Cómo preparar la introducción de una predicación


Introducción

Lo que os voy a decir ahora es un asunto de vida o muerte. Esto es un ejemplo de cómo empezar una predicación.

En mi opinión, la inmensa mayoría de las introducciones son bastante regulares, incluyendo las mías. No les damos mucha importancia. Creemos que es cuestión de empezar la predicación, como sea, y ya está. No le dedicamos el tiempo que requiere. Usamos las mismas fórmulas aburridas una y otra vez. ¡Hay que conectar con la gente! Pero muchas veces no lo hacemos, ni nos importa.

¿Cuál es el propósito de la introducción de una predicación?

El propósito de la introducción de una predicación no es exactamente introducir la predicación (!); es, más bien, captar el interés de la gente en lo que vas a decirles. Es así, sea que se trate de una predicación normal de un domingo en la iglesia o de una mini-predicación de tres o cuatro minutos en la calle. Los primeros segundos son cruciales; si consigues captar el interés de la gente en esos primeros segundos, habrás conseguido algo muy importante; pero si no consigues eso, si no convences a la gente de que lo que vas a decirles es de suma importancia para ellos, un invisible interruptor en los cerebros de la gente se pondrá en la posición OFF, y, a partir de ahí, conseguir su plena atención se te pondrá cuesta arriba.

¿Cómo se capta el interés de la gente?

En una palabra, tienes que aprovechar esos primeros segundos de la predicación, esa introducción, para transmitirles la vital importancia de lo que les vas a decir para ellos y para sus vidas. Tienes que transmitir la idea de que esto no va a ser simplemente una predicación más; va a ser un mensaje de Dios a cada uno de ellos, como si fuera un asunto de vida o muerte. Y para que tú puedas trasmitirles eso a ellos, tú mismo tienes que estar convencido de que es así; si tú mismo no estás convencido de que lo que vas a predicar sea de vital importancia, difícilmente se lo vas a transmitir a nadie más. Si subes al púlpito con la idea de que lo que tienes delante no es más que una predicación más, que no es tan importante, que se puede seguir viviendo perfectamente sin esa predicación tuya, entonces, estás perdido. Tus primeras palabras transmitirán una de dos impresiones a la gente: (1) Bueno, creo que voy a dormir un poquito; no parece que me vaya a perder mucho; o: (2) Oye, esto va conmigo, y es algo importante, algo que quiero saber…

Sí, pero ¿eso, cómo se consigue?

Bueno hay varias, incluso muchas, maneras de conseguir captar el interés de la gente:

  • Empezar con una pregunta importante: Si murieras hoy, ¿dónde iría tu alma?

  • Empezar con una cita provocadora: No hay nada seguro en este mundo excepto la muerte y los impuestos (Benjamin Franklin).

  • Empezar haciendo referencia a algo que está en las mentes de la gente: la crisis, la muerte de algún famoso, etc.

  • Empezar haciendo referencia a alguien famoso – puede ser alguien de ahora o del pasado, etc.

  • Empezar con algo que sabes que le interesa a la gente: el fútbol, una película que has visto, etc.

  • Empezar contando algo que te pasó, una experiencia dramática (o no tan dramática) de tu vida, etc.

  • Empezar manifestando una opinión que no compartes – para escandalizar un poco a la gente – y luego dices: Bueno, eso es lo que piensa mucha gente…: Lo más importante es la salud, ¿verdad? Bueno, eso es lo que dice mucha gente…

La introducción debería ser breve

La mayoría de las introducciones son demasiado largas – quizás porque cuando empiezas a hablar, tienes la sensación de que tienes tiempo de sobra para decir lo que vas a decir. Pero la introducción de una predicación debería ser breve, y eso por varias razones:

  1. Si te extiendes demasiado en la introducción, a partir de ahí vas a sentir la presión del tiempo durante el resto de la predicación.

  2. Mirándolo desde el punto de vista de los oyentes, si para cuando llegas al final de la introducción y anuncias el primer punto principal ya han pasado diez o quince minutos, ¡la gente estará mirando sus relojes, haciendo cálculos y preparándose para lo peor!

  3. La introducción es solo la introducción; a lo que hay que dedicar la mayor parte del tiempo es al cuerpo de la predicación; si no, hay un peligro de que la introducción se convierta en la predicación, o, peor aun, ¡en la primera de dos predicaciones!

  4. Conforme se va alargando la introducción, va disminuyendo el impacto que se supone que debería tener.

  5. Una introducción ideal es breve, clara, sencilla, directa e impactante. Así se engancha a los oyentes.

La introducción es lo último que se prepara

Esto no es una regla infalible, pero sí es un buen consejo. Si una predicación consiste en tres partes: (1) La introducción; (2) El cuerpo del mensaje; y: (3) La conclusión, el mejor orden en que preparar cada cosa es: (1) El cuerpo del mensaje; (2) La conclusión; y: (3) La introducción. ¿Por qué? Pues, porque es difícil saber cómo vas a concluir la predicación si no sabes lo que vas a decir en el cuerpo del mensaje; y es difícil saber cómo empezar la predicación si no sabes cómo la vas a concluir. Se debería preparar la introducción a la luz de la conclusión. Porque debería haber una relación directa, estrecha, entre la introducción y la conclusión. Tenemos que hacernos las siguientes preguntas: (1) ¿De qué va esta predicación?; (2) ¿Con qué frase se podría resumir el mensaje principal?; (3) ¿Cuál sería la forma más impactante de terminarla?; y: (4) ¿Cuál sería la forma más impactante de empezarla? Y yo recomendaría escribir la introducción, si no entera, por lo menos de forma más completa que el resto de la predicación, y luego memorizarla.

¿Cómo podemos mejorar las predicaciones en nuestra iglesia? (Parte 2)


En un primer artículo acerca de cómo podemos mejorar las predicaciones en nuestra iglesia enfatizamos las responsabilidades de los pastores, e indicamos algunas cosas prácticas que los predicadores pueden hacer. Ahora dirigiremos nuestra mirada a la congregación para entender que la predicación de la Palabra de Dios implica responsabilidades y una participación activa de parte de todos los miembros de la iglesia.

NO SOLO EL PREDICADOR TIENE QUE MEJORAR

En los tiempos que corren, sin duda es necesario —¡podríamos decir urgente!— que las iglesias tengan mejores predicadores. Gracias a Dios, a través de recursos como Internet, cada vez se pueden encontrar más libros y conferencias en español destinadas a equipar a los predicadores en su labor (esto resulta especialmente alentador cuando pensamos en el mundo hispano). Pero sería un error pensar que los expositores son los únicos que tienen que mejorar cuando se abren las Escrituras en la iglesia. Estamos acostumbrados a fijar nuestros ojos en los predicadores y señalar aquellos aspectos que podrían mejorar —y esto no está mal; la crítica constructiva y amorosa es necesaria—, pero la pregunta clave que deberíamos hacernos como miembros de iglesia es: ¿cuán buenos oyentes de la Palabra estamos siendo cada uno de nosotros? ¿Estoy asumiendo mi responsabilidad como oyente de la Palabra de Dios?

LA PREDICACIÓN: NO SOLO UNA RESPONSABILIDAD DE LOS QUE HABLAN

Solemos asumir que la predicación de la Biblia implica responsabilidades solamente para el predicador. Después de todo es el pastor el que habla mientras que los demás escuchan. A priori todo parece reducirse a una persona que tiene que arremangarse en el púlpito domingo tras domingo, mientras que los demás no pueden sino observar impasiblemente desde los bancos sin hacer nada. Pero, ¿es verdad que los miembros de la iglesia están condenados a la pasividad a la hora del sermón? ¿No hay ninguna tarea para los que se sientan a escuchar cada domingo? ¿Es el sermón dominical un causante de atrofia eclesiástica (como algunos han sugerido)? La Biblia nos enseña que no. Escuchar la Palabra de Dios implica importantes responsabilidades —y actividades— para toda la congregación y, por nuestro bien, no podemos descuidarlas.

SEIS CARACTERÍSTICAS DE UN OYENTE SALUDABLE

Las Escrituras nos revelan al menos seis aspectos que deberíamos considerar si queremos ser oyentes saludables de la Palabra de Dios:

  1. Oigamos con atención

    Éxodo 15:26: “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, […], y dieres oído a sus mandamientos”.

    El pueblo de Israel que salió de Egipto con Moisés era un pueblo duro de cerviz, desobediente, rebelde y murmurador. El Señor dio estatutos y ordenanzas a su pueblo ofreciendo bendiciones sobre ellos siempre y cuando oyeran con atención su voz, y dieren oído a sus mandamientos. Una primera lección evidente pero que ignoramos con facilidad es que debemos poner atención a la Palabra de Dios, y oírla con concentración. Poner atención a lo que Dios dice es una responsabilidad nuestra y requiere una disposición y un esfuerzo de nuestra parte.

  2. Apliquemos el corazón y los oídos

    Proverbios 23:12: “Aplica tu corazón a la enseñanza, y tus oídos a las palabras de sabiduría”.

    Escuchar la voz de Dios no solo tiene que ver con nuestros oídos, sino que también con nuestros corazones. Oír la Palabra es un ejercicio espiritual que implica lo más profundo de nuestro ser. Nos dice el proverbio que debemos aplicar nuestro corazón a la enseñanza. ¿Qué significa esto? Pues que debemos preparar nuestro corazón, disponer nuestra alma, y entregarnos con empeño a la Palabra de Dios. Hemos de volcar nuestro ser a ella con devoción.

  3. Reconozcamos nuestra rebeldía

    Zacarías 7:11-12: “Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír; y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu”.

    Es cierto que no todas las predicaciones son buenas, y también hay algunas muy malas. A veces tenemos que escuchar a predicadores que no son nuestros favoritos, quizás no tan elocuentes como otros. Pero aun con todo, no siempre el problema está en los que hablan. Zacarías 7:11-12 es un claro ejemplo de un Dios que habla y de un pueblo que voluntariamente se niega a escuchar. Podemos observar que el Señor enviaba sus palabras ¡por su Espíritu! —eran mensajes verdaderos de Dios—, pero su audiencia decidió volverle la espalda tapando sus oídos. ¿No somos nosotros así también? Nuestra tarea entonces consiste en reconocer nuestra rebeldía, arrepentirnos y volver al Señor otra vez.

  4. Pidamos a Dios que nos haga oír

    Salmo 143:8: “Hazme oír por la mañana tu misericordia”.

    En este salmo de liberación y dirección David ruega a Dios que le haga oír. Dios es la única esperanza de todo sordo espiritual. Si un día escuchamos su voz fue porque Él nos capacitó para ello, mediante su Espíritu (a través de su Palabra). Y aun como cristianos seguimos dependiendo del Espíritu Santo para oír y entender la Palabra. En una sociedad de estrés como la actual, en la que no tenemos tiempo para nada, una de nuestras mayores necesidades es pedir a Dios que nos haga oír su voz en su Palabra. Oremos pues con esta súplica antes de ir a la iglesia, y antes de escuchar el sermón.

  5. Recibamos la Palabra con solicitud y examinemos lo que escuchamos

    Hechos 17:11: “Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”.

    Las personas de Berea aparecen en Hechos como ejemplos de oyentes solícitos, que examinaban la Palabra de Dios para confirmar que lo que oían era cierto. Su atención y cuidado les diferenciaba de los de Tesalónica (los bereanos eran más “nobles” en este sentido). Los de Berea eran investigadores de las Escrituras, y no daban por sentado cualquier enseñanza. Tristemente, el espíritu “bereano” puede estar perdiéndose en nuestras iglesias. Por ejemplo, es común ver a cristianos sin sus biblias en las reuniones. Pero no debería ser así. Hemos de ser oyentes activos y escudriñadores, preocupados porque la verdad de Dios sea predicada con fidelidad. ¿Examinamos lo que oímos? Un oyente saludable debería hacerlo.

  6. Aprendamos, guardemos y practiquemos lo que oímos

    Deuteronomio 5:1: “Oye, Israel, los estatutos y decretos que yo pronuncio hoy en vuestros oídos; aprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obra”.

    Sí, oír no basta. Es necesario aprender, guardar y practicar lo que oímos. El pueblo de Israel era responsable por todas estas cosas (Dios se las mandó en forma de imperativos), al igual que nosotros somos responsables hoy. Es decir, no solo tenemos una tarea importante en el momento de escuchar las predicaciones, sino que también tenemos el encargo de esmerarnos en entender y asimilar la enseñanza, conservarla en nuestros corazones (no olvidarla), y vivirla en diaria obediencia.

CONCLUSIÓN

Oír la Palabra de Dios implica para cada miembro de iglesia más de lo que parece a simple vista. Un miembro saludable reconoce su necesidad de mejorar como oyente, y es consciente de que el domingo por la mañana no solo el pastor tiene un trabajo que realizar. El oyente saludable oye con atención, aplica su corazón, reconoce su rebeldía, ruega a Dios que le haga oír, analiza lo que escucha, y aprende, guarda y practica aquello que es según la voluntad divina. ¡No es poco para alguien sentado en un banco!

Si quieres leer más acerca de lo que caracteriza a un miembro de iglesia saludable, te recomendamos el libro “Miembro saludable de la iglesia, ¿qué significa?” de Thabiti Anyabwile.

Patricio Ledesma es miembro de la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca (España) y sirve como coordinador de 9Marks en español. Actualmente se encarga del ministerio de predicación en un nuevo punto de misión establecido en el Arenal, una población costera cercana a la ciudad de Palma.

Este artículo apareció primero en la página web del ministerio “9Marks: Nueve marcas de una iglesia saludable” – http://es.9marks.org/articulo/como-podemos-mejorar-las-predicaciones-en-nuestra-iglesia-parte-2/

¿Cómo podemos mejorar las predicaciones en nuestra iglesia? (Parte 1)


Una característica vital de una iglesia sana es la buena predicación expositiva. En esencia, predicar expositivamente significa extraer el mensaje principal de un pasaje concreto de la Biblia, explicarlo en su contexto y aplicarlo a la vida de las personas de forma relevante. Pero una iglesia sana no solo debería caracterizarse por tener predicadores expositivos, sino que también debería mostrar un constante deseo de tener mejores predicadores y mejores predicaciones. Nunca podremos enfatizar lo suficiente la tremenda importancia de la predicación de la Palabra de Dios en una iglesia local, pues es el principal medio que Dios ha establecido para convertir y santificar a su pueblo (Stg. 1:18; Jn. 17:17). Por tanto, nunca deberíamos dejar de anhelar ver mejores predicadores en nuestros púlpitos.

Entonces, ¿cómo podemos mejorar las predicaciones en nuestra iglesia? El progreso de nuestros sermones es responsabilidad de toda la congregación. En este primer artículo nos centraremos en cosas prácticas que los líderes pueden hacer. En un segundo escrito examinaremos el importante papel que juegan los miembros para que la iglesia sea bendecida mediante la predicación.

Una responsabilidad del predicador

Una tarea para toda la vida

Los predicadores son los primeros que deberían preocuparse por mejorar sus predicaciones. El predicador debe ser humilde y reconocer que la mejora de su predicación es una tarea que va a durar hasta el final de su vida. Jamás deberíamos pensar que ya somos lo suficientemente buenos como para estar exentos del deber de progresar en la exposición de la Palabra. Pablo se lo explicó a Timoteo de la siguiente manera: Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don que hay en ti… Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos (1 Ti. 4:13-15). El predicador Timoteo recibió el mandato apostólico de ocuparse permanentemente en la enseñanza de las Escrituras. Timoteo nunca vería el día, al menos durante sus años de servicio activo al Señor, en el que pudiera permitirse el lujo de descuidar el don que había en él. De la misma manera, debemos ocuparnos de mejorar nuestras predicaciones hasta que el Señor decida retirarnos del ministerio.

Algunos consejos prácticos

A continuación sugiero cinco cosas que podemos hacer, como líderes, para mejorar las predicaciones en nuestra iglesia:

  1. Ora por la predicación y los predicadores. Ora regularmente por tu propio ministerio de predicación y por el de tus compañeros predicadores, tanto por los predicadores de tu iglesia como por otros pastores de tu ciudad, para que con todo denuedo hablen la Palabra (Hch. 4:29). No limites estas oraciones a los tiempos previos al sermón; debería ser un tema central de oración durante toda la semana. La dependencia del Espíritu Santo es fundamental en el ministerio de la predicación. Sin la obra del Espíritu no habrán frutos verdaderos y todo será en vano. Seamos fieles en la exposición, pero también en la oración. No nos apresuremos en querer ver resultados inmediatos; roguemos al Señor para que el evangelio no llegue en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu santo y en plena certidumbre (1 Ts. 1:5).

  2. Insta a los miembros de tu iglesia a orar por la predicación y los predicadores. Haz ver a los miembros la importancia de interceder por los predicadores de la iglesia (2 Ts. 3:1), para que el Señor los bendiga no solo en la preparación de sus mensajes sino que también en su santidad diaria. Promueve desde el púlpito las oraciones por las predicaciones para que los miembros no descuiden su responsabilidad. El gran predicador Charles Spurgeon solía llevar a sus visitas a la sala de oración que había en el sótano de su iglesia, donde había gente de rodillas orando, y les decía: Aquí está la central eléctrica de esta iglesia.[1] A menudo Spurgeon pedía a su congregación que intercediera tanto por él como por la iglesia. Imitemos el ejemplo del gran predicador.

  3. Corrige y anima a tus compañeros predicadores. Una de las formas más efectivas para mejorar nuestras predicaciones es que alguien nos indique aquellos aspectos que podemos perfeccionar, especialmente poco después de haber predicado el sermón. Esto no es fácil porque (1) tendemos a no querer corregir a nadie por temor a ofender, (2) a todos nos cuesta recibir corrección con humildad y (3) dar y recibir corrección puede ser delicado (se requiere sabiduría y amor). No obstante, a pesar de todo, la corrección entre predicadores es una fuente de enorme beneficio para la iglesia y debería practicarse. Como ejemplo, en la iglesia de Capitol Hill en Washington, D.C., cada domingo por la noche los líderes se reúnen para analizar conjuntamente las reuniones del domingo. Entre otras cosas, el predicador de ese día es sometido a una crítica bastante exhaustiva que incluye todo tipo de aspectos (interpretación, aplicación, gestos…). Se trata de un ejercicio que no solamente mejora la predicación de la iglesia semana tras semana, sino que también hace crecer a los participantes en sabiduría, amor y humildad. Por cierto, la crítica constructiva siempre va acompañada de mucho ánimo. Estas críticas piadosas son un ejemplo exportable a nuestras congregaciones. Otra idea para comenzar es usar un formulario sencillo de evaluación de predicación con preguntas predefinidas. Entrega estas hojas a miembros adecuados que puedan hacer una valoración sabia del sermón (considerando la introducción, estructura, contexto, aplicación, etc.). Los informes pueden entregarse al predicador para su posterior autoevaluación en casa.

  4. Aprende lo mejor de los mejores. Escucha predicaciones y visualiza videos de buenos predicadores. Escuchar y ver a buenos expositores en acción te enriquecerá como predicador. Fíjate en cómo hacen sus introducciones, cómo estructuran sus sermones, cómo explican y aplican los textos, cómo manejan los tiempos, cómo proclaman con pasión, etc. Un buen predicador observará y sacará provecho de las virtudes de otros para ir forjando su propio estilo.

  5. Lee buenos libros y otros recursos sobre la predicación. A continuación tienes algunos materiales de gran provecho que pueden ayudarte a mejorar tus exposiciones:

  • Sencillez en la predicación (J.C. Ryle) – Banner of Truth, 2012

  • Volvamos a la predicación bíblica (Donald Sunukjian) – Portavoz, 2010

  • La predicación: Cómo predicar bíblicamente (John MacArthur) – Grupo Nelson, 2009

  • Predica la Palabra (Denis Lane) – Peregrino, 2009

  • La supremacía de Dios en la predicación (John Piper) – Faro de Gracia, 2008

  • Predicación y enseñanza desde el Antiguo Testamento (Walter C. Kaiser) – Mundo Hispano, 2006

  • Guía de predicación expositiva (Stephen F. Olford y David L. Olford) – B&H, 2005

  • Discursos a mis estudiantes (Charles Spurgeon) – Casa Bautista, 2003

  • La predicación y los predicadores (Martyn Lloyd-Jones) – Peregrino, 2003

  • La predicación bíblica (Haddon W. Robinson) – Unilit y FLET, 2001

  • La predicación: Puente entre dos mundos (John Stott) – Desafío, 2000

  • Predicando con frescura (Bruce Mawhinney) – Portavoz, 1998

  • El cuadro bíblico del predicador (John Stott) – CLIE, 1986

  • Journal de 9Marks sobre la predicación

  • Taller online de 9Marks sobre la predicación (Edgar Aponte)

La Palabra de Dios es la fuente de vida de nuestra iglesia. No descuidemos las cosas prácticas que podemos hacer para tener mejores predicadores y mejores predicaciones. Ocupémonos pues en esto para que el evangelio de Cristo sea proclamado mejor cada día.

Patricio Ledesma es miembro de la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca (España) y sirve como coordinador de 9Marks en español. Actualmente se encarga del ministerio de predicación en un nuevo punto de misión establecido en el Arenal, una población costera cercana a la ciudad de Palma.

Este artículo apareció primero en la página web del ministerio “9Marks: Nueve marcas de una iglesia saludable” – http://es.9marks.org/articulo/como-podemos-mejorar-las-predicaciones-en-nuestra-iglesia-parte-1/


[1] C. H. Spurgeon on Spiritual Leadership, por Steve J. Miller, página 32.

¡Mirad cómo oís!


No lo digo yo; lo dijo el Señor: Mirad, pues, cómo oís… (Lc. 8:18a). Se lo dijo a sus discípulos (véanse los vv. 9 y ss.). Y, sin duda, se lo dice a sus discípulos hoy – a nosotros, si somos discípulos suyos. Y no solo a sus discípulos; es una exhortación necesaria, urgente, para todos los que oyen la Palabra de Dios y el evangelio: Mirad…cómo oís. Oír es necesario – la fe es por el oír (Ro. 10:17) – pero no es suficiente; tenemos que tener cuidado de cómo oímos.

¿Cómo debemos oír? Aquí van siete palabras clave:

Preparación

¿Te preparas para oír la Palabra de Dios? ¿Acaso la Palabra de Dios no merece que nos preparemos para oírla, para escucharla?

Pero ¿cómo? ¿Cómo nos preparamos?

Abre tu Biblia y, antes de empezar a leer, eleva al Señor una oración breve, sencilla, ferviente: Señor, ¡háblame! El sábado por la noche acuéstate un poco antes; resiste esas pequeñas tentaciones; descansa, para que en el día del Señor, en la casa del Señor, puedas dar lo mejor de ti a la Palabra de Dios. Y cuando el predicador esté a punto de empezar a predicar, ¡prepárate para escuchar la Palabra con todo tu ser!

Reverencia

Cada día oímos, escuchamos y leemos muchas palabras. Pero, ¡no hay nada como la Palabra de Dios! ¡Es única! Hay otras palabras que merecen nuestro interés y nuestra atención, pero ella, la Palabra de Dios, es digna de nuestra reverencia.

¿Qué es la reverencia? Incluye el respeto, el temor santo y el asombro. Viene de ser conscientes delante de quién, y delante de la Palabra de quién, estamos. ¡Oír la Palabra de Dios es oír a Dios hablándonos! El predicador es un pecador; sus palabras no son Palabra de Dios sin mezcla. Pero si lo que dice es fiel a la Palabra de Dios, debemos escuchar con reverencia.

Expectación

¿Oyes con expectación? No con esa expectación demasiado humana: A ver qué nos va a decir el pastor hoy, como si de una mera curiosidad medio aburrida se tratase: A ver si merece la pena que nos quedemos despiertos hoy.

¿Te acuerdas de la visita del apóstol Pedro a la casa de Cornelio? ¿Qué fue lo que encontró Pedro al entrar en aquella casa en Cesarea? Pues, ¡un montón de gente expectante! Cornelio hizo de portavoz de todos ellos: Todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado (Hch. 10:33b). ¡Sería difícil encontrar un mejor ejemplo de expectación ante la Palabra de Dios! ¿Sería porque el ángel le había dicho a Cornelio acerca de Pedro: Él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa (Hch. 11:14)? ¡Nada como una promesa de salvación para despertar expectación!, ¿verdad? Pero ¿y nosotros?

Atención

¿Has notado lo difícil que resulta en ocasiones el estar atento a la Palabra de Dios? ¡Es como si de repente Satanás sacara toda su artillería en contra de nosotros! Hay distracciones fuera de nosotros: los ruidos de la calle; ese niño que no para de llorar – ¿por qué no lo callan de una vez?; en el aire, un mosquito; en el suelo, una araña – ¡no me gustan las arañas!; las abuelitas con sus toses y con sus caramelos; etc. Y hay distracciones dentro de nosotros: ese problema que estamos viviendo, que no nos deja en paz; la angustia que produce la falta de dinero; ¡el hambre que tengo!; la discusión que tuve con mi esposa viniendo para la iglesia – ¡es que siempre me hace llegar tarde!; etc.

Pero ¡despierta! ¡Esto es una guerra! ¡¿Tú crees que el enemigo quiere que prestes atención a la poderosa Palabra de Dios?! ¡No! ¡Date cuenta de lo que está pasando, clama al Señor en tu corazón y concéntrate! ¡No hay nada en este mundo que más merezca nuestra plena atención que la Palabra de Dios!

Discernimiento

Por desgracia, no todo lo que dicen los predicadores es Palabra de Dios; no todo es fiel a la Biblia y al evangelio. Hay predicadores malos y muy malos. Y los que son buenos, o incluso muy buenos, pueden tener un mal día o meter la pata. ¿Cuál es la responsabilidad del oyente? Escuchar, pensar, analizar, pesar la predicación en la balanza de la Palabra de Dios y de la sana doctrina.

¿No fue eso lo que hicieron aquellos nobles bereanos, ¡incluso con alguien tan fiel como el apóstol Pablo!: Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así (Hch. 17:11). Pero ¡¿cómo se atrevieron a hacer eso con el apóstol Pablo?! Pues, según Lucas, era eso lo que les hacía verdaderamente nobles. No les hacemos ningún favor a nuestros predicadores tratándoles como si estuviesen por encima de cualquier examen. ¿Cuál es una de las diferencias entre un predicador malo y uno bueno? El malo, si lo cuestionas, se enfada; el bueno se alegra, porque quiere que sus oyentes crezcan en discernimiento.

Humildad

Ante la Palabra de Dios no cabe el orgullo. No cabe, pero existe. Creemos que sabemos más de lo que sabemos, que los que nos predican difícilmente nos dirán algo que no sepamos ya. Y cuando algún predicador se atreve a dar una opinión distinta de la nuestra, en vez de estar abiertos a ser corregidos, dejamos de escuchar y empezamos a hacer una lista mental de todos nuestros brillantes argumentos en contra de lo que está diciendo el predicador. Y cuando se nos sugiere que en algo tenemos que cambiar, ¡con eso ya pasamos al partido de la oposición en la iglesia!

Es pertinente la exhortación de Santiago: Recibid con mansedumbre la palabra implantada… (Stg. 1:21b).

Compromiso

Hablando de Santiago, es él también el que nos exhorta a ser hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores… (Stg. 1:22). Una parte importante de escuchar bien la Palabra de Dios es escucharla con el deseo de entenderla y con la intención de ponerla por obra. ¡Cualquier otra actitud es pura hipocresía!

Si somos sinceros, aunque a veces nos cueste entender una predicación o una parte de la Biblia – hay cosas difíciles de entender (2 P. 3:16) – sin embargo, creo que nuestro problema número uno no es intelectual, sino moral. ¡Entendemos perfectamente lo que dice el predicador, y el Señor a través de él, pero no nos gusta y no lo queremos hacer! Si es así, ¿qué hay de nuestro compromiso con la Palabra de Dios?

Conclusión

Se podrían añadir más cosas a la lista, pero que estas nos sirvan de reflexión inicial sobre la cuestión de cómo debemos oír o escuchar la Palabra de Dios: (1) Debemos prepararnos para escucharla; (2) Debemos escucharla con reverencia; (3) Debemos escucharla con expectación; (4) Debemos escucharla con atención; (5) Debemos escucharla con discernimiento; (6) Debemos escucharla con humildad; y: (7) Debemos estar comprometidos a ponerla por obra en nuestras vidas. Mirad…cómo oís (Lc. 8:18a). Sí, ¡miremos cómo oímos!

10 pautas para predicar con PowerPoint


El software para presentaciones ya no supone una novedad en la vida de la iglesia local, sino que se ha vuelto tan normal como era el manejo del himnario en el culto de adoración. Sin embargo, a pesar de que muchas iglesias locales llevan 20 años usando presentaciones en el culto, a veces se emplea de manera poco eficaz, sobre todo cuando se aprovecha para la exposición bíblica. Muchas presentaciones tienden a distraer más que facilitar el proceso de la comunicación.

Afortunadamente, muchos de los problemas se superan siguiendo unas normas sencillas.

Antes que nada conviene aclarar que al decir «PowerPoint», nos referimos a cualquier software que se utilice para presentaciones. PowerPoint de Microsoft fue el programa pionero, pero luego han surgido muchos otros: Keynote, ProPresenter, MediaShout. Las normas que expongo aquí son válidas para cualquier tipo de software que utilices para realzar tus sermones. Si sigues las diez pautas que apunto a continuación, garantizo que la calidad de tus presentaciones mejorará notablemente.

El principio fundamental en todo esto, a que debemos volver constantemente, es que «menos es más».

  1. No se trata de un manuscrito

    No hay nada más cansino que una diapositiva tras otra llena de textos. Esto nos recuerda a aquel profesor de instituto que repartía copiosos apuntes en clase para luego leerlos en voz alta, palabra por palabra, con algún que otro comentario sobre la marcha. Es mucho mejor señalar unos pocos epígrafes para facilitar que los hermanos sigan el desarrollo del mensaje. Podrían ser los puntos principales del bosquejo, o tal vez citas célebres (breves) que recojan el progreso del pensamiento.

    Una excepción podría ser para la lectura de las Escrituras. Es un momento en el sermón en que la congregación suele leer todos juntos, así que se permite proyectar todo el pasaje en la pantalla. Pero aun cuando se pone el pasaje para que todos lean juntos, es aconsejable dejar tanto espacio alrededor que sea posible. Tal vez haga falta poner sólo un versículo en cada diapositiva, haciendo más diapositivas y avanzando de una a otra.

  2. Trabaja con un diseño unificado para los fondos

    Resiste la tentación de cambiar de fondo con cada diapositiva sólo porque has encontrado diseños que te entusiasman por su belleza visual. Esto sólo distrae a la gente; además transmite la idea de que el sermón es un amalgama de ideas sueltas, en vez del desarrollo meditado de un tema unificado, que avanza siguiendo un orden de un punto a otro.

    Esto no quiere decir que todas las diapositivas tengan que ser idénticas, pero sí deben ajustarse a un tema común. Abajo, por ejemplo, se aprecia que los fondos son distintos pero relacionados.

  3. Usa fuentes claras

    Hay abundantes fuentes disponibles a bajar para tu presentación; algunas son auténticas obras de arte. Recuerda, sin embargo, que la finalidad es que el mensaje quede claro; no se trata de impresionar al público. Si los oyentes tienen que luchar por leer el texto o si sólo se quedan maravillados de la hermosa caligrafía, entonces ¡no están escuchando lo que tienes que decir!

    Se puede usar fuentes curiosas, pero asegúrate de que siempre sean legibles.

    Otras dos consideracones son el tamaño de la fuente y el contraste. Haz la prueba en el salón o la capilla donde estarás predicando para determinar cómo de grande debe ser la fuente del texto, para que el hermano sentado en la última fila no tenga que mirar la pantalla con los ojos entrecerrados. Recuerda: un fondo oscuro requiere una fuente claro, y un fondo claro pide una fuente oscura.

  4. No utilices demasiadas fuentes distintas

    Como regla general, sólo debe aparecer una fuente especial en cada diapositiva. Puedes usar una segunda fuente si es muy sencilla. Cargar la diapositiva con muchas fuentes decorativas sólo anuncia al público que no tienes ningún arte para el diseño. Dice a gritos «he aquí un novato».

  5. No multipliques las imágenes

    A veces una imagen vale más que mil palabras y aclara rápidamente la idea que quieres transmitir. ¿Cuántos de tus oyentes saben cómo es un grano de mostaza? La parábola de la semilla que llega a ser un gran árbol, cobra viveza si enseñas una foto.

    Pero ten cuidado de no pasarte multiplicando imágenes. Demasiados gráficos pueden convertirse en muletas que distraen de la idea central del mensaje.

  6. Emplea transiciones sencillas

    Cuando empiezas a trabajar con software para presentaciones, las animaciones y transiciones ingeniosas tienden a seducir. Puedes hacer un barrido de izquierda a derecha, o un despliegue de arriba para abajo. Puedes hacer que la diapositiva aparezca con cuadros bicolores o que llene la pantalla dando vueltas.

    Juega con esto, pásalo bien, diviértete…y luego olvídate de todo ello. El software para presentaciones debe ser el siervo del predicador, no su amo. La meta es comunicar un mensaje, no impresionar al personal.

    Una regla básica: usa la misma transición sencilla para toda la presentación. Un desvanecer o un disolver a negro, o algo parecido, funciona bien.

  7. Evita trucos extravagantes

    Viñetas graciosas, efectos sonoros, videoclips sobre gatos o bebés que hacer reir: todas estas cosas tienden a distraer. Te entretienen mientras estás en la oficina, pero no ayudan al desarrollo de un sermón. Déjalos a un lado.

  8. Conoce tus limitaciones

    La esencia del sermón es la predicación, no la presentación. Dedica tiempo al estudio de la Palabra, y entrégate en cuerpo y alma a transmitir el mensaje de Dios. Manten el contacto visual con los oyentes. No te distraigas dándole al botón del ratón o del mando a distancia. Las imágenes deben ser un complemento; no deben suplantar la esencia de lo que tienes que decir.

    Si hay algún hermano capaz de pasar las diapositivas mientras te centras en la entrega del sermón, mejor que mejor.

    Recuerda: lo más importante es el sermón, no el PowerPoint. ¿Los hermanos te miran a ti o sólo a la pantalla que tienes al lado?

  9. Escribe el manuscrito primero

    Esto es fundamental. No te pongas a crear diapositivas hasta haber terminado con la preparación de todo el mensaje. Es demasiado tentador ajustar el mensaje al gráfico que te encandila, o limitarte a cuatro puntos porque «no cabían cinco en la pantalla». El rabo no está para mover al perro. Lo primero, primero.

  10. No permitas que la presentación te robe tiempo de la preparación del sermón

    Si tienes a algún hermano en que puedas delegar la creación de diapositivas, aprovecha ese recurso. Si tienes que preparar la presentación tú solo, mide bien los tiempos para que el PowerPoint no consuma todo tu tiempo de estudio. Todos conocemos los despistes que nos acechan cuando empezamos a investigar algún tema en Internet. Es fácil que ocurra lo mismo cuando nos empeñamos en buscar el fondo o la fuente perfecta para la diapositiva.