nuestra predicación es necesario comprometernos con la exposición de la palabra de Dios, y en especial con las series de exposiciones. Resulta que la dieta equilibrada además de saludable a la larga es la más apetecible.

Este artículo también aparece en www.thegospelcoalition.org/blogs/espanol

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Diagnosis de la Aplicación: Seis Problemas


  1. Aburrimiento producido por la ausencia de aplicación

    No hay nada tan aburrido como la doctrina Bíblica enseñada como fin en sí misma. Ningún hombre es mejor hombre por saber que en el principio Dios creó los cielos y la tierra. El diablo lo sabe y también Acab y Judas Iscariote… la verdad teológica es inútil si no se la obedece. El propósito detrás de toda doctrina es producir cierta conducta moral.

    A.W. Tozer.

    Estoy convencido que la mayoría de las veces cuando se aburre la congregación no se debe tanto al vocabulario, las maneras o el estilo del predicador, por importante que sean. Las ilustraciones son muy importantes también pero lo que realmente convence (o no) a una audiencia para que presten atención es si hay (o no) una aplicación a ellos, a sus vidas y situaciones.

  2. Abuso: exhortación sin aparente base Bíblica alguna

    Es la situación contraria a la anterior. Hay aplicación y exhortación, pero si no está fundada en la exposición de un pasaje esa exhortación no conlleva autoridad Bíblica. Muchas veces será resentida por la congregación si se percatan de esa carencia de base exegética, y si no lo ven ¡quizás el problema es incluso mayor!

  3. Aplicación incoherente – no es herética, pero no viene del pasaje en cuestión

    Esto es muy común y también mina la autoridad de la predicación Si la congregación vuelve al pasaje después del domingo, no son capaces de volver a encontrar ¿cómo sacó el predicador eso de aquí? Y por lo tanto nunca aprenden a nutrirse ellos mismos. Por otro lado esta falta de enraizamiento en el pasaje suele llevar a una sobre énfasis sobre ciertas cuestiones, que otras nunca se mencionen y un cansancio generalizado para la congregación y el predicador.

  4. Aplicación herética por ser sencillamente desequilibrada

    Después están esas predicaciones cuando el predicador dice algo que claramente se contradice con lo enseñado por la Biblia, bien en otro pasaje o bien cuando su enseñanza es considerada como un todo. En algunos casos esto es muy obvio y claro. Pero sorprende la facilidad con la que podemos caer en ello. La razón (y la solución) a este problema muy concreto nos la explicará Haddon Robinson en otro artículo.

  5. Aplicación superficial o repetitiva

    Si la aplicación es siempre la misma puede ser resultado de que no haya habido un estudio serio para encontrar la aplicación que realmente se desprende del pasaje y que el primer autor pretendía. Pero aun cuando sí se intenta nos podemos quedar en una reflexión superficial. Bill Hybels reflexionando sobre su predicación durante sus primeros años de ministerio se dio cuenta que aunque había predicado miles de veces realmente solo había estado haciendo siempre las mismas 4 aplicaciones: ama más, confía más, ofrenda más, trabaja más.

  6. Aplicación atemorizada

    Quizás en España el problema más serio en la aplicación puede derivarse de una profunda crisis de confianza en la aplicación de las doctrinas centrales Bíblicas. En un ambiente de pluralismo religioso, relativismo moral y de privatización de la religión no queremos ofender a nadie. Igual que las Biblias para niños suelen saltar de Hechos 28 a Apocalipsis 1 dejando de lado todas las epístolas, el nuevo interés por las narrativas Bíblicas (saludable en sí mismo) puede llegar a ser malsano si nos lleva a predicaciones donde únicamente se cuenta la historia y no se destila la doctrina central ni la aplicación que aquella narrativa comunica. Caso concreto de la aplicación atemorizada es la aplicación moralista a la que trataremos en un artículo sobre la predicación cristo-céntrica.

    Martin Lloyd Jones escribió en su libro La predicación y los predicadores Epíteto dijo si quieres saber si hablas la verdad pregúntate: ¿quién después de oír tu discurso se inquieta? Si la gente puede oírnos sin inquietarse en cuanto a sus personas ni reflexionar acerca de si mismos es que no hemos estado predicando.

¡Qué Dios nos ayude a aplicar bien su palabra!